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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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– ¡Pedro! ¡Pedro Gallego, hijo de puta!

No hubo respuesta. Me planteé la posibilidad de salir corriendo.

– ¡Pedro! Pedro, ¿estás sordo, mierda picada de viruelas? Me cago en tus muertos, hombre, ¿es que no me oyes?

Toñito se agachó a coger una piedra y la lanzó a la ventana. Al menos los hados no me habían abandonado totalmente: la piedra se estrelló contra el marco.

– ¡Pedro, qué mala leche tienes! ¡Pollas en vinagre! ¿Dónde estás, hombre?

La ventana se abrió de golpe y apareció una cabeza, que nos estudió sin entusiasmo. Entonces sonreí, hice una pequeña reverencia e intenté presentarme. Toñito ahogó mis palabras con sus gritos.

– Te he traído a un hombre que quiere verte, Pedro. Quiere unas ovejas. ¡Me cago en tus ovejas! -Y diciendo esto, se alejó haciendo eses calle abajo.

No era un principio muy prometedor, pero al cabo de un par de horas había olvidado todo el episodio, ya que acabé cenando con Pedro Gallego y su familia y amistades. Entre otras cosas, comimos las famosas setas de la Sierra de Segura, doradas a fuego muy vivo en mantequilla y después hervidas a fuego lento en vino y hierbas aromáticas. Acabada la cena, los hombres, que habían cocinado la mayor parte de la misma, fregaron los platos mientras las mujeres mecían a los bebés. Ésta era la España moderna.

Al día siguiente salí con Pedro y su padre, don Antonio. Pedro era el secretario de la ANCOS, y su padre, un auténtico grande de España apasionado por las ovejas, el presidente. Recorrimos traqueteando una serie de pistas de montaña durante toda la mañana, visitando cortijos y viendo preciosas hembras de cordero en el interior de establos cuyo suelo estaba cubierto de una gruesa capa de paja resplandeciente.

Finalmente seleccionamos veinticinco corderos, una docena de ovejas preñadas y un cordero macho. Pagué un precio muy bueno por ellos y dispusimos que dentro de unas semanas viniera un camión para llevárselos a Órgiva. Después nos retiramos a un bar a tomar un refresco.

Don Antonio rechazó una tapa de pescado que tenía muy buen aspecto.

– Llévate esa porquería, muchacho, y ponnos una tapa como Dios manda de carne de oveja segureña.

– Sí, señor -dijo el chico.

Hacia finales de diciembre el río había crecido a causa de las lluvias del invierno. El viejo puente destartalado que habíamos utilizado desde nuestra llegada estaba escorando hacia un lado de forma peligrosa, y los trozos de madera de deriva que componían la pasarela estaban rotos o habían desaparecido, dejando en su lugar unos intimidatorios agujeros. Cruzar el puente resultaba ya suficientemente desconcertante para Ana y para mí, bien curtidos en el arte, pero ahora teníamos que pensar en el nuevo rebaño. De ninguna manera iba a poder hacer que esos animales tan nerviosos utilizaran un artilugio tan endeble. Era preciso volver a construir el puente. Discutí el problema con Domingo, a quien se le ocurrió una manera fácil y rápida de llevar a cabo el trabajo.

El día de Año Nuevo Domingo mató sus cerdos. Después del banquete de mediodía propuso a los doce o quince hombres que habían venido a la matanza que me ayudaran a construir un puente nuevo. La perspectiva de chapotear en el agua helada no les apetecía precisamente, pero Domingo era persuasivo. Hacer esto sería de interés para todo el mundo, de hecho hasta era su obligación como propietarios de tierras al otro lado del río. Además sería una buena manera de despejar el sopor que nos invadía a todos a causa de la bebida.

– El problema con todos estos vagos -protestó- es que han perdido la costumbre de hacer puentes. Antes, cuando llovía de verdad, teníamos que hacer un puente nuevo por lo menos cuatro o cinco veces al año. Entonces nos dábamos bastante buena maña.

