La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Pero es así! -dijo Haley, moviendo la cabeza con decisión.
– Le daré treinta por él -dijo el forastero-, pero ni un centavo más.
– Ahora, le diré lo que voy a hacer -dijo Haley, escupiendo otra vez con renovada decisión-. Partiremos la diferencia y diremos cuarenta y cinco; es lo mejor que puedo ofrecerle.
– De acuerdo -dijo el hombre después de una pausa.
– ¡Hecho! -dijo Haley-. ¿Dónde va a desembarcar?
– En Louisville -dijo el hombre.
– ¿Louisville? -dijo Haley-. Muy bien, llegaremos al anochecer. Estará durmiendo el chiquillo… bien, bien… lo bajaremos tranquilamente, sin escándalos… viene muy bien… me gusta hacer las cosas tranquilamente… odio la agitación y los alborotos -así, después de la transferencia de algunos billetes de la cartera del hombre a la del tratante, volvió a su cigarro.
Era una tarde luminosa y tranquila cuando atracó el barco en el muelle de Louisville. La mujer estaba sentada con el niño durmiendo profundamente en sus brazos. Cuando oyó anunciar el nombre del lugar, dejó rápidamente al niño en un hueco con forma de cuna entre unas cajas, después de extender allí su capa; luego corrió a la borda del barco con la esperanza de ver a su marido entre los muchos camareros de hotel que llenaban el muelle. Con esta esperanza, se apretó contra la barandilla y, estirándose sobre ella, forzó la vista escudriñando las cabezas que se movían en la orilla, y la muchedumbre se interpuso entre ella y su hijo.
– Ésta es su oportunidad -dijo Haley, cogiendo el niño dormido y ofreciéndoselo al forastero-. No lo despierte usted, que se pondrá a llorar, y la muchacha armaría un gran escándalo -el hombre cogió cuidadosamente el fardo y se perdió entre la multitud que se alejaba por el muelle.
Cuando el barco se despegó crujiendo, gruñendo y resoplando del muelle y empezó a alejarse lentamente, la mujer regresó a su asiento. El tratante estaba sentado allí y ¡el niño no estaba!
– ¿Qué… cómo… dónde…? -preguntó aturdida.
– Lucy -dijo el tratante-, tu niño se ha ido; lo tendrás que saber tarde o temprano. Verás, yo sabía que no te lo podías llevar al sur, y he tenido la ocasión de venderlo a una familia de primera, que lo criará mejor de lo que tú podrías.
El tratante había llegado en los últimos tiempos al estado de perfeccionamiento cristiano, recomendado por algunos predicadores y políticos del norte, en el que se superan totalmente todas las debilidades y prejuicios humanos. Su corazón estaba en el lugar exacto donde podrían estar el tuyo, lector, y el mío, con el esfuerzo y la diligencia debidos. La mirada enloquecida de angustia y absoluta desesperación que le dirigió la mujer podría haber perturbado a una persona menos experimentada; pero él estaba acostumbrado. Había visto esa misma mirada cientos de veces. Tú también te podrías acostumbrar, amigo mío, y los últimos esfuerzos recientes tienen el gran objetivo de acostumbrar a ello a toda la comunidad del norte, por la gloria de la Unión. Así que el tratante sólo vio la angustia mortal de las oscuras facciones, los puños apretados y el aliento entrecortado como concomitantes de su oficio y sólo se preguntaba si iba a gritar y armar un escándalo en el barco, ya que, como otros defensores de nuestra peculiar institución, le gustaban muy poco las conmociones.
Pero la mujer no gritó. El disparo le había alcanzado demasiado de lleno el corazón para dejar lugar a lágrimas o gritos. Mareada, se sentó. Las manos yacían sin vida a los lados del cuerpo. Los ojos miraban directamente al frente, pero no veían nada. En los oídos consternados se entremezclaban todos los ruidos: el ronroneo del barco y los gruñidos de las máquinas; su pobre corazón destrozado no tenía ni gritos ni lágrimas para mostrar su total desesperación. Estaba muy tranquila.
El tratante que, teniendo en cuenta sus ventajas, era casi tan humanitario como algunos de nuestros políticos, parecía sentirse en la obligación de brindarle el consuelo adecuado a la ocasión.
