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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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– ¿El motivo? -preguntó en voz queda.

– Sí, ayudarte a que te recompusieras -contestó Barbara-. Y prepararte para el amor, para el amor verdadero, cuando apareciera. Hannah, el duque no solo vio tu belleza. Dijo que eras un ángel, ¿no? Percibió tu bondad innata, y la alegría que quedó destrozada el día que descubriste la verdad sobre Dawn y Colin. Sigues sin ver lo especial que eres, ¿verdad? El duque sí lo vio.

La figura de Barbara se volvió borrosa de repente, momento en el que comprendió que tenía los ojos cuajados de lágrimas. Se puso en pie con tanta brusquedad que estuvo a punto de volcar la silla en su afán por retirarla.

– Voy a salir -dijo-. Iré a casa de la condesa de Sheringford. Preferiría ir sola. No te importa, ¿verdad?

– Ayer solo tuve tiempo para escribirles unas cuantas líneas a papá, a mamá y a Simón -comentó su amiga-. Esta mañana tengo que escribir cartas más largas. Empiezo a sentirme como una egoísta y una descastada.

Hannah se apresuró a salir de la estancia.

¿Ir a la casa de la condesa de Sheringford? ¿Para qué?

Tobías Pennethorne, Toby, el hijo de ocho años de Sheringford y de Margaret por adopción, había desarrollado un interés insaciable por la geografía del mundo, y Con había descubierto el regalo perfecto en el escaparate de una tienda en Oxford Street, aunque su cumpleaños quedara bastante lejos. Daba igual. De todas formas compró el enorme globo terráqueo.

Y puesto que no podía demostrar el menor favoritismo hacia un niño habiendo tres, a la pequeña Sarah, que tenía tres años, le compró una colorida peonza, y añadió un estruendoso sonajero de madera para el benjamín, Alexander, que tenía un año.

Llevó sus regalos a la residencia del marqués de Claverbrook, situada en Grosvenor Square, donde Margaret y Sheringford se alojaban durante sus estancias en la capital. Sherry era el nieto del marqués y su heredero. Allí pasó una hora muy agradable en la habitación infantil, con Margaret y los niños, ya que Sherry no estaba en casa. Comenzó a albergar dudas acerca de la idoneidad del sonajero cuando Sarah se apropió de él y decidió que el juego de esa mañana consistiría en perforar los tímpanos de todos los presentes incluidos los propios. El bebé, por su parte, parecía fascinado por la peonza, aunque detenía su agradable movimiento y zumbido cada vez que alguien la hacía girar en su afán por cogerla. Cada vez que la peonza se detenía, se echaba a llorar.

Toby localizó todos los continentes, los países, los ríos, los océanos y las ciudades del mundo conocido, por no mencionar los polos, las cordilleras, los paralelos y los meridianos, e insistió en que tanto su madre como el tío Con se acercaran para observar cada uno de sus descubrimientos. El globo comenzaba a asemejarse a un instrumento de tortura.

En comparación, los tés que se celebraban en el invernadero de Ainsley Park eran la mar de tranquilos, pensó con sorna. Y dadas las circunstancias, se le antojó como una asombrosa revelación que le gustaran los niños.

Claro que ¿acaso no había jugado horas y horas al escondite con Jon, ese niño eterno?

Unos golpecitos en la puerta, que oyeron de forma milagrosa, precedieron la llegada de un criado que les anunció que Su Excelencia la duquesa de Dunbarton solicitaba ver a lady Sheringford y que Su Señoría el marqués la había invitado a pasar al salón.

«¿La duquesa? ¿En Claverbrook House?», se preguntó Con.

– ¡Ay, Dios! -Exclamó Margaret-. El abuelo jamás recibe a nadie. Esto es irritante.

– ¿Irritante? -Enarcó las cejas y vio que Margaret se ruborizaba y que no era capaz de afrontar su mirada.

– Nos ha invitado a pasar cuatro días en su casa de Kent -explicó ella-. Y hemos rehusado su invitación, con una disculpa.

– ¿Por qué? -quiso saber Constantine mientras el sonido del sonajero se alzaba en un crescendo acompañado por la expresión inocente de Sarah, por un alarido de protesta por parte de Alex que había vuelto a detener la peonza y por una emocionada invitación de Toby para que se acercaran a ver Madagascar.

