Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 81
Перейти на страницу:

Su mutis triunfal quedó algo deslustrado por culpa de cierta risilla.

CAPÍTULO 12

Dado que al día siguiente estuvo lloviendo, Con se pasó gran parte de la mañana escribiéndole a Harvey Wexford, el administrador de Ainsley Park. Tenía que responder a unas cuantas preguntas y decidir sobre unos detalles insignificantes. Pero lo más importante era enviar una serie de mensajes privados a varios residentes de Ainsley Park, cosa que hacía todas las semanas. Aunque dejara su gestión, su formación y su bienestar en las más que capaces y compasivas manos de Wexford, no se olvidaba de su gente cuando se iba de casa, y estaba decidido a hacérselo saber.

En esa ocasión tenía que felicitar a Megan, la hija de Phoebe Penn, por su quinto cumpleaños… y tenía que mandarle el libro que le había comprado antes del almuerzo porque tanto madre como hija estaban aprendiendo a leer. Y tenía que felicitar a Winford Jones, un antiguo ladronzuelo, a quien habían declarado apto como herrero y que había conseguido un puesto como ayudante en una herrería de Dorsetshire. Y también tenía que felicitar a Jones y a Bridget Hinds, que iban a casarse antes de marcharse con el pequeño Bernard, el hijo de Bridget. Pensaba enviar otro libro para Bernard, porque a sus siete años ya sabía leer. Además, tenía que expresarle su pesar a Robbie Atkinson, que se había caído desde el altillo donde almacenaban el heno y se había roto un tobillo. Y trasladarle sus buenos deseos a la cocinera, que había llegado al inusitado extremo de quedarse dos días en cama por culpa de un fuerte resfriado, aunque había seguido dirigiendo la cocina con mano de hierro desde su lecho.

Dado que el tiempo mejoró un poco, pasó la tarde en las carreras con algunos amigos, y la noche transcurrió en una velada en casa de lady Carling, la suegra de Margaret, en Curzon Street. Fue una de esas ocasiones en las que coincidió con Vanessa y Elliott; pero como lady Carling había habilitado más de una estancia para sus invitados, pudieron quedarse en diferentes habitaciones la mayor parte del tiempo, obviando su mutua existencia de un modo muy efectivo.

Recordó que Hannah le había aconsejado la noche anterior que hablara con Elliott… para que no estuviera tan triste. Le hizo gracia imaginarse la reacción de su primo si iba en su busca y le sugería que se sentaran para solucionar sus diferencias en ese preciso momento.

No tenían nada de qué hablar. Elliott creía lo peor de él y a Con no le importaba. Un imbécil y un idiota. Dos caras de la misma moneda. Era así de sencillo. Hannah no asistió a la velada.

Con se marchó pronto, consideró la idea de pasar un rato en White's, pero al final se fue a su casa. Tener una amante podía causar ese efecto en un hombre: elegir una noche de sueño en vez de pasar una velada con los amigos cuando se presentaba la oportunidad.

A la mañana siguiente fue a Dunbarton House. Mucho se temía que las damas siguieran acostadas o que hubieran salido de compras. Sin embargo, se encontraban en casa. El mayordomo, que fue en persona a comprobar si las damas estaban disponibles, lo condujo a la biblioteca, un lugar insólito en el que encontrar a la duquesa. La descubrió con un libro abierto en el regazo mientras que su amiga estaba sentada al escritorio, escribiéndole seguramente una carta a su vicario.

La duquesa cerró el libro, lo soltó y se puso en pie.

– Constantine -lo saludó al tiempo que se acercaba a él con una mano extendida.

– Duquesa. -Hizo una reverencia y ella le permitió por primera vez que se llevara su mano a los labios-. Señorita Leavensworth.

La aludida soltó la pluma y se volvió hacia él, con las mejillas demasiado sonrosadas.

– Señor Huxtable -replicó con seriedad.

– Señorita Leavensworth, quiero que sepa que la invité a bailar en el baile de los Kitteridge porque deseaba bailar con usted -aseguró-. Mi maleducada indagación acerca de los orígenes de la duquesa fue fruto del momento y también fue una idea espantosa. Le ruego que me disculpe por haberla alterado.

– Gracias, señor Huxtable -dijo la señorita Leavensworth-. Fue un placer bailar con usted.

