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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Stephanie asintió.

– Ha proporcionado una gran cantidad de información importante.

Una oleada de inquietud invadió a Malone.

– Henrik va a matarlo.

– Tienes que impedirlo.

– Eso es imposible.

– Cotton, aquí están ocurriendo más cosas. El Club de París planea algo espectacular. ¿Qué? No lo sabemos, al menos por ahora. Una mujer llamada Eliza Larocque dirige el grupo. Ella es el cerebro. Ashby forma parte de la rama administrativa. Hace lo que ella dice, pero nos ha mantenido informados. Ese club comprende a siete de las personas más ricas del mundo. Por supuesto, no estamos seguros de que todos los miembros sepan lo que Larocque se trae entre manos.

– ¿Y por qué no se lo dices?

– Porque se ha tomado la decisión de acabar con todos a la vez. Están envueltos en casos de corrupción, sobornos, extorsiones y gran cantidad de fraudes económicos y bursátiles. Han alterado cambios de divisas y podrían ser responsables del debilitamiento del dólar. Atrapándolos a todos de una tacada les enviaremos un claro mensaje.

Malone conocía el procedimiento.

– Ellos van a la cárcel y Ashby queda en libertad.

– Es el precio que hay que pagar. No habríamos sabido nada de esto sin él.

Malone se fijó de nuevo en uno de los tapices. Representaba a una joven, rodeada por un león y un unicornio, eligiendo un dulce de un plato mientras un periquito sostenía otro con la pata.

– ¿Tienes idea del caos que esto supone? -preguntó Malone.

– Ahora sí. Hace poco, los nuestros han averiguado que Thorvaldsen tiene a Ashby sometido a vigilancia. Incluso ha llenado la finca de micrófonos. Esto ha ocurrido porque seguramente Ashby ha bajado la guardia. Cree que todo va bien con nosotros y con Eliza Larocque. No tiene ni idea de que Thorvaldsen lo está vigilando. Pero el presidente quiere que Thorvaldsen desaparezca de escena.

– Henrik asesinó a dos hombres ayer por la noche. Uno de ellos estuvo implicado en la muerte de Cai.

– No puedo reprochárselo. Tampoco voy a interferir, excepto si Ashby corre peligro.

– ¿Qué planea el Club de París?

– Eso es lo único que Ashby no nos ha revelado todavía. Tan solo que ocurrirá y pronto, en cuestión de días. Supongo que es su manera de continuar siendo valioso.

– Entonces, ¿quiénes son los dos muertos del museo?

– Trabajan para Eliza Larocque. La otra mujer, la de la bata azul, los delató y reaccionaron exageradamente.

– Qué locos están los franceses.

– Esto no va bien.

– No es culpa mía.

– El Servicio Secreto ha vigilado este museo durante más de un mes -Stephanie dudó unos instantes-. Sin problemas.

– La chica de la bata azul lo empezó todo.

– Durante el vuelo me enteré de que Eliza Larocque ha estado investigando la página web de GreedWatch. Imagino que eso explica por qué esos dos seguían a tu hombre, Foddrell.

– ¿Dónde está Sam?

– Lo han apresado. Lo he visto por las cámaras de seguridad.

– ¿La policía?

Stephanie negó con la cabeza.

– La chica de la bata azul.

– Deberías haberle ayudado.

– Se las arreglará.

Malone conocía bien a Stephanie. Trabajaron juntos mucho tiempo. Él había sido uno de los doce abogados y agentes originales del Magellan Billet, contratado personalmente por ella. Así que su siguiente pregunta era sencilla:

– Lo sabes todo sobre ella, ¿no es cierto?

– No exactamente. No tenía ni idea de cuáles eran sus intenciones, pero me alegro mucho de que lo hiciera.

XXXII

La mujer condujo a Sam a la planta baja por la misma escalera que había utilizado para llegar hasta el último piso. Una vez allí, los dos descendieron hasta el frigidarium,donde los aguardaba Jimmy Foddrell. Juntos pasaron por un pasadizo abovedado bloqueado por una puerta de hierro que la mujer abrió con una llave.

