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Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
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Constantine no había cerrado con llave. Pero sí abrió la puerta en persona cuando su carruaje se detuvo delante de la casa. No había ni rastro de los criados. Probablemente los hubiera mandado a la cama. Hannah no ofreció explicación sobre su retraso… no pensaba llegar tan lejos. Se limitó a arrojarle los brazos al cuello y besarle, y él la llevó a la cama sin más dilación.

Poco más de una hora después estaban de nuevo en su gabinete. Constantine llevaba una camisa y unos pantalones, y ella, su batín. En la mesita auxiliar situada entre ellos descansaba una bandeja con té, pan, mantequilla y queso.

Podría acostumbrarse a eso, pensó ella… a ese agradable compañerismo después de la extenuación y el placer de hacer el amor.

Podría acostumbrarse a él.

El año siguiente él tendría otra amante, y tal vez ella también lo tuviera, aunque no estaba segura de querer repetir la experiencia. La idea surgió en su cabeza sin premeditación alguna. Habría otra mujer sentada en su lugar, tal vez vestida con ese mismo batín. Y él también estaría allí, mirando a esa mujer con una expresión adormilada, en una postura relajada y con el pelo alborotado.

Frunció el ceño… y en ese momento sonrió.

– El rey no se ha olvidado de Ainsley Park -comentó-, ni de ti.

– ¡Por Dios! -Exclamó él con una mueca-. No se te habrá ocurrido recordárselo, ¿verdad?

– Se estaba quejando del palacio de Saint James, al que dice aborrecer con todas sus fuerzas, y preguntándose si Buckingham House podría convertirse en una residencia real mucho más imponente. Le sugerí la Torre de Londres y le mencioné que la había visitado hoy mismo con mi mejor amiga y contigo como acompañantes.

– Prinny como amo y señor de la Torre de Londres -murmuró él-. La idea en sí misma provoca sudores fríos. Seguramente reabriría la Puerta del Traidor y haría que todos sus enemigos desfilaran por ella de camino a las mazmorras.

– Inglaterra se quedaría vacía -añadió ella-. No quedaría nadie para llevar las riendas del gobierno, salvo el propio rey. El Parlamento sería pasto de murciélagos y fantasmas. Y la Torre de Londres estaría llena a rebosar.

Los dos se echaron a reír al pensarlo y Hannah, que ya había dado buena cuenta de su pan con mantequilla, su queso y su té, cruzó los brazos introduciendo las manos en las mangas del batín. Ninguno de los sueños ni de los planes que había trazado durante el invierno incluía alegres bromas y carcajadas por un tema que se podría considerar como traición a la Corona.

Constantine estaba guapísimo cuando se reía, más aún con esa expresión soñolienta.

– ¿Y cómo pasasteis de hablar de la Torre de Londres a hacerlo de Ainsley Park? -preguntó.

– Cuando mencioné tu nombre, el rey frunció el ceño y puso cara pensativa -contestó- y después pareció recordar quién eras. Una pena, me dijo, que no hubieras podido convertirte en conde de Merton, aunque afirmó tenerle muchísimo afecto al conde actual. Me dijo que tenía algo importante que recordar sobre ti. De hecho, estuvo haciendo memoria hasta que mencionó el nombre de Ainsley Park sin necesidad de que se lo recordara, estaba encantadísimo consigo mismo, como si acabara de encontrar una ciruela en el pudin de Navidad. Un hombre maravilloso, declaró… y se refería a ti, Constantine. Que sepas que tiene intención de ofrecerte su ayuda en tus proyectos benéficos y de honrarte en persona como considere más adecuado.

Constantine meneó la cabeza.

– ¿Estaba borracho?

– No hasta el punto de ponerse en ridículo -contestó Hannah-. Pero sí bebió una cantidad alarmante delante de mis ojos. Y estoy segura de que bebió lo mismo, puede que más, mientras no lo miraba.

– En ese caso solo cabe esperar que se le olvide… de nuevo.

– Justo estaba acabando de decir la última frase cuando se le iluminó la mirada al ver a una mujer regordeta con un vestido pasado de moda y salió corriendo. Me olvidó por completo. Me abandonó. Era como si yo no existiera. Qué humillante, Constantine.

