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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Su amigo calló.

– ¿Qué hay de Sam? -preguntó Thorvaldsen al final-. Me preocupa.

– También me encargaré de eso -Malone recordó lo que había dicho Stephanie-. Pero ya es mayorcito, así que tendrá que cuidarse a sí mismo, al menos por un tiempo.

Sam entró en el piso, situado en un barrio de la ciudad que Morrison denominó Montparnasse, cerca del Museo Cluny y del Palacio de Luxemburgo, en un edificio que irradiaba el encanto de tiempos pasados. La oscuridad los había devorado en el trayecto desde la estación de metro.

– Lenin vivió a unas pocas manzanas de aquí -dijo ella-. Ahora es un museo, aunque imagino que nadie querrá visitarlo.

– ¿No eres seguidora del comunismo? -preguntó Sam.

– Ni mucho menos. Es peor que el capitalismo en muchos sentidos.

La vivienda era un espacioso estudio ubicado en una sexta planta. Contaba con una pequeña cocina y cuarto de baño y parecía un piso de estudiante. Grabados sin enmarcar y carteles de viajes adornaban las paredes. Improvisadas estanterías de aglomerado se doblegaban bajo el peso de los libros de texto y las ediciones en rústica. Sam vio un par de botas de hombre junto a una silla y unos pantalones téjanos, demasiado grandes para ser de Morrison, tirados de cualquier manera en el suelo.

– Esta no es mi casa -dijo ella al percatarse de su interés-. Es de un amigo.

Morrison se quitó el abrigo, sacó la pistola y la dejó sobre una mesa como si nada.

Sam vio tres computadores y un servidor ultrafino en un rincón.

– Eso es GreedWatch. Dirijo la página desde aquí, pero hago creer a todo el mundo que es obra de Jimmy Foddrell -explicó Morrison.

– En el museo ha habido heridos -insistió Sam-. Esto no es un juego.

– Desde luego que lo es, Sam. Un juego peligroso. Pero yo no soy su artífice, sino ellos. Y el hecho de que haya gente herida no es culpa mía.

– Tú lo empezaste cuando les gritaste a aquellos dos hombres.

– Tenías que ver la realidad.

Sam decidió que, en lugar de discutir otra vez por obviedades, haría lo que el Servicio Secreto le había enseñado: conseguir que Morrison no cesara de hablar.

– Cuéntame más cosas sobre el Club de París.

– ¿Te pica la curiosidad?

– Sabes que sí.

– Lo imaginaba. Como te dije, tú y yo pensamos igual.

Sam no estaba tan seguro de eso, pero mantuvo la boca cerrada.

– Por lo que sé, el club está integrado por seis personas. Todas son obscenamente ricas. Los típicos cabrones avariciosos. Cinco mil millones en propiedades no es suficiente, quieren seis o siete. Conozco a alguien que trabaja para uno de los miembros…

– ¿El mismo tipo que lleva esas botas? -preguntó Sam.

La sonrisa de Morrison se acentuó hasta dibujar una media luna.

– No, otro.

– Eres una chica ocupada.

– Tienes que serlo para sobrevivir en este mundo.

– ¿Quién demonios eres?

– Soy la chica que te va a salvar, Sam Collins.

– No necesito que me salven.

– Yo creo que sí. ¿Qué estás haciendo aquí? Hace un rato me dijiste que tus superiores te habían prohibido seguir adelante con tu página web y hablar conmigo. Sin embargo, la página sigue ahí y tú estás aquí, buscándome. ¿Esto es una visita oficial?

Sam no podía contarle la verdad.

– No me has explicado nada del Club de París.

Morrison se sentó de costado en una de las sillas de vinilo, con las piernas apoyadas sobre uno de los brazos y la espalda en el otro.

– Sam, Sam, Sam. No lo entiendes, ¿verdad? Esa gente está planeando algo. Son unos expertos manipuladores financieros y pretenden hacer todo aquello de lo que hemos hablado. Van a manipular la economía, engañar a los mercados, devaluar divisas. Recordarás cómo se vieron afectados los precios del petróleo el año pasado. Lo hicieron especuladores que, artificialmente, volvieron loco al mercado con su avaricia. Esa gente no es distinta.

– Eso no me dice nada.

Un golpeteo en la puerta los sorprendió a ambos. Era la primera vez que Sam veía un resquicio en la gélida máscara de Morrison. La mirada de la joven se clavó en la pistola que descansaba sobre la mesa.

