La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #4
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7144-0
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:
Si lo eran, los infantes que se movían entre ellos parecían algo todavía inferior: morenos, encorvados e hirsutos. Sólo alcancé a verlos por entre los árboles rotos, pero pienso que a veces andaban en cuatro patas. De tanto en tanto alguno parecía aferrarse al estribo de un jinete, como me había aferrado yo al de Jonas cuando montaba el perigallo; y cada vez que pasaba eso, el jinete le golpeaba la mano con la culata del arma.
A nuestra izquierda, por terreno más bajo, corría un camino; y por él, y a ambos bordes, se movía una fuerza mucho más numerosa que la suma de nuestra columna y los jinetes salvajes: batallones de peltastas con lanzas deslumbrantes y grandes escudos transparentes; hobileros en monturas que corveteaban, con arcos y aljabas terciados a la espalda; cherkajis ligeramente armados cuyas formaciones eran mares de plumas y banderas.
Yo nada podía saber del valor de esos soldados extraños que de pronto eran mis camaradas, pero asumí inconscientemente que no sería mayor que el mío, y la verdad es que parecían una floja defensa contra los puntos móviles del otro extremo. El fuego que soportábamos recrudeció, y hasta donde yo veía, ninguno caía sobre el enemigo.
Apenas unas semanas antes (aunque ahora pare— cía por lo menos un año), la idea de que me dispararan con un arma como la que había usado Vodalus en la necrópolis, la brumosa noche en que empecé a narrar estar historia, me hubiera aterrorizado. Al lado de las descargas que nos caían alrededor, aquel simple haz parecía tan infantil como las bolitas brillantes que disparaba el arco del atamán.
Yo no tenía idea del tipo de dispositivo que proyectaba esas descargas, ni de si eran energía pura o alguna clase de misil; pero aterrizaban entre nosotros con una explosión que se alargaba en algo así como una vara. Y aunque era imposible verlas hasta que golpeaban, llegaban silbando, y por esa nota silbada, que apenas duraba un parpadeo, no tardé en aprender cuán cerca caerían y qué poder tendría la detonación. Si el tono era invariable, de modo que sonaba como la nota de un corifeo en el diapasón, la descarga daba a cierta distancia. Pero si subía con rapidez, como si la nota que podía dar un hombre se transformara en una de mujer, el impacto era cercano; y aunque de las monótonas descargas sólo eran peligrosas las más agudas, cada una de las que subía hasta el grito se llevaba al menos uno de los nuestros y a menudo varios.
Parecía una locura avanzar al trote. Tendríamos que habernos dispersado, o desmontar y refugiarnos entre los árboles; y creo que si alguno lo hubiese hecho, el resto lo habría seguido. A cada descarga que caía yo estaba a punto de ser ese hombre. Pero una y otra vez, como si tuviera la mente encadenada en un pequeño círculo, el recuerdo del miedo que había mostrado antes me ayudaba a mantenerme en mi puesto. Que corrieran los demás y yo correría con ellos; pero no sería el primero.
Inevitablemente, una descarga cayó junto a nuestra columna. Seis coraceros se partieron como si ellos mismos hubieran contenido pequeñas bombas, la cabeza del primero con un chorro escarlata, el cuello y los hombros del segundo, el pecho del tercero, los vientres del cuarto y el quinto y la ingle (o acaso la silla y la grupa de su destriero) del sexto, antes de que el rayo diera en el suelo levantando un geyser de polvo y piedras. Los hombres y animales que iban al costado, también murieron, demolidos por la fuerza de la explosión y bombardeados por los miembros y armaduras de los otros.
Lo peor de todo era mantener el pío al trote, y a menudo al paso; ya que no podía huir, yo quería echarme adelante, que empezara la batalla, morir si en verdad iba a morir. Ese golpe me dio cierta oportunidad de aliviar mis sentimientos. Haciéndole a Daría señas de que me siguiera, apuré al pío para sortear el grupo de sobrevivientes que avanzaba entre nosotros y el último coracero muerto, y entré en el hueco de la columna que habían dejado las bajas. Mesrop ya estaba allí, y me sonrió.
—Buena idea. Hay posibilidades de que por un rato aquí no caiga otro.
