Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:

Por fin la oveja negra de los Huxtable está a punto de encontrar una compañera a la altura de las circunstancias… una mujer con una reputación aún más escandalosa.
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 81
Перейти на страницу:

La vida misma se había convertido en un secreto. Nadie estaba al tanto de la vida que llevaba detrás de las apariencias. Porque las apariencias lo eran todo para aquellos que la rodeaban. Era lo único que conocían. Sin embargo, en su caso lo importante era la realidad oculta tras la fachada.

Pero de repente esa crisálida se veía amenazada. Había elegido a un hombre solo por los placeres sensuales que podía ofrecerle y se había… ¿Qué palabra podía emplear para definir lo que Constantine era para ella? No se había enamorado de él, pero…

Bueno, de algún modo estaban involucrados de una forma íntima. Era su amante, sí. Sin embargo, un amante se podía descartar, olvidar, sustituir. Se podía mantener a una distancia segura del corazón. Los amantes eran para el placer, para divertirse.

Constantine era más que su amante.

Desde el comienzo de ese año se había dicho que iba a entregarse al placer y que no iba a buscar el amor y la felicidad permanente. Se había dicho que despacharía a Constantine, que lo olvidaría en cuanto acabara la temporada social. Y lo haría, por supuesto. Porque no le quedaba más remedio, en realidad. Sabía muy bien que él buscaba una amante distinta cada año.

Pero…

Pero sus emociones habían acabado implicadas de alguna forma en lo que supuestamente iba a ser una experiencia solo física.

El capullo de serenidad que protegía a la crisálida, a su corazón, se había agitado.

El duque llevaba razón. Le había advertido de que algún día sucedería, de que los capullos solo servían para proteger la fragilidad de una nueva vida hasta que estaba lista para salir y florecer con todo su esplendor.

Debería habérselo pensado mejor antes de elegir a un hombre misterioso que la intrigaba.

Porque, evidentemente, su personalidad estaba oculta bajo un sinfín de capas. Una parte de dicha personalidad no era nada agradable. Como ejemplo bastaba el impertinente interrogatorio al que había sometido a Barbara en el baile de los Kitteridge. O ese ridículo orgullo que durante años había perpetuado de forma innecesaria una rencilla con su primo, que también era su mejor amigo. Pero otra parte… En fin, podría llegar a amar al hombre cuya compasión por los desafortunados era tan profunda que les había abierto su hogar, el corazón de su privacidad y de su paz. Y todo por la sencilla satisfacción de hacer lo correcto. En vez de buscar elogios, no le había hablado a nadie de su hogar ni de lo que estaba haciendo en él.

Salvo al rey, en un momento de embriaguez compartida.

Y en ese momento a ella, porque se lo debía.

¡Ay, qué cerca estaba de cometer un error absurdo del que se arrepentiría el resto de su vida! Porque Constantine Huxtable no era el hombre adecuado para algo permanente. De repente, la ausencia del duque se convirtió en un enorme vacío. Ojalá pudiera volver a casa, burlarse de él, dejar que se burlara de ella, y colocar su mano sobre esa mano anciana y artrítica que tanta seguridad le ofrecía. Y pedirle consejo. O su opinión sobre lo que le estaba sucediendo.

Sin embargo, le había enseñado a ser autosuficiente, y hasta ese momento pensaba que había aprendido bien la lección. El duque no querría que dependiera siempre de él. Ni tampoco lo querría ella.

Se estaban mirando a los ojos en silencio, Constantine y ella, y ninguno de los dos sonreía ya.

– Podrían colgarnos por traición si nos oyeran hablar así -dijo.

– O acabar con la cabeza cortada -añadió él-. Por cierto, le dije a la señorita Leavensworth que hablaría contigo para organizar una visita a la Torre de Londres porque todavía no ha estado en ella. ¿Vendrás?

– Hace años que yo tampoco voy -respondió-. ¿Pasarás unos cuantos días en Copeland Manor si organizo una breve fiesta campestre?

– ¿Me estás invitando, duquesa? -Preguntó Constantine a su vez-. ¿No es una orden?

– Bueno, tú me has invitado a ir a la Torre, así que yo no voy a ser menos en cuanto a amabilidad.

