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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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La guerra es una fuerza progresiva que provoca de forma natural lo que de otro modo no habría ocurrido. El pensamiento libre y la innovación son solo dos de los numerosos aspectos positivos que genera la guerra. La guerra es una fuerza activa para la sociedad, una herramienta estabilizadora y fiable. La posibilidad de la guerra crea los cimientos más sólidos para la autoridad de cualquier gobernante, cuyo alcance aumenta en relación directa con la amenaza siempre creciente que supone el conflicto. Los individuos obedecerán voluntariamente mientras exista al menos la promesa de protección ante los invasores. Desaparecida la amenaza de la guerra, o rota la promesa de protección, toda autoridad termina. La guerra puede constatar la lealtad social de un pueblo como ninguna otra institución. La autoridad central simplemente no existiría sin la guerra y la medida en que cualquier gobernante pueda regir dependerá de la capacidad para librar la guerra. La agresión colectiva es una fuerza positiva que controla el disentimiento y fortalece la lealtad social. La guerra es el mejor método para canalizar la agresión colectiva. Una paz duradera no interesa si pretendemos mantener una autoridad central, como tampoco interesa una guerra constante e interminable. Lo mejor es la mera posibilidad de la guerra, puesto que la amenaza percibida proporciona una sensación de necesidad externa, sin la cual no puede existir ninguna autoridad central. La estabilidad perdurable puede surgir simplemente de la organización de cualquier sociedad para la guerra.

Era increíble que una mente de la antigüedad poseyera ideas tan modernas.

El temor a una amenaza externa es esencial para que cualquier autoridad central persevere. Tal amenaza debe resultar creíble y tener magnitud suficiente para instigar un terror absoluto, y debe afectar a la sociedad en su conjunto. Sin ese temor, la autoridad central podría desmoronarse. Una transición social de la guerra a la paz fracasará si un gobernante no llena el vacío sociológico y político creado por la ausencia de guerra. Deben hallarse sustitutos para canalizar la agresión colectiva, pero estos sustitutos deben ser a un tiempo realistas y convincentes.

Larocque dejó la traducción sobre la vitrina.

En la época de Pozzo di Borgo, a mediados del siglo xix, no existían sustitutos adecuados, por lo que se impuso la propia guerra, primero conflictos regionales y luego dos contiendas mundiales. En la actualidad era distinto. Se disponía de abundantes sustitutos. Demasiados, en realidad. ¿Había elegido el adecuado? Era difícil saberlo. Larocque volvió al sillón. Todavía debía averiguar algo más.

Tras la marcha de Thorvaldsen, Larocque había sacado el oráculo de su morral. Abrió con reverencia el libro e inspiró profundamente. De la lista de preguntas eligió: “¿El amigo más valioso será fiel o un traidor?’’. Sustituyó “amigo” por “Thorvaldsen” y luego formuló la pregunta en voz alta ante la hoguera.

Cerró los ojos y se concentró. A continuación cogió un bolígrafo y trazó líneas verticales en cinco hileras, contando cada serie y determinando la lista correcta de puntos.

Larocque consultó rápidamente la tabla y vio que la respuesta a su pregunta se encontraba en la página H. Allí el oráculo proclamaba: “El amigo será para ti un escudo contra el peligro”. Larocque cerró los ojos.

Había confiado en Graham Ashby, le había otorgado su confianza aun sabiendo poco de él, salvo que era un rico heredero y un cazatesoros consumado. Le había brindado una oportunidad única y le había proporcionado información que nadie másen el mundo conocía, pistas transmitidas en el seno de su familia desde los tiempos de Pozzo di Borgo. Todo ello podría conducir al tesoro perdido de Napoleón.

Di Borgo pasó las dos últimas décadas de su vida buscando sin éxito. Su fracaso acabó porvolverlo loco. Pero había dejado notas, unas notas que ella había entregado a Graham Ashby. ¿Había sido una estupidez? Larocque recordó lo que el oráculo acababa de predecir sobre Thorvaldsen. “El amigo será para ti un escudo contra el peligro”.

Quizá no.

XXX

París

Malone oyó disparos. ¿Cinco? ¿Seis? Luego el cristal se estrelló contra una superficie sólida. Recorrió tres salas que exhibían un milenio de historia francesa a través de elaboradas obras de arte, retablos coloristas, intrincada metalistería y tapices. Giró a la derecha y se acercó a otro pasillo de unos seis metros de longitud. El suelo era de madera noble y el techo artesonado. En la pared derecha, dos vitrinas iluminadas exponían enseres para la escritura e instrumentos de cobre, y entre ellas se abría una puerta que daba acceso a otra sala iluminada. En el muro opuesto vio un pasadizo abovedado de piedra y la balaustrada en la que la mujer había dado por primera vez la voz de alarma.

Vio a un hombre al otro extremo del pasadizo. Era el más fornido de los dos perseguidores.

Estaba de espaldas a Malone, pero cuando se dio media vuelta y vio a alguien que portaba una espada y un escudo, apuntó con su pistola y disparó.

Malone se echó al suelo protegiéndose con el escudo. La bala hizo una muesca en el metal justo cuando Malone soltaba el escudo e impactaba contra el suelo. El escudo cayó provocando un gran estrépito. Malone rodó hasta la siguiente sala y se levantó rápidamente.

Unos sonoros pasos se dirigían hacia él. Se hallaba en una sala que albergaba varias vitrinas iluminadas y retablos. No había elección. No podía desandar el camino, de modo que huyó hacia la sala posterior.

Sam vio cómo la mujer cogía la pistola con sus manos pequeñas pero rápidas y avanzaba de inmediato. El umbral en el que se encontraba era perpendicular a la entrada de la sala roja, donde se habían apostado los pistoleros, lo cual le proporcionaba cobertura. La mujer se asentó, apuntó y disparó dos veces. Se rompieron más cristales. Otra vitrina destrozada.

Sam se asomó y vio a uno de los hombres cruzando hacia el otro lado. La mujer también lo vio y abrió fuego justo cuando su objetivo se escurría tras otra vitrina de cristal. La escena se desarrollaba ante sus ojos con un halo de incertidumbre. ¿Dónde estaban los agentes de seguridad? ¿Y la policía?

De repente, Malone se dio cuenta de que había cometido un grave error. Recordó el tríptico del museo y supo que se dirigía a la capilla superior, un pequeño y compacto espacio que solo disponía de una salida y una entrada.

Entró a toda prisa en la capilla y contempló su rimbombante estilo gótico, acentuado por un pilar central que se alzaba hasta una bóveda de arista construida como si fueran las ramas de una palmera. Con unos seis metros por doce de envergadura y carente de mobiliario, no había lugar donde esconderse.

Todavía sostenía la espada, pero de poco serviría contra un hombre armado con una pistola. Había que pensar en algo.

Sam se preguntaba cuáles serían las intenciones de aquella mujer. Obviamente, ella había empezado la pelea y ahora parecía dispuesta a ponerle fin.

Dos disparos más retumbaron por todo el museo, pero no fue ella la artífice, ni tampoco iban dirigidos a ellos. Consciente de las balas que pasaban silbando junto a su cabeza, Sam se asomó y vio a uno de los atacantes refugiarse detrás de una vitrina intacta y disparar en otra dirección. La mujer también lo vio. Otra persona estaba atacando a sus perseguidores.

Tres balas más volaron por la sala roja y el pistolero se vio atrapado en un fuego cruzado, pues se había concentrado más en el peligro que le acechaba por la espalda que en el que tenía delante. La mujer parecía estar esperando el momento adecuado. Cuando llegó, disparó una vez más.

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