– No queremos dejar a los niños durante tanto tiempo -adujo Margaret mientras hacía girar de nuevo la peonza y Sarah se acercaba a ver Madagascar armada con el sonajero.

¿La duquesa había reaccionado a esa negativa presentándose en persona en Claverbrook House? Ciertamente no toleraba bien el rechazo. Aunque no era algo que experimentara a menudo. ¿Lograría ganarse a Margaret? ¿Era ese el motivo de su visita?

Sarah estaba haciendo girar el globo terráqueo bajo la atenta mirada de Toby y el bebé había encontrado otro juguete potencial hacia el que caminaba sorteando muebles, ya olvidado el berrinche… Y la peonza.

– Constantine -dijo Margaret, que por fin lo miró a los ojos-, no podemos vivir tu vida por ti, ni siquiera deseamos hacerlo. Pero podemos negarnos a aceptar tu relación con una mujer que es una despiadada… depredadora.

Con se llevó las manos a la espalda y entrelazó los dedos.

– Son unas palabras muy duras -dijo.

– Sí -reconoció ella-. Lo son.

– Recuerdo una época en la que se decían cosas así de duras sobre Sherry -replicó-. Pero eso no impidió que te relacionaras con él, que te comprometieras con él y que acabaras siendo su esposa.

– Eso fue diferente -protestó Margaret-. No era culpable de ninguna de las acusaciones que se habían vertido en su contra.

– Tal vez la duquesa de Dunbarton tampoco lo sea -señaló Con-. Culpable de las acusaciones que se han vertido en su contra, me refiero.

– ¡No me vengas con esas! -exclamó ella.

Con se percató de que estaba a punto de perder los estribos. Apartó la mirada de Margaret. El bebé había cogido uno de los libros de Toby y estaba dispuesto a comérselo. Así que atravesó la estancia a toda prisa, rescató el libro y evitó la inminente rabieta colocándose a Alex sobre los hombros.

– Debes de estar prendado de ella si piensas así -comentó Margaret-. Y veo que tenemos motivos para preocuparnos.

– Tenemos -repitió, recalcando el uso del plural-. ¿Los demás también han recibido invitaciones?

– Nessie y Elliott no -contestó Margaret-. Pero los demás sí.

– A ver si lo adivino, ¿también han rechazado sus respectivas invitaciones?

Margaret tuvo el buen tino de volver a apartar la vista.

– Sí -contestó.

Alex estaba tirándole del pelo mientras gritaba de alegría.

– Vamos a dejar un par de cosas claras -dijo mientras se zafaba de las manos del bebé y lo dejaba junto a una caja que contenía bloques de madera-: Monty era el mayor sinvergüenza de Inglaterra. Lo afirmo porque lo sé de primera mano. Katherine se casó con él. Ya hemos comentado el caso de Sherry. Te casaste con él. A Cassandra la acusaban de haber asesinado a su primer marido… con un hacha, aunque en realidad Paget murió por un disparo, no con la cabeza cortada. Stephen se casó con ella. ¿Y ahora crees a pies juntillas todo lo que se ha dicho de la duquesa de Dunbarton aunque no tengas ni una sola prueba que lo demuestre?

– ¿Cómo sabes que no tenemos pruebas? -preguntó Margaret a su vez.

– Porque no hay prueba alguna -respondió-. Quería al duque de Dunbarton aunque no fuera un amor romántico. Fue fiel a sus votos matrimoniales hasta el día de la muerte de su marido, y siguió siéndole fiel durante el año de luto. Lo sé, Margaret, porque yo sí tengo la prueba. -La furia lo había hecho hablar de forma irreflexiva.

Margaret se mordió el labio superior.

– ¡Ay, Constantine! -exclamó-. Te has encariñado de ella. Precisamente es eso lo que nos temíamos. Pero… ¿estás seguro de que no has caído en sus redes?

Con no contestó ni tampoco apartó la mirada de su prima.

– Tienes la prueba. -Margaret cerró los ojos y cuando los abrió había recuperado la compostura. Volvía a estar serena y al cargo de la situación. La hermana mayor que había criado prácticamente sola a sus hermanos y que había hecho un magnífico trabajo con todos ellos antes de buscar su felicidad-. Será mejor que baje a verla -dijo-. ¡Ay, Dios mío! El abuelo se la habrá comido a estas alturas. Es el tipo de mujer superficial que lo saca de quicio. ¿Eso también es una ilusión? ¿Su frivolidad?

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