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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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– Prefiero dejar que seas tú quien haga ciertos descubrimientos -respondió él.

Margaret tiró del cordón de la campanilla del servicio y la niñera apareció de inmediato. Toby le pidió que se acercara para ver la India, Sarah levantó el sonajero y lo agitó con una floritura y Alex comenzó a golpear dos bloques de madera entre sí mientras se reía.

Con salió de la habitación infantil con Margaret. Estuvo a punto de marcharse, pero no pudo resistir la tentación de ver a Hannah enfrentándose a uno de los aristócratas más hoscos y gruñones de toda Inglaterra. Además de un ermitaño.

Esperaba que no se la hubiera comido viva. Aunque apostaba por ella.

¿Qué hacía exactamente en ese lugar?, se preguntó Hannah una vez que el criado la invitó a pasar a Claverbrook House y vio cómo un anciano mayordomo apartaba a su subordinado prácticamente de un codazo en el abdomen al escuchar su nombre. La saludó con una reverencia… que suscitó un crujido. Una tontería llevar corsé a esa edad, que estaría comprendida entre los setenta y los cien.

¿Para qué había ido? ¿Para rebajarse? ¿Para exigir una explicación? ¿Para tratar de convencer a lady Sheringford de que cambiara de opinión?

No la hicieron esperar mucho. El criado que había evitado por los pelos el codazo en el abdomen subió para comprobar si lady Sheringford se encontraba en casa, y realizó su cometido con gran agilidad. Apareció al cabo de unos instantes para informar al mayordomo en voz baja de que Su Excelencia debía esperar en el salón.

Hannah siguió al mayordomo a una velocidad que se asemejaría a la de una tortuga reumática.

Le alegró haberse puesto la armadura completa compuesta por un vestido de muselina blanca, una chaquetilla blanca y un bonete también blanco. Incluso llevaba algunos de sus diamantes auténticos en las orejas y en los dedos. Todo formaba parte de la fachada tras la que se ocultaba. Aunque si su objetivo era el de impresionar a la condesa, tal vez debería haber elegido un atuendo más sencillo e incluso más colorido.

Ya era tarde para albergar semejantes pensamientos.

El salón solo tenía un ocupante, según comprobó cuando la invitaron a pasar después de que el mayordomo la anunciara con su voz solemne y pomposa como si se dirigiera a una numerosa audiencia. El ocupante en cuestión no era la condesa de Sheringford.

– Sí, sí, Forbes -dijo con impaciencia el anciano caballero que ocupaba un sillón cercano a la chimenea-, ya sé quién es. Me lo ha dicho Bindle. ¿Dónde está?

Hannah había hecho acopio de su afamada dignidad y se había envuelto con ella a fin de estar preparada para su encuentro con la condesa. Sin embargo, la abandonó en cuanto escuchó la voz, ya que se apresuró a atravesar la estancia para plantarse delante del sillón del marqués de Claverbrook. Una vez allí, extendió ambas manos enguantadas y esbozó una sonrisa cariñosa.

– Aquí estoy -dijo-. Y aquí está usted. Deben de haber pasado años.

El marqués había sido uno de los amigos del duque. Hannah lo había visto en unas cuantas ocasiones antes de que el anciano se recluyera en su casa después del enorme escándalo protagonizado por su nieto. Desde entonces el marqués se convirtió en un recluso que ni salía ni recibía visitas. Siempre había sido un hombre hosco e impaciente, pero nunca con ella. Porque cada vez que la miraba y conversaba con ella, lo hacía con un brillo alegre en los ojos. Hannah siempre había creído que la apreciaba. De la misma forma que ella lo apreciaba a él.

El marqués apartó las manos del mango de plata de su bastón y aceptó las suyas. Hannah se percató de que tenía los dedos rígidos y doblados. Le dio un afectuoso apretón con mucho cuidado para no hacerle daño. Evitó incluso rozarlo con los anillos.

– Hannah -dijo él-, aquí estás, sí. Más bonita incluso que cuando eras una niña y el viejo Dunbarton te encontró en algún lugar perdido de la mano de Dios y se casó contigo. Ese viejo granuja. Ninguna otra mujer había logrado interesarlo en su vida hasta que tú apareciste cuando ya apenas podía andar.

– Algunas cosas son obra del destino -replicó ella.

El marqués refunfuñó mientras le daba un apretón a sus manos.

