La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
—Querrías una, ¿no? O dos. Apuesto a que te gustan incluso desde aquí.
Mesrop guiñó un ojo y dijo: —A mí no me importaría tener un par.
Daría rió. —Si cualquiera de vosotros intentara meterse con ellas, pelearían como alrunas. Son sagradas y prohibidas: las Hijas de la Guerra. ¿Alguna vez has visto de cerca los animales que montan? Negué con la cabeza.
—Cargan con facilidad y no hay nada que los de— tenga, pero van siempre hacia el mismo lado: derecho a lo que los moleste, y una o dos cadenas más allá. Luego se paran y regresan.
Observé. Los arsinoites tienen dos cuernos grandes-cuernos no abiertos como los de los toros, sino divergentes como el pulgar y el índice de un hombre, bien abiertos. Como no tardé en ver, cargaban cabeza abajo, con los cuernos horizontales, y hacían exactamente lo que había dicho Daria. Los cherkajis se repusieron y volvieron a atacar con las lanzas y las espadas bifurcadas. Siguiendo la violenta arremetida, los arsinoites avanzaron pesadamente, gachas las cabezas grises y negras y las colas en punta, con las morenas doncellas de grandes pechos, en pie bajo los doseles, erguidas y aferradas a los postes. Por la forma en que se aguantaban era evidente que tenían muslos plenos como ubres de vacas lecheras y redondos como troncos.
La carga atravesó el torbellino de la lucha y se hundió —aunque no mucho— en los cuadros de los ascios. Los infantes atacaron los costados de las bestias, que parecían ser de asta cocida o cuir boli; intentaron montarse a las cabezas y salieron arrojados al aire; se afanaron por trepar a los flancos grises. Los cherkajis se precipitaron a rescatarlos, y la tropa onduló y perdió terreno y un cuadro.
Mirándolo desde esa distancia, recordé mis propias ideas de la batalla como juego de ajedrez, y sentí que en algún lugar otro había tenido las mismas ideas e inconscientemente había permitido que influyeran en sus planes.
—Son preciosas —siguió provocándome Daria—. Las eligen a los doce años y las alimentan con miel y aceites puros. He oído que tienen la carne tan tierna que si se echan en el suelo se magullan. Duermen sobre sacos de plumas que transportan para ellas. Si los sacos se pierden, tienen que acostarse en un barro que se les amolde a los cuerpos. Los eunucos que las cuidan lo mezclan con vino tibio, para que no pasen frío mientras duermen.
—Tendríamos que desmontar dijo Mesrop—. Para reservar los animales.
Pero yo quería mirar la batalla y me negué a bajar, aunque de todo nuestro bacele sólo Guasacht y yo permanecimos montados.
Los cherkajis habían sido rechazados otra vez, y ahora soportaban el bombardeo fulminante de una artillería oculta. Los peltastas se echaron al suelo y se cubrieron con los escudos. Nuevos cuadros de infantería ascia surgieron del bosque que había en la ladera norte del valle. Parecían no tener fin; sentí que habíamos tropezado con un enemigo inagotable.
La sensación se intensificó cuando los cherkajis atacaron por tercera vez. Un rayo alcanzó a un arsinoite, y el animal y la hermosa mujer que llevaba estallaron en despojos sangrientos. Ahora la infantería disparaba contra esas mujeres; una se encogió, y howdah y dosel se desvanecieron en una llamarada. Los cuadros de infantería avanzaban sobre cadáveres relucientes y destrieros muertos.
Con cada paso que da en la guerra, el vencedor pierde. El terreno que habían ganado los cuadros ascios nos dejaba abierto el flanco de la tropa principal, y para mi asombro se nos ordenó que montásemos; nos desplegamos en una línea y nos dirigimos contra él, primero al trote, luego al galope, y por fin, con todas las cornetas gritando como gargantas de bronce, en un embate desesperado que casi nos reventó la piel de las caras.