– Sé que es bastante difícil al principio, Lucy -dijo-, pero no va a dejarse llevar una muchacha tan lista y sensata como tú. Verás, es necesario; no se puede evitar.
– ¡Ay, no, señor, no! -dijo la mujer, con la voz de una persona que se está ahogando.
– Eres una moza lista, Lucy -insistió-; yo te trataré bien y te conseguiré un buen puesto río abajo; y pronto tendrás otro marido, una chica tan guapa como tú…
– ¡Ay, señor, no me hable usted ahora! -dijo la mujer con una voz tan llena de angustia vital que el tratante tuvo la impresión de que había algo en la situación que iba más allá de su estilo de actuar. Él se levantó y la mujer se volvió y hundió la cara en su capa.
El tratante paseó de un lado para otro durante un rato, deteniéndose de vez en cuando para mirarla.
«Lo está tomando bastante mal», monologó, «aunque está tranquila. Que sude un poco; lo superará dentro de un rato». Tom había observado toda la transacción de principio a fin y comprendía perfectamente los resultados. Le pareció una cosa indeciblemente terrible y cruel porque, pobre negro ignorante que era, no había aprendido a generalizar y tener visiones globales de las cosas. Si lo hubieran instruido ciertos ministros del cristianismo, quizás lo hubiera visto de otra manera, como un incidente cotidiano del comercio legítimo, un comercio que es el pilar vital de una institución que, nos dice un clérigo norteamericano, «no tiene más maldad que la inherente a cualquier relación humana de la vida social y doméstica» [19]. Pero siendo Tom, como vemos, un pobre tipo ignorante cuyas lecturas se limitaban al Nuevo Testamento, no sabía consolarse y resignarse con ese tipo de opiniones. Su alma sangraba por lo que le parecían las injusticias hacia la pobre criatura doliente que yacía como un junco aplastado sobre las cajas: ese objeto vivo, sangrante, sensible e inmortal que pertenece, según las leyes de los Estados Unidos, a la misma categoría que los fardos, los baúles y las cajas entre los que estaba echada.
Tom se acercó e intentó decir algo; pero ella sólo gimió. Con las lágrimas cayéndole por las mejillas, le habló sinceramente de un corazón amante en el cielo, de Jesús misericordioso y del hogar eterno, pero el oído de ella estaba sordo y su corazón paralizado por la angustia.
Cayó la noche, una noche tranquila, impasible y gloriosa, que brillaba con innumerables ojitos solemnes de ángel, que parpadeaban, bellos, en silencio. No llegaban discursos ni palabras, ninguna voz compasiva, ninguna mano amiga, desde ese cielo remoto. Una tras otra se fueron apagando las voces de los negocios y del placer; todos dormían en el barco, y se oían claramente las olas contra la proa. Tom se extendió sobre una caja y, tumbado allí, oyó una y otra vez, un sollozo o un lamento de la criatura doliente: «¡Ay de mí! ¿Qué voy a hacer? ¡Ay, Señor, buen Señor, ayúdame!», y así sucesivamente, una y otra vez hasta que se apagó el murmullo y se hizo el silencio.
En mitad de la noche se despertó Tom sobresaltado. Algo negro pasó rápidamente por su lado hasta la borda del barco y oyó caer algo al agua. Nadie más oyó ni vio nada. Levantó la cabeza… ¡el lugar de la mujer estaba vacío! Se levantó y buscó alrededor sin éxito. El pobre corazón sangrante descansaba por fin y el río ondulaba y helaba inocentemente como si no se hubiese tragado nada.
¡Paciencia, paciencia!, todos vosotros que tenéis el corazón hinchado de indignación por injusticias como ésta. El Hombre de los Dolores, el Señor de la Gloria no olvidará ni un latido de angustia ni una lágrima de los oprimidos. Lleva en su corazón paciente y generoso toda la angustia del mundo. Aguanta en silencio, como él, y esfuérzate con amor, porque tan seguro como que es Dios, «llegará el día de sus redimidos».
[19] En la primera edición, Stowe identificaba como autor de estas palabras al Dr. Joel Parker de Filadelfia, amigo de la familia Beecher. Parker se sintió molesto por la cita fuera de contexto, iniciándose una disputa epistolar en algunas revistas que destapó celos y rivalidades políticas entre los dos. Para una descripción detallada del hecho, consúltese Hedrick, 225-230 y Filler, 252.