En el otro viento [The Other Wind - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #6
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7473-3
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «En el otro viento [The Other Wind - es]». Краткое содержание книги:
Desesperado, Aliso acude al antiguo Archimago Gavilán, quien le indica que parta a Havnor en busca de Tenar, Tehanu y el joven Rey Lebannen. Todos juntos e Irian, el dragón de ojos color ámbar capaz de transformarse en una mujer, viajarán al Bosquecillo Inmanente, en Roke, pues la incursión de los muertos no es el único peligro que amenaza Terramar: los dragones han regresado y, después de siglos de paz, reclaman lo que creen les pertenece…
La célebre saga iniciada con Un Mago de Terramar continúa en esta conmovedora historia de poderosa belleza repleta de magia, amor y fantasía.
Las piedras con ojos se quedaron allí sentadas durante un largo minuto, todas con la mirada fija, sin pronunciar ninguna ni una sola palabra. Luego, el Príncipe Sege dijo:
—Id, mi señor Rey, id con nuestra esperanza y nuestra confianza, y con el viento de magia en vuestras velas. —Hubo un leve murmullo de consentimiento de parte de los concejales: Sí, sí, oídlo.
Sege preguntó si había más preguntas para debatir; nadie dijo nada. Cerró la sesión.
Cuando dejaba la sala del trono con él, Lebannen dijo: —Gracias, Sege.
Y el viejo Príncipe le respondió: —Entre tú y el dragón, Lebannen, ¿qué podrían decir las pobres almas?
CAPITULO IV
Delfín
Hubo que resolver muchos asuntos y hacer numerosos preparativos antes de que el Rey pudiera alejarse de su capital; también estaba la cuestión de quién debía ir con él a Roke. Irian y Tehanu, por supuesto, y Tehanu quería que su madre fuera con ella también. Ónix decía que Aliso debía ir sin duda con ellos, y también el mago de Paln, Seppel, puesto que el Saber Popular de Paln tenía mucho que ver con esos asuntos de cruces entre la vida y la muerte. El Rey eligió a Tosía para que fuera el capitán del Delfín, como lo había hecho ya otras veces. El Príncipe Sege se ocuparía de los asuntos de Estado durante la ausencia del Rey, con un grupo previamente escogido de concejales, como también lo había hecho ya antes.
Así que ya estaba todo arreglado, o al menos eso pensaba Lebannen hasta que Tenar acudió a él dos días antes de que partieran y le dijo: —Hablarás de guerra y de paz con los dragones, y de temas incluso más allá de todo eso, dice Irian, temas que conciernen al equilibrio de todas las cosas en Terramar. La gente de las Tierras de Kargad debería escuchar estas discusiones y dar su opinión.
—Tú serás su representante.
—Yo no. Yo no soy un súbdito del Supremo Rey. La única persona aquí que puede representar a su gente es su hija.
Lebannen dio un paso hacia atrás alejándose de ella, se volvió un poco para no enfrentarla, y por fin dijo con una voz ahogada por el esfuerzo de hablar sin furia: —Tú sabes que ella no es la persona idónea para hacer semejante viaje.
—Yo no sé nada de eso.
—No tiene educación alguna.
—Es inteligente, hábil y valiente. Es consciente de lo que su rango le exige. No ha sido entrenada para gobernar, pero ¿qué puede aprender encerrada ahí en la Casa del Río con sus sirvientas y algunas cortesanas?
—¡Podría empezar por hablar nuestra lengua!
—Ya lo está haciendo. Yo le haré de intérprete cuando lo necesite.
Después de una breve pausa Lebannen habló cuidadosamente: —Entiendo tu preocupación por tu gente. Pensaré en lo que puede hacerse. Pero la princesa no tiene lugar en este viaje.
—Tehanu e Irían dicen ambas que debería venir con nosotros. El Maestro Ónix dice que, tal como Aliso de Taon, el hecho de que haya sido enviada aquí justo en este momento no puede ser casualidad.
Lebannen se alejó aún más. Su tono de voz seguía siendo severamente paciente y cortés: —No puedo permitirlo. Su ignorancia y su falta de experiencia la convertirían en una carga muy pesada. Y no puedo ponerla en peligro. Las relaciones con su padre…
—En su ignorancia, como tú dices, nos enseñó cómo responder a las preguntas de Ged. Eres tan irrespetuoso con ella como su padre. Hablas de ella como de una cosa sin sentido. —El rostro de Tenar estaba pálido de ira—. Si temes ponerla en peligro, pídele que sea ella quien lo decida.
