Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
La primera palabra de Chloë fue «Beaune». La pronunció con tanto placer, que el tonto de su padre se quedó encantado, a pesar de tener que esperar unas semanas para lograr estar en pie de igualdad con la perra. La primera frase que pronunció también se refería a Beaune, aunque cuando la oí se me partió el corazón.
Cuando volví de otra temporada de esquilar ovejas en Suecia, Ana y Chloë me estaban esperando en la parada del autobús.
– Beaune -chilló Chloë cuando la levanté para darle un abrazo-. Beaune gone. Beaune ya no está.
Era verdad. Tan sólo una semana después de mi partida, Beaune había sucumbido a una especie de moquillo y había muerto al cabo de muy pocos días. Ana estaba totalmente desconsolada, al igual que Chloë. Al llegar al cortijo fuimos en procesión, con Chloë indicando el camino, hasta el lugar en un bancal abandonado de olivos donde Ana había enterrado a su perra.
La naturaleza a veces encuentra la manera de dar algún consuelo y, así, esa misma semana descubrimos que Bonka estaba preñada. Tuvo una carnada de ocho cachorros, de los cuales nos quedamos dos; uno porque tenía las mismas manchas que su madre, y el otro porque tenía una oreja de punta y la otra caída. Les llamamos Barkis y Bodger, y como Chloë y ellos crecieron juntos, se convirtieron en sus constantes compañeros de juegos.
Dado que Chloë era, al fin y al cabo, una niña cortijera, el nacimiento y la muerte entraron a formar parte de su experiencia diaria. Antes de haber cumplido un año ya había visto nacer corderos, y no pareció importarle que repartiéramos el resto de los cachorros de Bonka o que despacháramos alguna que otra gallina u oveja.
Cuando se acercaba a los dos años, lo que más le gustaba hacer como algo especial era ir a la cueva que había junto al río para ver la cabra muerta. Una cabra enferma procedente de uno de los rebaños que pastaban en la ribera había entrado en una cueva para morir en el lugar donde confluyen los ríos. Nos encontramos el cadáver, hinchado y destrozado por los animales salvajes, maloliente y cubierto por un enjambre de moscas tan denso, que parecía como si el animal hubiera cobrado vida de nuevo. Los ojos habían desaparecido hacía tiempo. La cabra miraba hacia los juncos por unas órbitas sanguinolentas.
«Tengo que ocultarle este espantoso espectáculo», pensé, intentando interponerme entre Chloë y la cueva.
– ¿Qué es eso? -preguntó, señalando imperiosamente con el dedo hacia la cueva.
– ¿Qué es qué?
– Eso de ahí.
– Oh, eso. No es más que una cabra muerta.
– Chloë ver cabra -insistió, arrastrándome del brazo hacia la cueva.
Le encantó verla. No sentía la repulsión que los adultos sentimos por esas cosas. Todos los días pedía a gritos ir a ver la cabra muerta, mientras ésta iba descomponiéndose y desapareciendo, devorada por los zorros, los pájaros y los perros. Yo también llegué a esperar con impaciencia nuestras expediciones, para ver el avance del proceso mediante el cual el muy consistente ser de la cabra poco a poco volvía a convertirse en nada. Si hubiéramos vivido en la ciudad tal vez habríamos ido al parque todos los días. Las ventajas de la vida en el campo no siempre resultan obvias a primera vista.
– Papá, ¿quién nos ha hecho? -preguntó Chloë de buenas a primeras unas semanas después de su segundo cumpleaños.
– No estoy seguro de la respuesta, Chloë -le respondí-. Pero creo que tu madre lo sabrá.
Con habilidad y tacto desvío las preguntas más difíciles hacia la autoridad superior, aunque quiero creer que hago un papel levemente mejor con las de carácter más sencillo.
– El aire no es nada, ¿verdad? -preguntó Chloë un día.
Para venir de una niña de dos años, esa pregunta me dejó bastante satisfecho. He leído que cuando Aldous Huxley tenía seis años le vieron un día sumido en sus pensamientos, y cuando le preguntaron en qué estaba pensando, había respondido: «En la piel». Pensar en el aire antes de cumplir tres años estaba bien, pensé. Demostraba una aptitud para la reflexión, una curiosidad que la pondría en el buen camino para los distintos tipos poco probables de porvenir que había proyectado para ella. Iba a tener que ocuparme de esta pregunta muy seriamente.
– Pues sí, la verdad es que sí es algo.
– Entonces, ¿qué es?
– Bueno, es muchas cosas, la mayor parte son gases…
– ¿Qué son gases?
– Pues, mmm, los gases son un poco como el aire… no se ven, al menos no siempre, aunque supongo que algunos parecen humo. El gas viene en las bombonas naranja que usamos para la cocina… mmm…
– ¿Le haces una cola a mi Barbie?
– De acuerdo.
Mientras le hacía la cola con dedos torpes a la condenada Barbie, pensé en lo inadecuado de mi respuesta. ¿Qué demonios era el aire, en resumidas cuentas? ¿Cómo podía explicar mejor lo que eran los gases? La había liado bien liada con esa respuesta, probablemente hasta había hecho que el desarrollo de mi hija se atrofiara.
Chloë me miraba pensativamente mientras forcejeaba con la odiosa muñeca.
– Las casas no son nada, ¿verdad?
Me volví para mirar nuestra casa. No era mucho, pero desde luego era algo, y yo me sentía bastante orgulloso de haberla construido. Pensé en las piedras que habíamos traído desde el río, que habíamos levantado con esfuerzo hasta los andamios y que habíamos -no sin habilidad- colocado en su lugar. Es difícil calcular el peso de una casa de piedra, pero seguramente debe de ser de cien toneladas o más.
– Bueno, pues esta casa es algo; es piedras y cemento, y arena y agua, y madera y cañas y barro… y mucho trabajo.
Se quedó cavilando sobre esto un rato.
– ¿Qué Barbie crees que es más guapa, ésta o la rosa?
Amigos y extranjeros
Por mucho que luches contra ello, si vives en el extranjero en una zona donde también viven otros expatriados, te conviertes en una parte de lo que se conoce como Colonia Extranjera. Al principio me resistí mucho a esta idea, pero a medida que pasaban los años empecé a ir aceptando mi condición de extranjero y a estar más dispuesto a apreciar los lazos que, por lengua, humor y experiencia compartida, me ligaban a mis compatriotas.
Formar parte de una colonia extranjera es un poco como estar en el colegio. Entre otras cosas, la antigüedad confiere respeto. En nuestra zona de Las Alpujarras, el miembro más alto de esta jerarquía, tanto por su edad como por su tiempo de servicio y su propensión natural a la superioridad, era Janet. Había venido a vivir aquí a principios de los años setenta y se había hecho una casa de gran tamaño en las afueras de Tíjolas, a la entrada de nuestro valle, que había procedido a rodear de una imponente tapia.
Romero me contó una vez con una sonrisita cómo un tratante de caballos conocido suyo había escalado un día esas tapias. Había amarrado su caballo en las cercanías y saltado con la ayuda de una robusta enredadera y un árbol que se encontraba a mano. Su intención, una vez en el interior del jardín, era sin duda sorprender a la ocupante de la casa, pero su plan había fracasado completamente. Cuando se dejó caer de la tapia al macizo de arbustos, se le echó encima la jauría de perros appenzeller de Janet, uno de los cuales le dio un serio mordisco en el culo. El hombre volvió a saltar la tapia a toda velocidad y, muy dolorido, regresó a caballo al pueblo, en donde se apresuró a denunciar a Janet a la policía por ser poseedora de un animal peligroso.