– ¿Por qué no abres? -preguntó Sam.

Llamaron de nuevo. Ligeramente. Amigablemente.

– ¿Crees que los tipos malos llaman a la puerta? -preguntó adoptando una pose desafiante-. Además, esta ni siquiera es tu casa.

Morrison lo miró con perspicacia.

– Aprendes rápido.

– Me licencié en la universidad.

Morrison se levantó y fue hacia la puerta. Cuando la abrió, apareció una mujer menuda con un abrigo beige. Tendría poco más de sesenta años, con el pelo oscuro entreverado de mechones plateados y unos intensos ojos marrones. Alrededor del cuello llevaba una bufanda Burberry. En una mano sostenía una funda de piel con una insignia y una foto. En la otra una Beretta.

– Señorita Morrison -dijo-. Soy Stephanie Nelle, del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

XXXV

Valle del Loira, 19.00 h

Eliza recorrió la larga galería escuchando el viento invernal que batía las ventanas del castillo. Su mente reprodujo todo lo que le había dicho a Ashby durante el último año, inquieta por la posibilidad de haber cometido un enorme error.

La historia relataba cómo Napoleón Bonaparte había saqueado Europa, robando cantidades incalculables de metales preciosos, joyas, antigüedades, cuadros, libros y esculturas, cualquier cosa de valor. Existían inventarios de dichos saqueos, pero nadie podía aseverar su exactitud. Pozzo di Borgo se enteró de que Napoleón había ocultado parte de los expolios en un lugar que solo él conocía. Los rumores que corrían en tiempos del emperador hablaban de un tesoro fabuloso, pero nada indicaba el camino hasta él. Su antepasado buscó durante veinte años.

Eliza se detuvo ante una de las ventanas y contempló la oscuridad. Más abajo, el río Cher fluía con gran rapidez. Se dejó acariciar por el calor de la habitación y saboreó su hogareño perfume. Llevaba una gruesa bata sobre el camisón y se cubrió bien con ella. Encontrar ese tesoro perdido sería su forma de vengar a Pozzo di Borgo, validar su legado y otorgar importancia a su familia. Una vendetta absoluta.

El clan Di Borgo tenía una gran trayectoria en Córcega. De niño, Pozzo había sido amigo íntimo de Napoleón. Pero el legendario revolucionario Pasquale Paoli abrió una brecha entre ellos cuando favoreció a los Di Borgo en detrimento de los Bonaparte, a quienes consideraba demasiado ambiciosos.

La disputa se inició cuando el joven Napoleón se enfrentó con un hermano de Pozzo di Borgo en la carrera por ocupar el rango de teniente coronel de los voluntarios corsos. Los métodos despóticos que utilizaron Napoleón y sus partidarios para asegurarse un resultado favorable suscitaron la enemistad de Di Borgo. La ruptura fue definitiva a partir de 1792, cuando los Di Borgo se alinearon con la independencia corsa y los Bonaparte se unieron a Francia. A la postre, Pozzo di Borgo fue nombrado jefe del gobierno civil corso. Cuando la Francia liderada por Napoleón ocupó Córcega, Di Borgo huyó, y durante los veintitrés años posteriores trabajó diligentemente para destruir a su enemigo declarado.

“Pese a los intentos por relegarme, eliminarme y acallarme, será difícil hacerme desaparecer del todo del recuerdo ciudadano. Los historiadores tendrán que hablar del Imperio y habrán de ser justos conmigo”.

La arrogancia de Napoleón ardía en el recuerdo de Eliza. Sin duda, el tirano había olvidado los centenares de pueblos que había quemado hasta los cimientos en Rusia, Polonia, Prusia, Italia y las llanuras y montañas de Iberia. Miles de prisioneros fueron ejecutados, cientos de miles de refugiados despojados de sus hogares e innumerables mujeres violadas por su Grande Armée. ¿Y qué hay de los tres millones de soldados muertos que se pudrieron a lo largo y ancho de Europa? Millones de personas heridas o incapacitadas de por vida. Y las instituciones políticas destruidas en varios centenares de estados y principados. Economías hechas añicos. Terror por doquier, Francia incluida. Eliza coincidía con lo que dijo el escritor francés Émile Zola a finales del siglo xix: “Qué gran locura pensar que podemos impedir que al final se escriba la verdad sobre la historia”.

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