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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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Pero estos doses no eran suficientemente buenos para los parteros, por lo que conectaron a Ana a una especie de gota a gota: «16» anunció la pantalla en enormes caracteres, ya que en un instante las suaves contracciones se habían convertido en unas convulsiones capaces de hacer reventar el cuerpo; «16»… «19». «Dios mío -pensaba yo-, va a reventar.» Hacía calor y me faltaba el aire en aquel lugar espantoso. Mis piernas empezaron a doblarse.

Me ahorraré los detalles. La última fase del parto de Ana duró una hora y media, lo cual me han dicho que no es mucho aunque a mí me pareció toda una eternidad de dolor. Ana sudaba y empujaba y decía que tenía la sensación de que le iban a estallar los ojos. Yo le apreté la mano y me volví a desmayar una vez más. Por eso me enviaron fuera al pasillo.

Me parecía realmente espantoso. Esos momentos que debían haber estado llenos de felicidad y de asombro -la llegada de una nueva persona al mundo- se veían oscurecidos por imágenes de Ana retorciéndose de dolor. Cuando regresé de mi destierro en el pasillo, vi que los parteros estaban empezando a preocuparse; no dejaban de intentar ponerse en contacto con el jefe del departamento de ginecología para que viniera a ayudarles, pero no lo encontraban por ninguna parte. En la máquina de las contracciones se encendían intermitentemente unos números astronómicos. Un dispositivo enganchado al bebé que medía los latidos del corazón, el ritmo cardíaco, lo que quiera que fuese, marcaba cada vez más bajo. Sus luces de alarma empezaron a encenderse intermitentemente. Se dispararon unas alarmas electrónicas. «No te desmayes, no te desmayes», me murmuraba a mí mismo, sujetando la mano de Ana. Cuando me levanté del suelo una vez más, todos estaban demasiado ocupados para darse cuenta.

Entonces, tras un empujón enorme, por fin salió. Ana se desplomó hacia atrás, floja y exhausta pero aún viva. Un objeto gomoso de color azul fue colocado en la repisa sobre una toalla.

– ¿Es normal? -pregunté. Todavía no me atrevía a mirar al objeto azul; sólo estaba interesado en Ana.

– Sí, es normal.

Salí a comprar flores y vino -cualquier cosa que nos animara un poco después de la terrible experiencia vivida en esa horrorosa cámara-. Cuando volví, Ana estaba acostada entre unas sábanas blancas recién planchadas. Me sonrió débilmente. Junto a ella había una cuna cuya sábana tapaba por completo la cabeza de su pequeño ocupante. Le di las flores y la besé más tiernamente de lo que lo había hecho desde hacía tiempo. Casi había creído perderla.

– Ahora deberías mirar al bebé -me dijo después de un rato.

Sin mucho entusiasmo me levanté y eché hacia atrás la sábana, dejando al descubierto una horrorosa cabeza de color morado con delgados mechones de pelo húmedo pegados a su parte superior. Miré al bebé durmiente. No podía ser posible amar una cosa así… ¿o quizá sí? Algo estaba sucediendo… era como si me estuviera invadiendo una oleada de tibia emoción. Me puse a temblar mientras observaba a la pequeña criatura. Me quedé paralizado, esclavizado. Todas las hormonas y jugos que hasta ahora no habían aparecido ni hecho lo que les correspondía me envolvieron en una oleada de cariño. Me dejé caer de golpe en la cama, flácido y sin habla, e intenté contarle a Ana lo que me estaba sucediendo. Las palabras no me salían de la boca.

– Lo sé -me dijo sonriendo-. Me acaba de pasar a mí también.

Transcurrieron varias horas antes de que pudiera apartarme con gran esfuerzo del lado de la cuna y regresar al cortijo a dar de comer a los animales. Tenía importantísimas noticias que dar.

Chloë había venido a quedarse entre nosotros.

Unos días más tarde abrigamos bien a Chloë y regresamos en coche a casa. El Valero parecía un hogar tosco y salvaje para una pequeña criatura tan delicada. El sol y las flores, la maravillosa vista de los ríos y las montañas y la profunda paz del lugar parecían quedar más que eclipsados en nuestra imaginación por los alacranes y los ciempiés, por las culebras y las águilas, los gatos acostados en la cuna asfixiando al pequeño bebé y los enormes perros mirándolo con interés predador.

