El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Sam tenía poco tiempo para pensar. Los acontecimientos se sucedían con rapidez. Decidió al instante que no iba a quedarse quieto pese a las órdenes de Malone, así que atravesó la gran sala iluminada donde se había producido el tiroteo y se acercó al hombre de la chaqueta azul, que yacía sangrando en el suelo. Su cuerpo estaba flácido como un harapo. Sam se arrodilló.
Los ojos de aquel hombre tenían una mirada distante y apenas pestañeaba. Nunca había visto a un herido de bala. ¿Y a un muerto? Sí, la noche anterior. Pero aquel hombre seguía vivo.
Sam contempló la escena que lo rodeaba mientras contaba más capiteles, estatuas y esculturas, además de dos salidas: una puerta cerrada con un pestillo de hierro y un arco que conducía a un espacio sin ventanas. Vio un tapiz colgado en la pared del fondo y una escalera que llevaba a un piso superior.
Todos los visitantes habían escapado y el museo se había sumido en una calma inquietante. Sam se preguntó por el personal de seguridad, los empleados y la policía. Sin duda alguien habría llamado a las autoridades. ¿Dónde estaban todos?
Oyó pasos corriendo en dirección a él. Provenían del lugar por el que él y Malone habían entrado, por el que Malone se había ido. No quería que lo detuvieran. Quería formar parte de aquello.
– La ayuda está en camino -le dijo al hombre herido.
Luego corrió hacia la siguiente sala y subió dando brincos hasta la planta de arriba.
Malone volvió a la tienda de recuerdos y se abrió paso a codazos entre la multitud que clamaba por salir por las puertas del museo. Voces agitadas retumbaban en varios idiomas. Siguió avanzando entre la muchedumbre y salió de la tienda para entrar en una cámara adyacente donde, según el tríptico, se encontraban las taquillas y una escalera que los visitantes utilizaban para bajar del piso superior. Una vez arriba podría volver hacia atrás e interceptar a los dos desconocidos.
Subió los escalones de dos en dos y entró en una sala vacía en la que se exponían armaduras, cuchillos y espadas. Un tapiz que representaba una escena de cacería adornaba una de las paredes. Todas las vitrinas de cristal estaban selladas con cerrojos. Necesitaba un arma, así que esperaba que el museo lo entendiera. Cogió una silla apoyada en una pared y golpeó la vitrina con la pata metálica. Los fragmentos de cristal cayeron al suelo.
Malone echó la silla a un lado, metió la mano y sacó una espada corta. Había sido afilada, probablemente para que luciera mejor. En el interior de la vitrina, un pequeño cartel informaba a los visitantes de que se trataba de un arma del siglo xvi. Malone sacó también un escudo que databa del siglo xvi. Tanto la espada como el escudo estaban en excelentes condiciones. Empuñando aquellas armas parecía un gladiador dispuesto a saltar a la arena.
– Mejor esto que nada -pensó.
Sam corrió escaleras arriba apoyando una mano en una resbaladiza barandilla de cobre. Se detuvo a escuchar en el descansillo y luego subió el último tramo hasta la planta superior del museo. No se oía nada, ni siquiera abajo.
Avanzó con precaución, asiéndose firmemente a la barandilla con la mano derecha. Se preguntaba cuál sería su próximo movimiento. Iba desarmado y estaba aterrorizado, pero Malone quizá necesitara ayuda, igual que en la librería la noche anterior. Además, los agentes se ayudaban entre sí. Llegó a la última planta. A su izquierda, un amplio pasadizo abovedado daba a una sala con techos altos y paredes de color rojo sangre. Al frente había una entrada a una exposición titulada “La dama y el unicornio”. Sam se detuvo y observó cuidadosamente el pasadizo y la sala. Se oyeron tres disparos. Las balas tachonaron la roca a escasos centímetros de su rostro y se echó atrás. Mala idea. Llegó otro disparo. Las ventanas que tenía a su derecha, contiguas al rellano, se rompieron a causa del impacto.
– Eh -dijo una voz que era casi un susurro.