A Sam le inquietaba un poco la pistola. Nunca le habían apuntado tan de cerca, de forma tan directa, y la amenaza de salir herido jamás había sido tan inmediata. Aun así, sentía que no corría peligro. Por el contrario, quizá estuviese en el buen camino.

Decidió seguirlo. Quería ser un agente de verdad.

“Entonces debes actuar como tal -se dijo a sí mismo-. Improvisa. Eso es lo que haría Malone”.

Foddrell volvió a cerrar la puerta. Las paredes de ladrillo y piedra medían quince metros. La luz se filtraba por unas ventanas situadas en lo alto, cerca del techo abovedado, y el lugar era gélido, con la apariencia y la atmósfera de una mazmorra. Se estaban realizando reformas, como anunciaba el andamio apoyado en una de las toscas paredes.

– Si quieres puedes irte -le dijo la mujer-. Pero necesito hablar contigo.

– ¿Quién eres?

– Meagan Morrison. La página GreedWatch es mía.

– ¿No es de él? -preguntó señalando a Foddrell.

Meagan negó con la cabeza.

– Toda mía.

– ¿Y qué hace él aquí?

La mujer pareció meditar qué y cuánto decir.

– Quería que vieras que no estoy loca. Me persiguen. Llevan semanas vigilándome. Michael trabaja conmigo en la página. Inventé el nombre de Foddrell y lo utilicé a él como señuelo.

– ¿Así que nos has traído a Malone y a mí hasta aquí? -preguntó al hombre al que Meagan había llamado Michael.

– La verdad es que ha sido bastante fácil.

En efecto, lo había sido.

– Trabajo aquí, en el museo -dijo la mujer-. Cuando me enviaste un correo diciendo que querías reunirte conmigo, me alegré. Los dos tipos que han sido tiroteados han estado siguiendo a Michael durante dos semanas. Si te lo hubiese dicho, no me habrías creído, así que te lo he demostrado. Cada día vienen hombres a vigilarme, pero creen que no me doy cuenta.

– Tengo gente que puede ayudarte.

Sus ojos brillaron de ira.

– No quiero gente. De hecho, probablemente sean los tuyos los que también me vigilan. FBI, Servicio Secreto. ¿Quién sabe? Yo quiero tratar contigo -Meagan hizo una pausa-. Tú y yo -el enojo despareció de su voz- estamos de acuerdo en todo.

Sam se sintió paralizado por su sinceridad, así como por la atractiva y herida mirada de su rostro, pero se vio obligado a decir:

– Ahí dentro ha habido un tiroteo. Uno de los vigilantes ha resultado herido de gravedad.

– Y lo lamento, pero esto no lo empecé yo.

– En realidad sí, cuando has gritado a esos dos tipos.

Meagan era menuda, de pecho abundante y cintura esbelta, y susceptible. Sus apasionados ojos azules centelleaban con un deleite casi diabólico; era dominante y segura de sí misma. En realidad era él quien estaba tenso; le sudaban las manos y evitaba a toda costa demostrar su ansiedad, así que adoptó una postura despreocupada y sopesó sus opciones.

– Sam -dijo Meagan con un tono más suave-. Necesito hablar contigo en privado. Esa gente ha estado siguiendo a Michael, no a mí. A los otros, los estadounidenses que me vigilan, los acabamos de evitar saliendo de aquí.

– ¿Son ellos los que han disparado a estos dos?

Meagan se encogió de hombros.

– ¿Quién si no?

– Quiero saber quién envió a los dos tipos a los que seguimos hasta aquí. ¿Para quién trabajan?

Ella lo miró con una expresión de descaro. Sam se sintió escrutado. Una parte de él sentía rechazo y la otra deseaba impresionar a Meagan.

– Ven conmigo y te lo enseñaré.

Malone escuchó las explicaciones de Stephanie sobre GreedWatch.

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