Sabíamos que con Beaune no habría peligro, pero nos preocupaba un poco que Bonka tuviera celos de la niña y que desahogara su cólera devorándola. Pero llegado el momento, no hubo nada que temer. Al principio Bonka aparentó no darse cuenta en absoluto de la existencia de Chloë, y después, cuando esta actitud se hizo insostenible, la aceptó como un miembro de pleno derecho de la familia. Chloë sentía adoración por las dos perras y pareció adoptar a Beaune como una extensión de sí misma, revolcándose con ella y haciéndose un ovillo para quedarse dormida en el cesto de la perra, de tal manera que nos resultaba difícil convencerla de que en realidad ella era humana. En cuanto a los gatos, cubriendo la cuna con una red de recoger fruta, frustramos sus instintos naturales de acostarse encima de la niña y asfixiarla. Y por lo que respecta a las atenciones de los alacranes, ciempiés y demás bichos indeseables, sencillamente cruzamos los dedos.

Este tosco entorno parecía sentarle a Chloë de maravilla. Un río continuo de personas, atraídas por la magia de un nuevo bebé, desafiaron los rigores del río y de la pista del valle para venir a verla y darnos la enhorabuena. Una tarde apareció Domingo con sus padres trayendo bolsas de azúcar, que aquí en La Alpujarra es un regalo tradicional para los recién nacidos. Expira estaba extasiada con Chloë, y mostró su aprobación según la manera consagrada por la tradición, es decir, pellizcando las mejillas de la pobre criatura y chascando la lengua. -Ya os dije que teníais que tener niños -dijo entusiasmada-, y ¡mira ahora qué cosita más preciosa y más linda habéis traído al mundo! Tenéis que tener más, no hay tiempo que perder.

Domingo, que al principio se había limitado a mirar de vez en cuando a Chloë desde detrás de sus padres, se adelantó y la cogió en brazos suavemente y con destreza. Lo hizo como si lo hubiera estado haciendo toda su vida, sosteniéndole la cabeza junto a su pecho mientras la mecía. Yo todavía no sabía hacerlo bien del todo, pues me acababan de demostrar la técnica en el hospital hacía poco tiempo, y me quedé mirando maravillado cómo Domingo salía tranquilamente al exterior con ella, protegiéndole cuidadosamente la cara del fuerte sol.

Durante los primeros meses de vida de Chloë vimos a Domingo muchas veces, y a menudo éste la levantaba de su manta y se la llevaba a dar un corto paseo por el cerro de al lado de la casa. La niña parecía estar tan contenta en sus brazos como en los de su propia madre. Una parte de mí le envidiaba esta facilidad -yo me las arreglaba bien con Chloë, pero con los niños de los demás era totalmente negado-. Pero lo que más me entristecía era el convencimiento que tenía Domingo de que él nunca llegaría a ser padre.

– Es imposible -decía lacónicamente para poner fin al tema-. Apenas gano el dinero suficiente para vivir yo. ¿Cómo voy a poder mantener a una mujer y a unos hijos?

Las palabras de Domingo parecían encerrar una terrible seriedad. Estaba claro que se había resignado a quedarse soltero, antes que arriesgarse a criar hijos en la pobreza, y a mí me dolía mucho ver esto. No hacía falta ser un psicólogo excepcionalmente bueno para darse cuenta de hasta qué punto Domingo sería un buen padre. Pero lo cierto era que él había crecido en un mundo diferente del que yo había conocido y había sido testigo de los efectos del hambre y la miseria sobre las familias.

A medida que pasaban esos primeros meses y todos nos íbamos acostumbrando a nuestra nueva vida juntos, empecé a comprender a qué se referían los amigos cuando intentaban explicarme la alegría de tener un hijo propio. Por muy elocuentemente que me lo hubieran descrito, nadie había podido ni siquiera acercarse a la realidad. Recordamos todas nuestras preocupaciones anteriores sobre cómo iba a cambiar y a trastocarse nuestra vida, y nos quedamos impresionados de lo irrelevantes que ahora nos parecían esos temores. Era como si nos acabaran de entregar la clave para descifrar la parte siguiente del código de la existencia. Mis distintos amores crecían cada vez más, y todo ello como consecuencia de este nuevo ser que había venido a quedarse en nuestra casa. ¡Y pensar que nuestras vidas podrían haber transcurrido sin que nunca nos hubiera pasado esto!

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