Miró a su derecha y vio a la misma mujer de antes, la que había desatado el caos con sus gritos, en el acceso a la exposición de la dama y el unicornio. Se había apartado el pelo de la cara y sus ojos eran brillantes y vivos. Tenía las manos abiertas y en una de las palmas vio una pistola. La desconocida le entregó el arma. Sam la cogió con la mano izquierda y puso el dedo en el gatillo. No había disparado desde su última visita al campo de tiro del Servicio Secreto. ¿Hacía cuatro meses, tal vez? En cualquier caso, se alegraba de tener un arma.
La mirada de Sam se cruzó con los intensos ojos de la mujer, que le indicó con un gesto que debía disparar. Respiró hondo, extendió el brazo y apretó el gatillo. En la sala roja se oyó ruido de cristales rotos. Sam disparó de nuevo.
– Al menos podrías intentar alcanzarles -susurró la mujer desde su escondite.
– Si eres tan buena, hazlo tú.
– Devuélvemela y lo haré.
XXIX
Valle del Loira
Larocque estaba sentada en el salón, contrariada por las inesperadas complicaciones que habían surgido durante las últimas horas. Thorvaldsen había partido hacia París. Al día siguiente volverían a hablar. Ahora mismo necesitaba pensar.
Había ordenado que encendieran una hoguera y la chimenea ardía ahora con una llama viva que iluminaba el lema tallado en el manto por uno de sus antepasados: “S’il vient à point, me souviendra” (Si este castillo llega a terminarse, seré recordado).
Estaba sentada en uno de los sillones tapizados. La vitrina, que contenía los cuatro papiros, se encontraba a su derecha. Solo se oía el crepitar de los rescoldos. Le habían dicho que podía nevar aquella noche. Le encantaba el invierno, especialmente allí, en el campo, cerca de todo lo que amaba.
Dos días.
Ashby estaba en Inglaterra, preparándose. Hacía meses le había encargado una serie de tareas, pues se fiaba de su supuesta experiencia. Ahora se preguntaba si había hecho bien en depositar su confianza en él. Muchas cosas dependían de Ashby. Todo, en realidad.
Larocque había esquivado las preguntas de Thorvaldsen y no le había permitido leer los papiros. No se había ganado ese derecho. Hasta la fecha, ninguno de los miembros del club lo había hecho. Aquella sabiduría era sagrada para su familia y la había recibido del propio Pozzo di Borgo, cuyos agentes robaron los documentos de entre los efectos personales de Napoleón, enviados a Santa Elena cuando el emperador partió al exilio. Napoleón se percató de su ausencia y presentó una queja oficial, pero el error se atribuyó a sus captores británicos. Además, a nadie le importaba.
Por aquel entonces, Napoleón no tenía poder. Lo único que deseaban los líderes europeos era que el otrora potentado emperador sufriera una muerte rápida y natural. Sin juegos sucios, sin ejecución. No se le podía permitir que se convirtiera en mártir, de modo que encarcelarlo en una remota isla del Atlántico Sur parecía el mejor camino para conseguir el resultado deseado. Y funcionó. Napoleón, en efecto, se desvaneció. Murió al cabo de cinco años.
Larocque se puso en pie, se acercó a la vitrina y estudió los cuatro escritos antiguos, protegidos por el cristal. Fueron traducidos hace mucho tiempo, y ella había memorizado hasta la última palabra. Pozzo di Borgo no tardó en darse cuenta de su potencial, pero vivía en un mundo posnapoleónico, en una época en que Francia sufría levantamientos constantes, desconfiaba de la monarquía y era incapaz de instaurar una democracia, así que no habían servido de mucho.
Larocque no había mentido cuando le había dicho a Thorvaldsen que era imposible saber quién los había escrito. Lo único que sabía era que las palabras tenían sentido.
Abrió un cajón que había debajo de la vitrina. En su interior guardaba las traducciones al francés del original copto. Dentro de dos días compartiría aquellas palabras con el Club de París. Revisó sucintamente las páginas mecanografiadas, reencontrándose con su sabiduría, maravillándose con su simplicidad.