Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
– Pues a mí me parece un comportamiento malísimo. ¿Son todos los tratantes así de mierdas y de sinvergüenzas?
– Es su trabajo; así es como funciona el sistema. Se ganan la vida con su labia y con su astucia, sabiendo cómo contar historias. Es una técnica, lo mismo que la técnica que puedas tener tú para ganarte la vida haciendo lo que quiera que sea que haces.
Domingo nunca ha estado del todo seguro de cómo conseguimos llegar a fin de mes, y reconozco que yo tampoco.
– Y por la misma razón, enfrentarse con tratantes astutos como el Moreno forma parte de la técnica del pastor. Un pastor no puede sobrevivir si sólo sabe andar con sus ovejas. También tiene que saber venderlas. Así es la vida, siempre compitiendo unos con otros. Por ejemplo, mira mi primo Manuel. No tiene arreglo. El otro día le vendió sus corderos al Moreno por cuatro mil. Y así se ha quedado Manuel, jodío para todo el año y sin un duro.
– ¿Y tú te quedaste mirando?
– Pues claro. Yo llevé al Moreno allí.
– ¿Y no moviste ni siquiera un dedo para evitar que engañara a Manuel?
– Es la ley de la naturaleza, ¿no? ¿Para qué vas a salvar a un escarabajo de una mirla…?
– ¿Y si resulta que el escarabajo es tu primo…?
– ¡Bah! Hay que aprender de la mirla.
Al Moreno debía de haberle llegado la voz de que los corderos aún estaban en venta. La vez siguiente que le vi se presentó solo, puede que pensando que ya tenía una relación de suficiente confianza conmigo para no necesitar los consejos de Domingo. Eran las cinco de la tarde y estábamos sentados en el «tinao» con unos amigos ingleses que habían venido de Órgiva.
El Moreno me dio una palmada en la espalda mientras me decía hasta qué punto le resultaba casi imposible contener la alegría de verme otra vez, tras lo cual se presentó a nuestros invitados derrochando simpatía y se sentó a tomar un vino mientras los demás bebíamos té. Nuestros amigos estaban encantados con él. Al cabo de diez minutos todo el grupo estaba pendiente de cada una de sus palabras y disputándose su atención. Fue entonces cuando introdujo el tema de los corderos.
– Vamos a bajar a echarles una ojeada y ver cómo se han puesto -sugirió.
Apoyados en la puerta del establo, dirigimos la vista hacia el atestado corral.
Esperé a que el Moreno empezara el trato… pero nada. Con aspecto sombrío, estudiaba los corderos en silencio. Fui yo el primero en rendirme.
– ¿Entonces?
– Pues no han crecido mucho, ¿verdad?
– Pesarán sus veinte kilos.
– ¡Imposible!
– Estas ovejas de raza segureña pesan mucho. Son todo carne, ¿sabes?
– Bueno, ¿cuánto quieres por ellos?
– Tienen un buen peso y, a menos que me equivoque, el precio ha subido… así que, si te los llevas todos te los doy por seis mil pesetas cada uno…
– ¡Ni hablar!, el precio es mucho más bajo.
– … pero si quieres escoger los mejores, siete mil.
El Moreno meneó la cabeza y entró en funcionamiento.
– Ten esto -dijo ofreciéndome un grueso fajo de billetes-. Te ofrezco cuatro mil quinientas, o sea, novecientos duros, y ¿cuántos has dicho que tenías? ¿Treinta y siete corderos? Eso hace treinta y tres mil trescientos duros: aquí los tienes en billetes. Venga, cuéntalos…
Pues bien, aunque me considero suficientemente rápido en aritmética mental para negociar el precio de unas ovejas, evidentemente no estaba a la misma altura que el Moreno, cuya rapidez y exactitud eran pasmosas. El sabía que en esto me llevaba ventaja, pero estaba aumentando deliberadamente mi confusión haciendo los cálculos, parte en pesetas y parte en duros.
Un duro equivale a cinco pesetas, y constituye una unidad monetaria de uso común en toda España. A menudo la gente mayor no sabe calcular en simples pesetas; un día en la panadería oí a una clienta diciendo: «¿Qué te debo, Mari Carmen?». «Trescientas noventa y cinco pesetas», fue la respuesta. «Déjate de tonterías, mujer. ¿Cuánto es en duros?» «Setenta y nueve.» «Eso sí. Ahora es cuando nos entendemos.»