– Supongo que te casaste con él por su dinero. Que por cierto tenía a espuertas.

– Y también porque era un duque y así yo me convertía en duquesa -añadió ella-. Que no se le olvide.

– En ese caso supongo que yo no habría tenido la menor oportunidad aunque te hubiera visto antes -comentó el anciano-. Solo soy un marqués.

– Y seguro que no tan rico como el duque -apostilló con una sonrisa.

El marqués tenía poco pelo y lo poco que le quedaba era blanco. Al contrario que sus cejas, que aunque blancas eran muy pobladas. Tenía el ceño permanentemente fruncido, unos ojos que parecían prestos a fulminar a cualquiera y la nariz aguileña. Su aspecto era el típico de un anciano cascarrabias.

– Lo quise mucho -reconoció-. Y todavía lloro por él. Si hubiera podido conocer a mis abuelos, me habría gustado que fueran como mi duque. Pero como no tenía ninguno y tuve la inmensa suerte de conocer a mi duque, me casé con él.

El marqués refunfuñó algo de nuevo.

– Y seguro que lo hiciste bailar al son que tocabas durante sus últimos años, ¿verdad, Hannah?

– ¡Ya lo creo! -reconoció-. Aunque se negó a seguir bailando después de cumplir los setenta y ocho, una decisión muy poco alegre por su parte. Sin embargo, todos los días encontrábamos algo de lo que reírnos. La risa es la mejor medicina, ¿sabe?

– ¡Hum! -Refunfuñó otra vez el anciano-. De todas formas murió al final.

– Según me han dicho, su medicina ha llegado de manos de su nieta política -comentó-. Me han dicho que no le consiente ninguna tontería y que se ha convertido en su persona preferida. Además, sé de buena tinta que adora a sus biznietos y me han dicho que se alojan aquí durante la temporada social. ¡Menudo ermitaño está hecho! Yo diría que eso es hacer trampas.

– Hannah, recuerdo que eras una cosita tímida cuando Dunbarton se casó contigo -repuso el marqués-. ¿Desde cuánto eres tan fresca?

– Desde que me casé con él -respondió-. Me enseñó que las personas como usted son solo gatitos fingiendo ser leones.

El comentario le arrancó una carcajada al marqués y Hannah lo miró con expresión picarona.

– Dunbarton era un tipo estupendo en su juventud -afirmó el anciano-. ¿Te habló de aquella época alguna vez? Él sí que no era un gatito, Hannah. Walsh, que hace mucho que nos dejó, le cruzó la cara con un guante una mañana en medio de la sala de lectura de White's y lo retó a duelo por haberlo hecho un cornudo con su esposa. Se encontraron en algún páramo yermo, no recuerdo el sitio con exactitud. Las cosas de la vejez… Pero recuerdo que estuve allí. A Walsh le temblaba la mano como si fuera una hoja en mitad de un vendaval, y erró el tiro por lo menos en un kilómetro. Dunbarton lo apuntó con mano firme y se tomó su tiempo, pero en el último instante dobló el brazo y disparó al aire. Habría sido una completa decepción de no ser por la elegancia del momento. El pobre Walsh se mantuvo dos o tres años oculto en el campo con el rabo entre las piernas. Le habría gustado más que Dunbarton le atravesara un hombro con una bala o que le volara la parte superior de una oreja. Y podría haberlo hecho, bien lo sabe Dios. Tenía una puntería endemoniada.

– Era demasiado compasivo como para dispararle al pobre hombre -señaló ella.

– ¿¡Compasivo!? -El marqués estaba muy animado a esas alturas de la conversación-. Se decantó por la solución más cruel de todas, Hannah. Demostró el desprecio que sentía por Walsh. Lo humilló. Incluso sugirió que el cirujano lo tumbara sobre la hierba y le administrara algunas sales para reanimarlo. Fue un magnífico espectáculo. Además, todos sabíamos que quien disfrutaba de los favores de lady Walsh era Jackman, no Dunbarton. Seguro que el propio Walsh lo sabía, pero Jackman era un hombre bajito y delgaducho, y retarlo a duelo cruzándole la cara con un guante lo habría convertido en un hazmerreír. Así que esperó hasta que Dunbarton bailó una noche con su esposa y a la mañana siguiente hizo el numerito en White's. Supongo que tendría ganas de morir. O que tenía una piedra por cerebro. Posiblemente se debiera a lo último.

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