Si las armas de los cherkajis eran someras, las nuestras lo eran más todavía. Pero había en nuestra carga una magia más poderosa que los cánticos de nuestros salvajes aliados. El fuego de nuestras armas como una guadaña que Fustigué al pío con las riendas para que no lo adelantaran los tronantes cascos que oía detrás. Pero no pude evitarlo, y vi pasar a Daria como un tiro, la llama de la cabellera al viento, el contus en una mano y en la otra un sable, las mejillas más blancas que los espumantes flancos del destriero. Comprendí entonces cómo habían empezado las costumbres de los cherkajis e intenté cargar aún más rápido para que ella no muriese, aunque mis labios riesen entonces con la risa de Thecla.
Los destrieros no corren como las bestias comunes. Por un instante el fuego de la infantería ascia que estaba a media legua se alzó ante nosotros como un muro. Un momento después nos encontrábamos entre ellos; las patas de las monturas estaban ensangrentadas hasta las rodillas. El cuadro que parecía sólido como un bloque de piedra se había convertido en una muchedumbre de soldados frenéticos con grandes escudos y cabezas rapadas, soldados que en su afán de matarnos más de una vez se mataban entre ellos. En el mejor de los casos el combate es una estupidez; pero permite aprender ciertas cosas, la primera de las cuales es que el número importa sólo con el tiempo. La lucha inmediata es siempre de un individuo contra otro o contra dos. En esto los destrieros nos daban ventaja —no sólo por la altura y el peso sino porque mordían y atacaban con las patas delanteras, y los golpes de los cascos eran más poderosos que los de cualquier hombre, salvo Calveros, armado con una maza.
El fuego me atravesó el contus. Lo solté pero seguí matando, hundiendo la cimitarra a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda de nuevo, casi sin notar que el disparo me había abierto la pierna.
Creo que debo de haber derribado media docena de ascios antes de darme cuenta de que parecían todos iguales; no es que tuvieran la misma cara (como sucede con los hombres de ciertas unidades nuestras, que por cierto parecen hermanos), pero las di ferencias eran accidentales y triviales. Yo lo había observado en nuestros prisioneros cuando recuperamos el coche de acero, pero en realidad no me impresionó demasiado. Lo recordé en la locura de la batalla, pues era como parte de esa locura. Las figuras frenéticas eran hembras y machos: las mujeres tenían pechos pequeños pero oscilantes y medían media cabeza menos, pero no había otra distinción. Todas tenían ojos brillantes y violentos, el pelo cortado casi hasta el cráneo, rostros famélicos, bocas gritonas y dientes prominentes.
Nos libramos de la lucha como habían hecho los cherkajis; habíamos mellado los cuadros pero sin romperlos. Mientras nuestras monturas tomaban aliento volvieron a formarse, con los livianos y lustrosos escudos al frente. Un lancero rompió filas y corrió hacia nosotros agitando el arma. Al principio pensé que era un simple alarde; después, cuando se fue acercando (pues un hombre normal corre mucho menos rápido que un destriero), que deseaba rendirse. Por fin, cuando casi había alcanzado nuestras líneas, disparó y un coracero lo abatió de un tiro. En sus convulsiones arrojó la lanza ardiente al aire; recuerdo cómo se torció contra el azul profundo del cielo.
Guasacht se acercó al trote. —Estás sangrando mucho. ¿Podrás llegar a montar cuando ataquemos de nuevo?
Nunca me había sentido más fuerte y se lo dije. —De todos modos será mejor que te vendes esa pierna.
La carne chamuscada se había cuarteado, y sangraba. Daria, que estaba ilesa, hizo el nudo.
La carga para la que me había preparado no tuvo lugar. Muy de improviso (al menos por lo que me concernía) llegó la orden de dar la vuelta, y trotando subimos al noreste, a un campo abierto y ondulado susurrante de pastos toscos.
Al parecer los salvajes se habían desvanecido. En su lugar apareció una nueva fuerza, sobre el flanco que ahora era nuestro frente. Primero creí que era caballería montada en centauros, criaturas que yo había visto dibujadas en el libro marrón. Veía las cabezas y hombros de los jinetes por encima de las cabezas humanas de las monturas, y unos y otros parecían llevar armas. Cuando se acercaron, comprendí que no era nada tan romántico: meros hombres pequeños —enanos, en realidad— a hombros de otros muy altos.