Mientras el Moreno desplegaba el dinero, me puse a mirar a la pared manteniendo las manos firmemente sujetas en la espalda para no quedar hipnotizado por ese enorme fajo de billetes.
– ¡Toma esto!
– Mira, no voy a aceptar cuatro mil quinientas ni cinco mil. He dicho seis mil.
– Bueno, si te empeñas…
Y agarrándome la mano, plantó un tentador billete de cinco mil pesetas en mi palma temblorosa. Entonces empezó a contar de nuevo, intercalando grandes billetes nuevecitos con otros más pequeños y sucios de valor mucho más bajo, pasando de duros a pesetas mientras entonaba sin parar una especie de salmodia numérica en un tono bajo e hipnótico.
– Mmmm… he perdido la cuenta.
– Bueno, vamos a empezar otra vez: diez, veinte, treinta.
Y se puso a contar de nuevo, arrojando un billete tras otro sobre el montón.
Los corderos nos estudiaban con recelo desde el rincón del corral donde se habían apiñado. Moreno me tenía acorralado. Aparte de la deslumbradora gimnasia aritmética, su truco parecía tener algo que ver con procurar que siempre tuviera yo en mi mano algo de su dinero y no dar nunca una respuesta clara a mis preguntas.
– Me he perdido -alegué-. Pero de todos modos, ¿cuánto me estás ofreciendo ahora?
– Te estoy dando un precio de maravilla, no te van a dar novecientos ochenta duros en ningún otro sitio, ése es mi precio tope.
– Pues no los vendo por menos de cinco mil quinientas. Tú sabes igual que yo que a ese precio son un regalo.
– Mira, tú me has arrastrado hasta aquí…
– Te has invitado tú.
– He venido hasta aquí y he perdido mucho tiempo. Soy un hombre muy ocupado y no tengo tiempo para estas payasadas.
Y dicho esto, empezó a bajar la cuesta a grandes zanca das, furioso. Yo eché a andar hacia la casa.
– ¡Maldita sea! -me dije a mí mismo entre dientes. No podía permitirme perder la oportunidad de vender los corderos-. Tal vez le he pedido demasiado…
Pero cuando me daba la vuelta casi me di de narices con el Moreno.
– Aquí tienes, pon la mano; cuenta esto: cinco, siete…
Al final los vendí por cinco mil doscientas por cabeza, es decir, mil cuarenta duros. El dinero que obtuve por todos ascendió a ciento noventa y dos mil cuatrocientas pesetas, o treinta y ocho mil cuatrocientos ochenta duros. Menos mal que los tratantes de ovejas españoles no tienen en su arsenal guineas, libras, chelines y peniques.
El comprador paga aproximadamente un diez por ciento como señal, y la cantidad restante cuando viene a recoger los corderos. Al día siguiente el Moreno se presentó con un camión y cuatro cómplices. Contamos los corderos según salían del establo y se metían en el camión. Pero aunque pueda parecer imposible que surja una disputa sobre el asunto de contar treinta y siete corderos uno por uno, así ocurrió. Estos hombres eran tan hábiles en el arte del engaño que llegué a poner en duda mi propia capacidad de contar.
Cinco mil doscientas pesetas estaban lejos de ser un buen precio por los corderos, y tal vez resulte raro que finalmente me decidiera a hacer tratos con un hombre en quien desconfiaba de manera tan absoluta. Pero tenía una buena razón para hacerlo. No habíamos recibido ninguna oferta mejor y necesitábamos el dinero. No mucho después de la primera visita del Moreno, Ana había anunciado algo que a la fuerza nos hizo darnos cuenta de la importancia del dinero en efectivo.
– Me parece que estoy embarazada, Chris -me había dicho.
Por lo demás era un día perfectamente normal. Estábamos de pie en el «tinao», separando un saco de almendras v mirando a las ovejas abrirse paso por el monte mordisqueando sin parar.
– Embarazada -repetí distraídamente.
– Voy a tener un niño.