Bajamos en tropel hasta el río y contemplamos la triste colección de palos y madera de deriva que lo cruzaba. De todos los presentes yo era el único que jamás había construido un puente. Todos los demás sabían exactamente cómo se hacía. Sabían las proporciones que debía tener, con qué materiales debía construirse y, lo que es más importante, dónde había que ubicarlo. Por desgracia la construcción de puentes de fabricación casera no es una ciencia exacta, por lo que ni siquiera dos de los hombres presentes tenían exactamente las mismas ideas. Frasco, que contaba con mucha experiencia debido a que era el mayor de todos, dijo que teníamos que olvidarnos del revoltijo mortífero de madera de Romero y construir otro puente nuevo un poco más abajo de la pista, en donde podríamos sujetar las vigas a un gigantesco eucalipto.

– ¡Eso son tonterías, hombre! -dijo Domingo-. Ahí no se puede hacer; el terreno es blando, y en cuanto crezca el río se lo llevará.

– Éste es el sitio donde hay que hacerlo -dijo José dando una patada en el suelo unos metros por encima del antiguo puente-. Es donde hay menos anchura, y el terreno es bien sólido.

– ¿Sólido? ¡La hostia! Si lo haces ahí, se lo llevará el río en cuestión de unos días. Nunca ha habido un puente ahí.

– Sí, tiene que ser más arriba, ahí por donde está la adelfa… ahí el río no se moverá…

– No, lo más importante es aprovechar ese peñón y utilizarlo como estribo, así podremos…

– ¡Me cago en la hostia, hombre! Si haces el puente ahí no lo podrá cruzar nadie sin arriesgar el pellejo.

– ¿Y cuántos puentes has hecho tú?

– Pues no me escuches si no quieres, pero yo te digo que…

La polémica se iba haciendo cada vez más encarnizada y, a medida que una idea iba sustituyendo a otra y que el debate empezaba a abarcar una serie de peleas simultáneas, lo único en que todo el mundo coincidía era en que Romero debía de haber estado loco o borracho para elegir un lugar tan absurdo donde construir su puente. El emplazamiento carecía tan en absoluto de cualquier cualidad deseable, que la idea de simplemente reconstruirlo ni siquiera era digna de consideración.

Al final, por supuesto, lo volvimos a construir precisamente en el mismo lugar donde estaba. Pedro tal vez había sabido algo acerca de su río.

En primer lugar, con ayuda de doce hombres fuertes tirando y empujando todos en diferentes direcciones, sacamos los grandes troncos de eucaliptos del bosquecillo donde los habíamos apilado Domingo y yo hacía ya tantas lunas. Entonces reconstruimos el primer estribo. Acarreamos unas enormes rocas y las depositamos al borde del río, rivalizando todos por levantar la más pesada, sin preocuparnos del más que probable riesgo de causarnos una hernia. Entonces cortamos ramas de adelfa, de retama y de eucalipto y extendimos una gruesa capa de broza por encima de las piedras. A continuación colocamos otra pesada capa de piedras, luego más broza y así sucesivamente, hasta que tuvimos un nuevo estribo sobresaliendo del río unos dos metros por encima del nivel del agua.

Nos costó mucho trabajo colocar las vigas en su sitio. Logramos con esfuerzo levantar la primera de forma que abarcara unos dos tercios de la anchura del río. Todos nos sentamos en ella mientras Domingo, que indefectiblemente había asumido el mando de la operación, avanzaba bamboleándose a lo largo de la misma con una cuerda. Entonces saltó hacia la otra orilla y cayó al río.

– ¡La hostia! ¡Está helada!

Ésta era la señal para que los más impetuosos probasen suerte. Todos se caían al agua, pero siguieron intentándolo hasta que se decidió que no quedaban hombres suficientes para sentarse en la viga y hacer contrapeso. Entonces la levantamos con esfuerzo hasta su posición final. Era demasiado corta, pues le faltaba una buena distancia para llegar a la otra orilla.

Pero no importaba. Todos nos deslizamos a lo largo de ella y nos pusimos a construir en la orilla opuesta un gran estribo que sobresalía por encima del río. Finalmente, tras unas cuatro horas de trabajo, teníamos dos sólidas vigas extendidas de lado a lado del río, firmemente sujetas a cada uno de los estribos de roca. Todos nos sentamos en la orilla a admirar la gracia y elegancia de nuestra obra. Parecía bien hecha y no nos había costado nada, pero todavía resultaba casi imposible cruzar el río de modo seguro. Pasé el día siguiente recogiendo trozos de madera y clavándolos a las vigas para crear una pasarela más o menos plana. Domingo mostró su desaprobación por los clavos debido al hecho de que cuestan dinero.

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