El Club de París
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:
Sam intentaba entender a aquella mujer. Parte de ella parecía dispuesta a arriesgarlo todo por transmitir su mensaje, pero en el museo había demostrado tener la cabeza más fría que él, lo cual le molestaba.
– El cuartel general de los Templarios se encontraba aquí. El propio Rousseau halló un santuario en estas casas. Victor Hugo vivía cerca. Aquí es donde Luis XVI y María Antonieta fueron encarcelados.
Sam se detuvo.
– ¿Qué hacemos aquí?
Ella también dejó de andar. Le llegaba a Sam a la altura de la nuez.
– Eres un tipo listo, Sam. Lo sé por tu página web y por tus correos electrónicos. Me comunico con mucha gente que piensa como nosotros y en su mayoría son dementes. Tú no lo eres.
– ¿Y tú?
Meagan sonrió.
– Eso tienes que decidirlo tú.
Sam sabía que Meagan todavía llevaba la pistola debajo de la chaqueta, donde la había guardado antes de abandonar el museo. Se preguntaba qué ocurriría si se marchaba en aquel mismo instante. Había disparado a aquellos dos hombres con gran habilidad.
– Sigamos -dijo Sam.
Doblaron otra esquina y bordearon más edificios con entradas situadas al nivel de la calle. Ahora no había tanta gente y todo estaba mucho más tranquilo. El tráfico quedaba lejos de la colmena de edificios arracimados.
– Nosotros diríamos: “Tan viejo como las montañas” -observó Meagan-. Los parisinos dicen: “Tan viejo como las calles”.
Sam ya había advertido que los nombres de las calles se anunciaban en carteles esmaltados de color azul que colgaban de los edificios que hacían esquina.
– Todos los nombres tienen un significado -apostilló Meagan-. Honran a alguien o algo concreto, indican adonde conduce la calle, identifican a su inquilino más ilustre o lo que sucede allí. Siempre significan algo.
Se detuvieron en una esquina. Un cartel blanco y azul decía: “Rue l’Araignée”.
– Calle de la araña -tradujo Sam.
– Así que hablas francés…
– Me defiendo.
Una expresión de triunfo inundó el rostro de la joven.
– Estoy segura de ello. Pero te enfrentas a algo de lo que sabes bien poco -Meagan señaló la estrecha calle-. Mira la cuarta casa.
Sam se volvió. Era una fachada de ladrillo con ventanas negras barnizadas, parteluces de piedra y balaustradas de hierro. Una puerta dorada impedía el acceso a un amplio corredor abovedado, coronado por un frontón esculpido.
– Construida en 1395 -dijo Meagan-. Reconstruida en 1660. En 1777 albergaba a un enjambre de abogados. Constituían un frente de blanqueo de dinero español y francés para los revolucionarios americanos. Esos mismos abogados vendían armas al ejército continental para la lucha contra los proyectos de ley que prohibirían el futuro suministro de tabaco y artículos provenientes de las colonias. Sin embargo, los victoriosos americanos no pagaron los suministros. ¿No somos un gran pueblo?
Sam no respondió al notar que Meagan estaba a punto de decir algo importante.
– Esos abogados denunciaron al nuevo país y finalmente recibieron el pago en 1835. Unos bastardos bastante listos, ¿no crees?
Sam permanecía en silencio.
– En el siglo xiii, se instalaron aquí unos prestamistas lombardos. Eran rapaces. Prestaban dinero con unos intereses escandalosos y exigían elevadas devoluciones.
Meagan señaló de nuevo la cuarta casa y miró a Sam.
– Ahí es donde se reúne el Club de París.
XXXIV
18.10 h
Malone llamó suavemente a la puerta de madera. Había abandonado el museo y tomado un taxi hasta el Ritz. Esperaba que Thorvaldsen hubiese regresado del valle del Loira y se sintió aliviado cuando su amigo respondió.
– ¿Tuviste algo que ver con lo ocurrido en el Cluny? -preguntó Thorvaldsen mientras Malone entraba en la suite-. Ha salido por televisión.
