En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
Los primeros jinetes de su séquito llegaban justo entonces al patio, mientras él bajaba de su caballo, que estaba contento de poder estar por fin a la sombra. Entró en la casa dejándose caer entre lacayos adormilados como una piedra en un estanque cristalino, provocando una sucesión de círculos de consternación y pánico que se abrían rápidamente. Dijo: —Decidle a la princesa que estoy aquí.
La Dama Ópalo del Antiguo Reino de Ilien, actualmente a cargo de las damas de compañía de la princesa, apareció rápidamente, lo saludó con cortesía, le ofreció refrescarse, se comportó casi como si su visita no la sorprendiera lo más mínimo. Esta afabilidad lo apaciguó por un lado y lo irritó un poco por otro. ¡Interminable hipocresía! Pero ¿qué iba a hacer la Dama Ópalo, que lo miraba boquiabierta como un pez colgado (al igual que una de las damas de compañía de la princesa) si el Rey había venido inesperadamente a ver a la princesa?
—Siento tanto que la señora Tenar no esté aquí en este momento —dijo—. Es mucho más fácil conversar con la princesa con su ayuda. Pero la princesa está haciendo admirables progresos con la lengua.
Lebannen se había olvidado del problema del idioma. Aceptó la bebida fría que le ofrecieron y no dijo nada. La Dama Ópalo entabló una conversación trivial con la ayuda de otras damas, entendiendo muy poco de lo que decía el Rey. Este había comenzado a darse cuenta de que probablemente se esperaría que le hablara a la princesa en compañía de todas sus damas, lo cual era realmente lo apropiado. Fuera lo que fuese que tuviera intención de decirle, ahora se había vuelto imposible decírselo. Estaba a punto de ponerse de pie y disculparse, cuando una mujer cuya cabeza y hombros estaban ocultos tras un velo rojo circular apareció por la puerta del salón, cayó de golpe de rodillas, y dijo:
—¿Por favor? ¿Rey? ¿Princesa? ¿Por favor?
—La princesa os recibirá en sus aposentos, Majestad —interpretó la Dama Ópalo. Le hizo señas a un lacayo, quien escoltó al Rey escaleras arriba, a lo largo de un vestíbulo, a través de una antesala, a través de una gran habitación oscura que parecía estar totalmente atiborrada de mujeres con velos rojos, hasta que finalmente salieron a una terraza que daba al río. Allí estaba la figura que él recordaba: el inmóvil cilindro rojo y dorado.
La brisa del agua hacía temblar y rielar los velos, de modo que la figura no parecía sólida sino delicada, oscilante, temblorosa, como el follaje del sauce. Era como si se encogiera, se achicara. Le estaba haciendo una reverencia. El se inclinó ante ella. Ambos se irguieron y permanecieron en silencio.
—Princesa —dijo Lebannen, con un sentimiento de irrealidad, escuchando su propia voz—, estoy aquí para pedirte que vengas con nosotros a Roke.
La princesa no respondió. Lebannen vio los sutiles velos rojos abriéndose en un óvalo mientras ella los apartaba con sus manos. Unas manos de dedos largos y piel dorada se separaron para revelar su rostro en la sombra roja. No podía ver sus facciones con claridad. Era casi tan alta como él y sus ojos lo miraban fijamente.
—Mi amiga Tenar —dijo—, dice para ver Rey con Rey, rostro con rostro. Yo digo sí, lo haré.
Entendiendo a medias, Lebannen volvió a hacer una reverencia. —Me honras, estimada dama.
—Sí —dijo ella—. Te honro.
Él dudo. Aquél era un terreno completamente diferente. El de ella.
La princesa estaba allí de pie, erguida e inmóvil, los ribetes dorados de su velo temblaban, sus ojos lo miraban desde la sombra.
—Tenar, y Tehanu, y Orm Irian, coinciden en que convendría que la Princesa de las Tierras de Kargad estuviera con nosotros en la Isla de Roke. De modo que yo te pido que vengas con nosotros.
—Que venga.
—A la Isla de Roke.
—En barco —dijo ella, y de repente dejó escapar un pequeño sonido quejumbroso. Luego agregó—: Lo haré. Sí, que venga.
Él no sabía qué decir. Dijo: —Gracias, estimada dama.
Ella inclinó una vez la cabeza, de igual a igual.