– El rey siempre ha tenido un gusto un poco excéntrico en cuestión de mujeres -replicó él-, por decirlo delicadamente. «Peculiares» sería un calificativo menos delicado. «Extraños» sería la verdad. ¿Todo el mundo obvió tu existencia?

– Claro que no -contestó-. Soy la duquesa de Dunbarton.

– Así me gusta, duquesa -dijo él, y esos ojos oscurísimos la miraron con una sonrisa.

Fue muy desconcertante y abrumador. Porque el resto de su cara no sonrió. Sin embargo, no tenía la sensación de que se estuviera burlando de ella. Tenía la sensación de que estaba bromeando… de que le agradaba estar con ella. ¿Le gustaba a Constantine?

¿Y él le gustaba a ella? ¿Gustarle, en el sentido contrario a desearlo?

– Si hubieras robado todas las joyas de la Corona esta tarde y se las hubieras dado a Babs, en vez de comprarle un helado en Gunter's -comentó-, no le habría hecho ni la mitad de ilusión.

– Estaba ilusionada, ¿verdad? -Replicó Constantine-. ¿Has conocido a su vicario? ¿Se la merece?

– Entre otras virtudes menores -respondió Hannah-, tiene una sonrisa especial que reserva para ella. Una que le llega justo al corazón.

Se miraron por encima de la mesa.

– ¿Crees en el amor? -preguntó-. Me refiero a esa clase de amor.

– Sí -contestó él-. En otro tiempo habría dicho que no. Es fácil ser un cínico, la vida nos ofrece demasiadas evidencias de que no se puede ser otra cosa y seguir siendo honesto. Pero tengo cuatro primos, primos segundos, que crecieron en el campo prácticamente en la pobreza, y que irrumpieron en la escena social después de la muerte de Jon. Unos palurdos, ni más ni menos, que esperaba que fueran maleducados, ridículos y vulgares. Los odié incluso antes de verlos, sobre todo al flamante Merton. Al final resultó que no eran nada de eso, y uno a uno contrajeron matrimonios que deberían haber sido un desastre. Sin embargo, todas las pruebas apuntan a que mis primos han convertido sus respectivos matrimonios en uniones por amor. Todos ellos. Es innegable y extraordinario.

– ¿Incluso la prima que se casó con el duque de Moreland? -preguntó.

– Sí -respondió él-, incluso Vanessa. Y sí, creo en el amor.

– ¿Pero no para ti?

Constantine se encogió de hombros.

– ¿Hay que trabajar para encontrarlo y consolidarlo? -Preguntó a su vez-. Las experiencias de mis primos parecen sugerir que así es. No estoy seguro de estar preparado para hacer el esfuerzo necesario. ¿Cómo saber que no será en vano? Si el amor llega a mis brazos completamente formado, me alegraré muchísimo. Pero no me lamentaré si no aparece. Estoy contento con mi vida tal cual es.

No obstante, Hannah tuvo la impresión de que Constantine parecía melancólico mientras hablaba. Tenía, pensó con cierta tristeza, muchísimo amor en su interior que ofrecer a la mujer adecuada. Un amor que movería montañas o universos.

– ¿Y tú, duquesa? Quisiste a un hombre cuando eras muy joven y sufriste mucho por ello. Quisiste a Dunbarton, aunque no creo que se tratara de un amor romántico. ¿Crees en la clase de amor que la señorita Leavensworth ha encontrado?

– Creo que a los diecinueve años estaba enamorada del amor -respondió-. Sin embargo, no me dieron la oportunidad de descubrir cuan profundo, o superficial, habría sido dicho amor. Todas las cosas suceden por un motivo, o eso me enseñó el duque. Y yo estoy de acuerdo. Tal vez descubrir a Colin y a Dawn juntos fuera lo mejor que me pudo pasar.

Qué raro, pensó. Jamás había considerado esa idea antes. ¿Qué habría pasado si no hubiera descubierto la verdad hasta que fuera demasiado tarde? ¿Cómo habría sido su vida? ¿Y qué habría pasado si Colin no hubiera querido a Dawn? ¿Seguiría queriéndolo a esas alturas? ¿Estaría contenta a su lado? Era imposible saberlo. Sin embargo, se percató de que ya no sentía el dolor de su pérdida. Posiblemente lo hubiera superado hacía mucho tiempo. Lo único que sentía era el dolor de la traición y del rechazo. Ese aún perduraba.

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