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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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– Pero aunque no contara con el ejemplo de Barbara, sabría que el verdadero amor existe -aseguró-. Me refiero a ese amor único, a esa comunión de almas, que poquísimas personas encuentran y que a la mayoría se le suele negar. El duque lo conocía de primera mano y me contó su experiencia.

– ¿Dunbarton te restregó una antigua amante? -preguntó él-. Suponiendo que fuera antigua, claro.

– Llevaba un año de luto cuando lo conocí y me casé con él -contestó-. Lo peor ya debería haber pasado y tal vez fuera así. Pero nunca dejó de llorar su pérdida. Ni un solo instante. Fue un amor que sobrevivió más de cincuenta años, un amor que definió toda su vida. Le permitió quererme a mí.

Constantine cruzó los brazos y la miró fijamente durante un buen rato.

– Y pese a todo no se casó con ella -señaló-. Y la mantuvo tan en secreto que no hubo ni un solo rumor sobre su existencia entre la alta sociedad.

– Su amante era su secretario personal -dijo Hannah-, y lo fue durante toda su vida de adulto. Por eso pudieron estar juntos y vivir bajo el mismo techo sin despertar sospechas. Aunque debieron de ser muy discretos. Ni siquiera los criados estaban al tanto de la verdad, o eran tan leales al duque que nunca hablaron fuera de casa de lo que sabían. Siguen siéndolo.

– ¿Dunbarton te habló de eso?

– Sí, antes de casarnos. Mientras me explicaba que no tenía motivos ocultos para casarse conmigo salvo alejarme de allí y enseñarme a ser una duquesa y a ser una belleza orgullosa e independiente en el poco tiempo que le quedaba de vida. Me dijo que había sido incapaz de apartar los ojos de mí durante la boda, no porque despertara su lujuria, sino porque tenía un aspecto tan angelical que no alcanzaba a asimilar que fuese humana. Según sus propias palabras, un grupo de palurdos no tenía derecho a romperle el corazón a un ángel… Su historia me escandalizó profundamente. Ni siquiera sabía que podía existir algo como lo que él describía. Pero creí en su bondad. Tal vez fue una tontería… Sin duda alguna, yo era una tonta. Pero en ocasiones es bueno ser tonto. Durante los años que estuvimos juntos me habló libremente del amor de su vida. Creo que para él era un consuelo poder hacerlo después de tantos años de secretos y silencio. Y me prometió que algún día encontraría ese tipo de amor, aunque no con alguien de mi mismo sexo.

– ¿Y tú lo creíste?

– Creí en la posibilidad de que eso sucediera, aunque fuera poco probable. Constantine, mi mundo es artificial. Incluida yo. Sobre todo yo. Me enseñó a ser una duquesa, a ser una fortaleza inexpugnable, a ser la guardiana de mi propio corazón. Sin embargo, admitió que no podía enseñarme ni cómo ni cuándo permitir que alguien se colara en la fortaleza ni en qué momento liberar mi corazón. Dijo que sucedería sin más. De hecho, me prometió que sucedería sin más. Pero ¿cómo va a encontrarme el amor en el supuesto de que me esté buscando? -Sonrió. ¡Qué conversación más rara para mantener con su amante! Se puso en pie y rodeó la mesa-. Pero mientras tanto no pienso esperar sentada algo que tal vez nunca suceda. Tenerte como amante es algo que deseaba que sucediera… No, algo que decidí que sucedería en cuanto finalizara el año de luto. Y lo que me ofreces es más que suficiente para esta primavera.

– ¿Ya habías decidido antes de regresar a Londres que yo sería el elegido? -le preguntó Constantine, enarcando las cejas.

– Pues sí -contestó-. ¿No te sientes halagado? -Se desató el cinturón del batín, se abrió la prenda y se colocó a horcajadas sobre él en el enorme sillón mientras se inclinaba para besarle en los labios.

– Así que Dunbarton te enseñó a conseguir todo lo que quieres, ¿no? -preguntó él al tiempo que le deslizaba el batín por los hombros y los brazos, tras lo cual lo arrojó al suelo.

