El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
El pistolero trató de ponerse a cubierto, pero otra bala lo alcanzó en el pecho. Empezó a tambalearse. Sam oyó un grito de dolor y vio cómo el crispado cuerpo del hombre caía al suelo.
Malone se preparó. El miedo le provocaba un hormigueo en el cuero cabelludo. Su única esperanza era que su atacante se aproximara a la capilla con cautela, desconfiando de lo que pudiera aguardarle más allá del umbral. Con un poco de suerte, la espada sería suficiente para conseguir algunos segundos de ventaja, pero toda aquella empresa se estaba convirtiendo en una pesadilla, lo cual era de esperar, habida cuenta de que Thorvaldsen se hallaba implicado.
– ¡Quieto! -gritó una voz masculina.
Transcurrieron unos segundos.
– ¡He dicho quieto!
Se oyó un disparo.
Un cuerpo se desplomó. ¿Habían actuado por fin la policía o la seguridad del museo? Malone no estaba seguro, así que esperó.
– Señor Malone, puede usted salir. Lo hemos abatido.
No era tan estúpido. Malone se dirigió poco a poco hacia la entrada y lanzó una mirada furtiva. Su perseguidor yacía en el suelo con un reguero de sangre que corría por debajo de su cuerpo. A varios metros de distancia, un hombre enfundado en un traje oscuro con una Sig Sauer 357 semiautomática apuntaba al cadáver. Malone vio el pelo cortado a cepillo, el aspecto sombrío y el físico cuidado. Tampoco le pasó desapercibido su acento inglés con cierto deje del sur. Pero la pistola era la pista definitiva. Un modelo P229 estándar. Servicio Secreto.
El cañón de la pistola se alzó hasta apuntar directamente al pecho de Malone.
– Suelte la espada.
Sam se sintió aliviado al ver que la amenaza parecía haber terminado.
– ¡Malone! -gritó con la esperanza de que fuese él quien había abatido al hombre.
Malone oyó a Sam gritar su nombre. Todavía sostenía la espada, pero la Sig continuaba apuntándole.
– Tranquilo -dijo el hombre en voz baja-. Y suelte la maldita espada.
Sam no obtuvo respuesta a sus gritos. Miró a la mujer y vio que le apuntaba con su arma.
– Ahora tú y yo debemos irnos -dijo ella.
XXXI
El hombre guió a Malone a punta de pistola a través del solitario museo. Todos los visitantes se habían ido y al parecer el interior estaba cerrado. Se habían producido muchos disparos, lo cual le llevó a preguntarse por la ausencia de policías o agentes de seguridad en el recinto.
– ¿Qué hace aquí el Servicio Secreto? -le dijo-. ¿Por casualidad no habrás visto a uno de los tuyos? Un chico joven, apuesto. Un poco ansioso. Se llama Sam Collins.
Tan solo obtuvo el silencio por respuesta.
Transitaron una sala de exposiciones con paredes de un tono rojo oscuro, más retablos y tres vitrinas destrozadas. Algún cargo oficial se iba a enfadar mucho.
En el suelo vio un cuerpo bañado en sangre. Era el otro perseguidor. En la otra salida de la sala, una escalera descendía hacia la derecha y una puerta doble conducía a la izquierda. Una placa laminada anunciaba que al otro lado se encontraba “La dama y el unicornio”.
Malone señaló.
– ¿Ahí dentro?
El hombre asintió y entonces bajó la pistola y volvió a la galería roja. La timidez del agente le llamaba la atención.
Malone se adentró en una estancia oscura en la que había expuestos seis coloridos tapices, cada uno de ellos cuidadosamente iluminado con luz indirecta. En una situación normal, se habría sentido impresionado, pues recordaba que aquellas eran algunas de las posesiones más preciadas del museo, originales del siglo xv, pero fue la solitaria figura sentada en uno de los tres bancos dispuestos en el centro de la sala lo que le hizo atar todos los cabos. Era Stephanie Nelle, su ex jefa.
– Has conseguido destruir otro tesoro nacional -dijo levantándose y mirándolo directamente.
– Esta vez no he sido yo.
– ¿Quién ha lanzado una silla contra una vitrina para coger una espada y un escudo?
– Veo que estabas vigilando.
– Los franceses te buscan -aclaró Stephanie.
– Lo cual significa que te debo… -Malone se contuvo-. No, probablemente se lo debo al presidente Daniels, ¿verdad?
– Intervino personalmente cuando le informé que se había desatado el infierno.
– ¿Qué hay del vigilante del museo que ha recibido un disparo?
– Va camino del hospital. En principio sobrevivirá.
– ¿El tipo de fuera es del Servicio Secreto?
Stephanie asintió.
– Cedido temporalmente.
Malone la conocía desde hacía mucho tiempo, ya que había trabajado para ella durante doce años en el Magellan Billet, perteneciente al Departamento de Justicia. Habían vivido muchas cosas juntos, sobre todo durante los dos últimos años, momento en que él se había retirado.
– Siento lo de tu padre -le dijo Stephanie.
Malone hacía dos horas que no pensaba en las dos últimas semanas.
– Te agradezco lo que hiciste.
– Había que hacerlo.
– ¿Por qué estás aquí?
– Sam Collins. Tengo entendido que ya se conocen.
Malone se sentó en un banco y dejó que su mirada se perdiera en los tapices. En todos ellos se apreciaba una isla redondeada de color azul oscuro, cubierta de plantas floridas, en tonos vibrantes que oscilaban del rojo intenso al rosa claro. En los seis aparecían representados una noble dama con un unicornio y un león en diversas escenas. Malone conocía la alegoría: eran personificaciones de los cinco sentidos, un hechizo mitológico, viejos mensajes sutiles de los que había tenido más que suficiente en los últimos tiempos.
– ¿Sam está en apuros? -preguntó Malone.
– Lo está desde el momento en que entró en contacto con Thorvaldsen.
Stephanie le habló de la reunión que había mantenido con Danny Daniels el día anterior en el Despacho Oval, donde el presidente de Estados Unidos le comunicó que algo importante estaba sucediendo en Copenhague.
– Daniels sabía lo de Sam. El Servicio Secreto le había puesto al corriente.
– Parece un asunto trivial para que el presidente le preste atención.
– No en el momento en que le informaron de que Thorvaldsen estaba de por medio.
Buen argumento.
– Cotton, este Club de París es real. Nuestra gente ha estado vigilándolo desde hace más de un año. Hasta hace poco no había nada alarmante. Pero necesito saber en qué anda metido Thorvaldsen.
– Entonces, ¿el problema es Sam o Henrik?
– Ambos.
– ¿Cómo hemos pasado del Club de París a Henrik?
– ¿Me tomas por una idiota? Estás ahí sentado con la aspiradora en marcha, absorbiendo cualquier información que esté dispuesta a ofrecerte. Ese no es el motivo por el que estoy aquí. Necesito saber qué está haciendo ese maldito danés.
Malone sabía que Henrik y Stephanie mantenían una relación basada en la desconfianza mutua, aunque últimamente se habían visto obligados a confiar el uno en el otro en más de una ocasión. Decidió que como no tenía ningún interés real en todo aquello, aparte de ayudar a su mejor amigo, por una vez diría la verdad:
– Está buscando al asesino de Cai.
Stephanie meneó la cabeza.
– Sabía que probablemente se trataría de algo así. Thorvaldsen está a punto de echar por tierra una importante operación de espionaje y comprometer una fuente esencial.
Al instante Malone ató más cabos. Frunció el ceño.
– ¿Graham Ashby trabaja para ustedes?