Él hizo una reverencia. La dejó como le habían enseñado a retirarse en presencia de su padre el príncipe en ocasiones formales en la corte de Enlad, no dándole la espalda sino caminando hacia atrás.
Ella se quedó de pie frente a él, sosteniendo aún su velo abierto hasta que él llegó hasta la puerta. Luego dejó caer sus manos, y los velos se cerraron, y él la oyó jadear y espirar con fuerza, como si se sintiera liberada de un acto de voluntad que había sido sostenido incluso más allá de su propia resistencia.
Valiente, la había llamado Tenar. Él no llegaba a comprenderlo, pero sabía que había estado en presencia del coraje. Toda la furia que lo había invadido antes, que lo había llevado hasta allí, había desaparecido, se había esfumado. No se había sentido aspirado hacia allí ni asfixiado, sino que había aparecido de repente frente a una roca, en un lugar alto en el aire despejado, frente a una verdad.
Salió atravesando el salón lleno de mujeres con velos, perfumadas y murmurando, mujeres que se encogían ante él y se retiraban a la oscuridad. Escaleras abajo, conversó un poco con la Dama Ópalo y con las demás, y le dijo unas palabras amables a una pequeña dama de compañía, de unos doce años, que la dejaron boquiabierta. Habló distendido con los hombres de su séquito que lo esperaban en el patio. Montó pausadamente su alto caballo gris. Cabalgó silenciosa y pensativamente de regreso al Palacio de Maharion.
Aliso escuchó con fantástica aprobación que iba a navegar una vez más hasta Roke. Cuando estaba despierto, su vida se había convertido en algo tan extraño para él, más de ensueño que sus sueños, que tenía pocos deseos de cuestionar o protestar. Si su destino era navegar de isla en isla el resto de su vida, que así fuera; sabía que ahora no habría nada que se pareciera a regresar a casa. Por lo menos estaría en compañía de las damas Tenar y Tehanu, en presencia de las cuales se sentía muy tranquilo. Y el mago Ónix también había sido muy amable con él.
Aliso era un hombre tímido y Ónix uno muy reservado, y había que acortar la distancia que causaba toda la diferencia de conocimientos y estatus que había entre ellos; pero Ónix había acudido a él varias veces simplemente para hablar de un hombre de arte a otro, mostrando un respeto por las opiniones de Aliso que desconcertaban a su modestia. Pero Aliso no pudo negar su confianza; y así, cuando se acercaba la hora de partir, le hizo a Ónix la pregunta que le había estado preocupando.
—Es respecto al gatito —dijo con vergüenza—. No me siento bien llevándolo con nosotros. Tenerlo encerrado durante tanto tiempo. Es algo antinatural para una criatura tan joven. Y pienso, qué será de él…
Ónix no le preguntó a qué se refería. Simplemente preguntó: —¿Todavía te ayuda a mantenerte alejado del muro de piedras?
—Bueno, muchas veces sí.
Ónix dijo: —Necesitas algo de protección hasta que lleguemos a Roke. He estado pensando… ¿Has hablado aquí con el mago Seppel?
—El hombre de Paln —dijo Aliso, con un ligero malestar en su voz.
Paln, la isla más grande al oeste de Havnor, tenía la reputación de ser un lugar extraño. La gente de allí hablaba hárdico con un acento muy peculiar, utilizando muchas palabras propias. Sus señores, en tiempos remotos, les habían negado lealtad a los reyes de Enlad y de Havnor. Sus hechiceros no iban a Roke para entrenarse en su arte. El Saber Popular de Paln, que se basaba mucho en los Antiguos Poderes de la Tierra, era generalmente considerado peligroso si no siniestro. Hacía mucho tiempo, el Mago Gris de Paln había llevado la desgracia a su isla por invocar a las almas de los muertos para que les dieran consejos a él y a sus señores, y esa historia era parte de la educación de cualquier hechicero: «Los vivos no deben tomar consejos de los muertos». Había habido más de un duelo de hechicería entre un hombre de Roke y un hombre de Paln; en uno de esos combates de hacía dos siglos, había sido depositada sobre la gente de Paln y Semel una peste que había dejado desoladas a la mitad de las ciudades y de las tierras de labranza. Y quince años atrás, cuando el mago Cob había empleado el Saber Popular de Paln para pasar de la vida a la muerte, el Archimago Gavilán había utilizado todo su poder para destruirlo y enmendar el mal que aquél había causado.