– Sí. Y te he conseguido a ti. -Lo miró a los ojos y esbozó una sonrisa deslumbrante.

– Como una marioneta -apostilló él.

– No. -Meneó la cabeza-. La condición era que tú también lo desearas. Y lo deseas. Dímelo.

– ¿No puedo demostrártelo sin más? -preguntó, y el brillo risueño volvió a aparecer en esos ojos oscuros.

– Dímelo -ordenó.

– ¿Vulnerable, duquesa? -Formuló la pregunta susurrando junto a sus labios, un gesto que le provocó a Hannah un escalofrío-. Lo deseo. Muchísimo. Te deseo. Muchísimo.

Y procedió a desabrocharse los pantalones, a cogerla de las caderas para levantarla un poco y a hundirse en ella de una sola embestida.

Hannah siempre había creído que los encuentros en su cama le provocaban un placer casi insoportable. En esa ocasión el «casi» no hizo acto de presencia. De rodillas en el sillón, a horcajadas sobre él, le hizo el amor con tanto desenfreno y pasión como él le demostraba. Lo sintió en lo más profundo de su ser, escuchó el sonido de sus cuerpos al unirse, contempló los rasgos afilados de esa cara tan morena mientras él apoyaba la cabeza en el respaldo del sillón, con los ojos cerrados y el pelo revuelto.

Sin embargo, cuando el dolor llegó a un punto casi crítico durante el cual Constantine debería haberla sujetado con fuerza para ponerle fin con su clímax, no terminó, sino que se intensificó hasta volverse insoportable… y convertirse en una gloria tan absoluta que no habría palabras para describirla aunque las hubiera buscado.

Se limitó a gritar.

Y después, temblorosa y estremecida, se desplomó sobre él, apoyó la cabeza en su hombro y sintió una irresistible necesidad de dormir.

Constantine la abrazó con fuerza mientras recuperaba el aliento y después salió de ella y la cogió en brazos, cubriéndola al mismo tiempo con el batín, para llevarla hasta su dormitorio.

La besó antes de dejarla en la cama.

– Dime que ha sido tan bueno para ti como creo que lo ha sido -dijo.

– ¿Necesitas halagos? -preguntó con voz soñolienta-. Ha sido bueno. ¡Constantine, ha sido estupendo!

Lo escuchó reír entre dientes.

Se acurrucó en la cama y ya estaba casi dormida cuando él se acostó a su lado y la arropó.

Joyas, pensó Hannah antes de atravesar la barrera del sueño.

Las joyas de la Corona que le había dicho en broma que robara para Barbara.

Sus propias joyas, vendidas para financiar lo que deseaba de todo corazón.

Las joyas medio robadas y convertidas en dinero contante y sonante que Constantine apostó para ganar Ainsley Park.

¿De quién eran las joyas? ¿De Jonathan?

¿Para qué las había vendido? ¿Para financiar la idea de Jonathan de crear un hogar para madres solteras con sus hijos?

¿Habrían perseguido Jonathan y Constantine el mismo objetivo que ella? ¿No solo con la venta de una joya, sino con más?

¿Tanto se parecían Constantine y ella?

Todo sucedía por un motivo, le había dicho el duque, y ella había llegado a creerlo.

No existían las coincidencias, le había repetido muchas veces. Pero ella no había terminado de creérselo.

El amor la encontraría el día menos pensado, cuando no estuviera pendiente, le había asegurado.

No lo esperaba. Tenía miedo de esperarlo.

Sin embargo, su mente era incapaz de lidiar con lo que a primera vista parecían tantas coincidencias seguidas.

Se durmió justo cuando Constantine la abrazó y la pegó a su cuerpo.

CAPÍTULO 13

Hannah era muy consciente de que la alta sociedad había llegado hacía mucho a la conclusión de que el nuevo amante de la duquesa de Dunbarton era el señor Constantine Huxtable. Habría llegado a dicha conclusión aunque no fuese cierta, tal como lo había hecho con muchos otros hombres que lo habían precedido, casi todos amigos suyos o del duque. También era consciente de que se esperaba que se hartara de él al cabo de una semana o dos a lo sumo y que lo sustituyera por otro.

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