– No estarás pensando en invitar a Moreland y a su esposa, ¿verdad?

– No -contestó y negó también con la cabeza-. Pero ¿no deberías hablar con él de todas formas algún día?

– ¿Hacer las paces y darnos la mano? -Replicó Huxtable-. Creo que no.

– De modo que seguirás viviendo con esa tristeza y solo por una simple cuestión de orgullo.

– ¿Me ves triste? -preguntó Constantine.

Abrió la boca para contestarle, pero volvió a cerrarla.

– Y tú, duquesa, ¿vas a volver a Markle quizá para la boda de la señorita Leavensworth y a hablar con tu padre, con tu hermana y con tu cuñado? ¿Seguirás alejada de ellos por una cuestión de orgullo?

– Son dos temas diferentes -respondió ella.

– ¿Ah, sí?

Durante un instante se miraron en silencio y con seriedad, o más bien con furia, y ninguno de los dos quiso ser el primero en apartar la mirada. Al final fue Constantine quien lo hizo.

– Y así seguirás viviendo con esa tristeza y solo por una simple cuestión de orgullo -susurró.

«Touchée», pensó Hannah.

Sin embargo, Constantine ignoraba la magnitud de lo que le estaba pidiendo.

– Quiero irme a casa, a Dunbarton House -dijo-. Es tarde. O temprano, según se mirara.

Constantine se puso en pie y se acercó a ella. Se apoyó en los brazos del sillón, se inclinó y la besó.

Fue un beso horrible por su ternura y su delicadeza.

Horrible porque todavía era de noche, porque había hecho el amor con él y había dormido a su lado, y porque se había sentado a hablar con él y a esas alturas no sabía dónde estaban sus defensas. Si pudiera encontrarlas, las armaría de nuevo y se envolvería con ellas para ponerse otra vez a salvo. Pero ¿a salvo de qué?, se preguntó.

Constantine levantó la cabeza y la miró a los ojos. Los suyos parecían muy oscuros y tenían una expresión velada.

– En ese caso será mejor que te vistas -dijo-. Mi cochero podría escandalizarse si te ve de esa guisa, aunque vayas tapada desde la barbilla hasta la punta de los pies.

– Constantine, si me viera obligada a salir así-replicó-, tu cochero solo vería a la duquesa. Créeme. La gente solo ve lo que yo quiero que vea.

– ¿Eso te lo enseñó Dunbarton?

– Sí, y fue un gran maestro -contestó Hannah.

– Creo que sí -reconoció Constantine-. Siempre que te he visto a lo largo de los años, he visto a la duquesa. Una duquesa bellísima y muy rica. Ahora es cuando empiezo a descubrir lo equivocado que estaba.

– ¿Eso es bueno? ¿O malo?

Constantine se enderezó.

– Todavía no lo he decidido -respondió-. Te veía como una rosa pero sin múltiples pétalos. Acabo de comprender que estaba equivocado. Tienes más capas que la rosa más exuberante. Pero todavía no he llegado al corazón de la rosa. Empiezo a creer que hay un corazón. De hecho, lo sé. Ve a vestirte, duquesa. Es hora de llevarte a casa.

Y por extraño que pareciese, dado que había sido ella quien lo dijera en primer lugar, se sintió rechazada. Como si él no quisiera que se quedara. Y se sintió conmovida. La veía como a una rosa y poco a poco, pétalo a pétalo, estaba descubriendo el camino a su corazón. Si ella se lo permitía. Pero… ¿cómo iba a impedírselo?

Once años de disciplina y de tesón corrían el peligro de desmoronarse apenas unas semanas después de haber tomado su camino en solitario en la vida.

No sucedería.

Porque Constantine no podía ser él. No podía ser ese hombre que el duque le había prometido que algún día encontraría. Cuando por fin encontrara a ese hombre, su corazón tendría que estar intacto. Tal vez no debiera haber tonteado con la sensualidad. Se puso en pie y se acercó a la puerta.

– ¿De la manita, como si fuera una niña? -Replicó con altivez-. He venido sola en tu carruaje. Volveré sola en él. Asegúrate de que esté en la puerta dentro de diez minutos.

1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 81
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)