– Fui yo. Conseguí salir antes de que me cogieran.
– ¿Dónde está Sam?
Malone relató lo sucedido, incluido el secuestro de Sam, enlazando los hechos mientras explicaba que Jimmy Foddrell era en realidad Meagan Morrison y omitiendo cualquier referencia a la aparición de Stephanie. Había decidido no contárselo. Si quería pararle los pies a Thorvaldsen, o al menos demorarlo, no podía mencionar la intervención de Washington. Era interesante cómo habían cambiado las cosas. Normalmente era Thorvaldsen quien ocultaba información y arrastraba a Malone.
– ¿Sam se encuentra bien? -preguntó Thorvaldsen.
Malone decidió mentir.
– No lo sé. Pero ahora mismo no puedo hacer gran cosa al respecto.
Malone escuchó mientras Thorvaldsen pormenorizaba su visita a Eliza Larocque.
– Es una zorra despreciable. Tuve que sentarme allí, educadamente, pensando en Cai en todo momento -concluyó.
– Ella no lo mató.
– Yo no la exoneraría de su responsabilidad tan alegremente. Ashby trabaja con ella. Existe una estrecha relación entre ambos y eso es suficiente para mí.
Su amigo estaba cansado y la fatiga resultaba evidente en sus ojos.
– Cotton, Ashby está buscando un libro.
Malone escuchó la información sobre el testamento de Napoleón y Los reinos merovingios 450-751 d. C,supuestamente expuesto en los Inválidos.
– Primero necesito hacerme con ese libro -dijo Thorvaldsen.
Ideas vagas flotaban en su cerebro. Stephanie quería frenar a Thorvaldsen. Para hacerlo, Malone debía tomar las riendas de la situación, pero eso era complicado habida cuenta de quién las tenía en ese momento en sus manos.
– ¿Quieres que lo robe? -preguntó.
– No será fácil. En su día, los Inválidos fue un arsenal, una fortaleza.
– Eso no es una respuesta.
– Sí, quiero que lo robes.
– Conseguiré el libro. ¿Qué harás después? ¿Encontrar el tesoro perdido? ¿Humillar a Ashby? ¿Matarlo? ¿Sentirte mejor?
– Todo eso.
– Cuando raptaron a mi hijo el año pasado, tú estuviste allí para apoyarme. Te necesitaba y viniste. Ahora estoy aquí, pero tenemos que utilizar la cabeza. No puedes matar a un hombre así como así.
El rostro del anciano adoptó una expresión de profunda simpatía.
– Ayer por la noche lo hice.
– ¿Eso no te inquieta?
– En absoluto. Cabral mató a mi hijo, merecía morir. Ashby es tan responsable como Cabral. Y no es que importe, pero quizá no tenga que asesinarlo. Larocque puede hacerlo por mí.
– ¿Y eso facilita las cosas?
Stephanie ya le había dicho que Ashby vendría a París y le había asegurado que al día siguiente le ofrecería todos los detalles de lo que estaba a punto de acontecer. Malone despreciaba a Ashby por lo que le había hecho a Thorvaldsen, pero comprendía el valor de la información confidencial que Ashby podía proporcionar y la importancia de aniquilar a un hombre como Peter Lyon.
– Henrik, tienes que dejar que yo me encargue de esto. Puedo hacerlo, pero tiene que ser a mi manera.
– Puedo obtener el libro yo mismo.
– Entonces, ¿qué diablos hago yo aquí?
Los labios del anciano dibujaron una sonrisa obstinada.
– Espero que estés aquí para ayudar.
Malone miró fijamente a Thorvaldsen.
– A mi manera.
– Quiero a Ashby, Cotton. ¿Lo entiendes?
– Lo entiendo. Pero averigüemos qué se trae entre manos antes de que lo mates. Eso es lo que dijiste ayer. ¿Podemos ceñirnos a eso?
– Empieza a traerme sin cuidado lo que esté ocurriendo, Cotton.
– Entonces, ¿por qué posponer las cosas con Larocque y el Club de París? Mata a Ashby y acaba con esto.