– Que sepa que no se me ha olvidado que desea ver la Torre de Londres antes de regresar a Markle, y que la duquesa hace siglos que no la ve. El tiempo ha mejorado muchísimo hoy. De hecho, creo que el sol está a punto de abrirse camino entre las nubes. ¿Le apetece acompañarme a visitarla esta tarde? Tal vez podríamos tomar un helado en Gunter's después.

– ¿Un helado? -La señorita Leavensworth puso los ojos como platos-. Vaya, no los he probado en la vida, pero he oído que son deliciosos.

– Pues asunto arreglado, iremos a Gunter's después -sentenció y miró a Hannah.

Por supuesto, ella diría que tenían un compromiso previo esa tarde.

– Estaremos listas a las doce y media -dijo en cambio. Lo que seguramente quería decir que estarían listas a la una menos cuarto.

– No las entretengo más, me voy para que puedan seguir con la lectura y con la carta -dijo, mientras se despedía con un gesto de la cabeza. Se marchó sin decir nada más.

Mientras dejaba la plaza atrás, Con rememoró la apariencia de la duquesa. Llevaba un sencillo vestido de algodón en color azul claro, un tono más claro que sus ojos. Sin joyas. Y con el pelo recogido en un sencillo moño en la nuca.

Sencilla y sin adornos.

Estaba arrebatadora.

La duquesa, por supuesto.

Cuando volvió a su puerta a las doce y media en punto, su aspecto era el de siempre. En esa ocasión fue en su carruaje, ya que los tres irían más cómodos que en el tílburi y había bastante distancia hasta la Torre de Londres.

Las dos damas estaban preparadas. Tal vez si la excursión fuera para ella sola, la duquesa lo habría hecho esperar por cuestión de principios; pero no era así, y la señorita Leavensworth parecía emocionada y alegre. Llegó a la conclusión de que la duquesa de Dunbarton quería a su amiga.

Había mucho que ver en la Torre de Londres. No obstante, ninguna de las damas se mostró interesada en las viejas mazmorras, ni en las cámaras de tortura ni en los instrumentos de ejecución. De hecho, la duquesa se estremeció con lo que parecía verdadero espanto cuando uno de los guardias reales los invitó a visitar la exposición.

De modo que visitaron el zoológico y pasaron mucho tiempo admirando los exóticos animales salvajes, en especial los leones.

– Son espléndidos -dijo la señorita Leavensworth-. Ahora entiendo por qué dicen que son los reyes de la selva. ¿Y tú, Hannah?

Sin embargo, la duquesa no era tan fácil de complacer.

– Pero ¿dónde está la selva? -Preguntó a su vez-. Pobres criaturas. ¿Cómo pueden ser reyes cuando están encerrados en una jaula? Es preferible ser un humilde conejo, una tortuga o un topo y ser libre.

– Pero supongo que los alimentan bien -replicó la señorita Leavensworth-. Y aquí están protegidos de los elementos. Y son muy admirados.

– Y por supuesto dicha admiración compensa una multitud de pecados -repuso la duquesa.

– Pues yo me alegro de haberlos visto -declaró la señorita Leavensworth, negándose a aceptar las críticas de su amiga-. Hasta ahora solo había podido leer sobre ellos en los libros y verlos en dibujos. Y los libros nunca transmiten los olores, ¿verdad? ¡Uf!

– ¿Vamos a ver las joyas de la Corona? -sugirió él.

La señorita Leavensworth se quedó fascinada al verlas. Y por casualidades de la vida, los parientes de su prometido, junto con sus hijos, aparecieron cinco minutos después de que ellos llegaran. Hubo exclamaciones de sorpresa y deleite, y también algunos abrazos, tras los cuales se produjeron las presentaciones. De modo que Con conoció al señor y a la señora Newcombe y a Pamela y a Peter, ya que la duquesa los había conocido unos días antes cuando fueron a su casa para recoger a la señorita Leavensworth de camino a los jardines de Kew.

– Necesito un poco de aire fresco -anunció la duquesa al cabo de unos minutos-. Constantine ha prometido llevarme a las almenas de la Torre Blanca, Babs, y ahora es el momento perfecto, ya que tú le tienes pánico a las alturas. Volveremos enseguida.

1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 81
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)