Hubo silencio una vez más. Lebannen habló con la misma calma estoica, sin mirarla directamente a los ojos. —Si tú y Tehanu y Orm Irian creéis que esa mujer debería venir con nosotros a Roke y Ónix está de acuerdo con vosotras, yo acepto vuestro juicio, aunque creo que es un error. Por favor, dile que si desea venir, puede hacerlo.
—Eres tú quien debe decirle eso.
Se quedó en silencio. Después salió de la habitación sin pronunciar una palabra.
Pasó cerca de Tenar, y aunque no la miró pudo verla claramente. Se la veía vieja y preocupada, y le temblaban las manos. Sintió pena por ella, se avergonzaba de su grosería, y se sentía aliviado de que nadie más hubiera sido testigo de aquella escena; pero estos sentimientos eran simplemente chispas en la inmensa oscuridad de la furia que sentía por ella, por la princesa, por todos y todo lo que hablara de aquella obligación falsa, de aquel deber grotesco que se le imponía. Cuando salió de la habitación abrió de un tirón el cuello de su camisa como si éste estuviera ahogándolo.
Su mayordomo, un hombre lento y sereno llamado Bondadoso, no esperaba que regresase tan pronto ni que apareciese por aquella puerta y se sobresaltó, mirándolo fijamente y asustado. Lebannen le devolvió la mirada, agregó cierta frialdad y dijo: —Manda llamar a la Suprema Princesa para que se reúna conmigo aquí esta tarde.
—¿A la Suprema Princesa?
—¿Acaso hay más de una? ¿No sabes que la hija del Supremo Rey es nuestra invitada?
Asombrado, Bondadoso tartamudeó una disculpa, que Lebannen interrumpió:
—Yo mismo iré hasta la Casa del Río. —Y abandonó la habitación a grandes zancadas, seguido, entorpecido, y gradualmente controlado por los intentos del mayordomo para que redujera la velocidad, al menos lo suficiente como para que pudiera reunirse un séquito adecuado, para que pudieran traerse los caballos desde el establo, para que pudieran posponerse hasta la tarde las audiencias que pedían algunos solicitantes que esperaban en el Salón Largo, y cosas por el estilo. Todas sus obligaciones, todos sus deberes, todas las trampas y los obstáculos, los ritos y las hipocresías que lo hacían Rey tiraban de él, aspirándolo y empujándolo hacia abajo como arenas movedizas hasta sofocarlo.
Cuando le trajeron su caballo desde el jardín del establo, se subió a la silla de montar tan bruscamente que el caballo percibió su mal humor y dio unos pasos hacia atrás y se encabritó, obligando a los mozos de cuadra y a los encargados a echarse a su vez hacia atrás. Ver cómo un círculo se ampliaba a su alrededor le dio a Lebannen una violenta satisfacción. Enfiló con su caballo directamente hacia el pórtico sin esperar a que montaran sus caballos los hombres de su séquito. Los condujo a un trote constante a través de las calles de la ciudad, bastante por delante de todos ellos, consciente del dilema del joven oficial que se suponía tenía que precederlo diciendo: «¡Abrid camino para el Rey!», pero que había sido dejado atrás y ahora no se atrevía a colocarse por delante de él.
Se acercaba el mediodía; las calles y las plazas de la ciudad estaban calurosas y despejadas y casi desiertas. Al oír el sonido de los cascos de los caballos, la gente se apresuraba a salir a las puertas de pequeñas y oscuras tiendas para mirar y reconocer y saludar al Rey. Las mujeres sentadas en sus ventanas abanicándose y cotilleando unas con otras miraban hacia abajo y saludaban con la mano, y una de ellas le arrojó una flor. Los cascos de su caballo resonaban sobre los ladrillos de una amplia plaza bañada por el sol que estaba vacía excepto por un perro de cola enroscada que se ale-jaba trotando con tres patas, indiferente a la realeza. Desde esa plaza el Rey cogió un estrecho pasaje que llevaba hacia el camino pavimentado junto al Serrenen, y siguieron por allí, a la sombra de los sauces debajo de la antigua muralla de la ciudad, hasta llegar a la Casa del Río.
De alguna manera, el paseo le había cambiado el humor. El calor, el silencio y la belleza de la ciudad, el hecho de sentir la presencia de innumerables vidas detrás de las paredes y de los postigos, la sonrisa de la mujer que le había tirado una flor, la mezquina satisfacción que le había producido el mantenerse por delante de todos sus guardias y creadores de suntuosidad, y luego, finalmente, el aroma y la frescura del paseo junto al río y el patio en sombras de la casa en la que había pasado días y noches de paz y de placer, todo aquello lo alejaba un poco de su furia. Se sentía como separado de sí mismo, ya no poseído sino vaciado.