Me abstuve de desengañarlo.
Durante un tiempo, de todos modos, pareció que tenía razón. Después de haber acertado, los artilleros enemigos desviaron el fuego hacia los salvajes de nuestra derecha. Alcanzada por las descargas, la tambaleante infantería lanzó aullidos y parloteos, pero los jinetes reaccionaron, eso parecía, invocando una protección mágica. A menudo los cánticos sonaban con tal claridad que yo oía las palabras, aunque eran de un idioma desconocido para mí. En un momento uno se puso realmente en pie sobre la silla, como un artista en una exhibición, con una mano alzada al sol y la otra extendida hacia los ascios. Cada jinete parecía disponer de un conjuro personal; y era fácil comprender, viéndolos menguar bajo el bombardeo, cómo las mentes primitivas llegan a creer en esos hechizos, pues los supervivientes no podían dejar de pensar que los había salvado la taumaturgia, y el resto no podía lamentar haber fracasado.
Aunque avanzábamos sobre todo al trote, no fuimos los primeros en trabarnos con el enemigo. En el terreno de abajo, los cherkajis habían cruzado raudamente el valle, estrellándose contra un cuadro de infantes como una ola de fuego.
Yo había supuesto vagamente que el enemigo contaría con armas muy superiores a todo lo que tuviéramos los contad-pistolas y fusiles, quizá, como las de los hombres- bestia— y que cien combatientes armados destruirían fácilmente a la caballería más nutrida. No pasó nada parecido. Varias filas del cuadro cedieron, yyo estaba bastante cerca como para oír los gritos de guerra de los jinetes, lejanos pero distintos, yver la desbandada de los soldados de a pie. Algunos arrojaban a un lado unos escudos inmensos, más grandes aún que los escudos vítreos de los peltastas, aunque brillaban con un lustre metálico. Sus armas ofensivas parecían ser unos venablos de cabeza sesgada y no más de tres codos de largo; las hojas de fuego eran penetrantes pero de alcance corto.
Un segundo cuadro de infantería surgió detrás del primero, y luego otro y otro, cada vez más al fondo del valle.
Justo cuando pensé que íbamos a cargar en ayuda de los cherkajis, nos dieron la orden de alto. Mirando a la derecha, vi que los salvajes ya se habían detenido un poco más atrás, y estaban desplegando las peludas criaturas que los acompañaban hacia el lado más alejado de nosotros.
Guasachtgritó:—¡Cerrando filas! ¡Tranquilos, muchachos!
Miré a Daría, que me devolvió una mirada igualmente perpleja. Mesrop agitó un brazo apuntando al extremo oriental del valle.
—Tenemos que cuidar el flanco. Si no viene nadie, hoy deberíamos pasarlo bastante bien.
—Salvo los que ya murieron —dije. El bombardeo, que había ido decreciendo, ahora parecía haber cesado. El silencio nos envolvía por completo, casi más intimidante que el ulular de las descargas.
—Supongo. —Se encogió de hombros, anunciando con elocuencia que habíamos perdido unas docenas de una fuerza de centenares.
Los cherkajis se habían retirado, cubriéndose tras una pantalla de hobileros que lanzaron una lluvia de flechas contra la primera línea enemiga. Pareció que la mayoría rebotaba en los escudos, pero unas pocas debieron hundir las puntas en el metal, que empezó a arder con llamas no menos brillantes y un sinuoso humo blanco.
Cuando amainaron las flechas, los primeros cuadros volvieron a avanzar en espasmos mecánicos. Los cherkajis habían seguido retrocediendo y ahora estaban a la retaguardia de la línea de peltastas, muy poco por delante de nosotros. Les vi claramente los rostros oscuros. Todos eran hombres y con barba; pero en medio tenían algo así como una docena de mujeres enjoyadas que iban en howdahs de oro a lomos de acorazados arsinoites.
Eran mujeres de ojos oscuros y tez morena, como los hombres, pero sus figuras lujuriosas y sus miradas lánguidas me hicieron pensar en Jolenta. Se las señalé a Daría y le pregunté si sabía qué armas llevaban, porque yo no les veía ninguna.