El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
– Diga lo que diga Fen, para mí se suicidó; y tengo entendido que la policía piensa lo mismo. Ojalá no se equivoquen. ¡Qué alivio inmenso sería, si todo terminase así!
– Por desgracia Fen sabe lo que hace -objetó Jean-. Enloquece pensar que tiene la última palabra; no querría que colgaran a nadie por esto. ¿Sabes que quiso hacerme decir…?
Donald le disparó una mirada rápida.
– ¿Hacerte decir qué?
La muchacha respondió con cautela.
– Lo que ya sabes.
Donald asintió, luego se detuvo y, volviéndose a mirarla, apoyó las manos en los hombros de la joven.
– Jean -dijo-, lo he decidido. En cuanto terminen las clases voy a ingresar como voluntario en la Real Fuerza Aérea. De cualquier forma parece albergar a la mayoría de los organistas que hay en el país. Para entonces tú también habrás terminado, y…, bueno, cuando me destinen, ¿querrías casarte conmigo?
Jean se echó a reír: una carcajada breve, de felicidad.
– Oh Donald, será hermoso. Yo…, yo dejaré el teatro y cuidaré de la casa para ti. Creo que en el fondo eso es lo que he querido hacer siempre -lo miró un momento, con lágrimas en los ojos. Después se besaron.
En alguna parte, a través de las brumas del hechizo, un reloj dio la hora. Donald saltó como si lo hubieran pinchado.
– Dios -dijo-. Maitines dentro de un cuarto de hora -la tomó de la mano-. Vamos, querida. Tengo que pensar en un servicio coral completo para nuestra boda: ¡«Que el Brillante Serafín» para el motete, y contrataré al coro de la Catedral de St. Paul para que lo cante!
– Últimamente la gente parece casarse por cualquier motivo -decía Nicholas a la rubia que lo acompañaba-. Las razones aducidas por la Iglesia de Cristo sobre la tierra son ahora, merced al avance de la ciencia, burdamente inadecuadas. Me agrada, sin embargo, observar cómo han decaído las normas de la Iglesia. Originalmente la continencia absoluta era la norma de virtud por excelencia, y el matrimonio su derogación. Ahora el matrimonio es la norma de virtud, y el amor extramatrimonial su derogación. Hoy por hoy nadie toma en serio la imputación de debilidad contenida en las palabras «aquellos que no poseen el don de la continencia» -Nicholas suspiró-. Es una verdadera lástima que en nuestros días nadie admire la castidad; hasta la Iglesia ha terminado, mal que bien, por abandonarla, junto con el Servicio de Conminación y otras partes inconvenientes e incómodas de sus ritos -sonrió con displicencia-. Claro que el matrimonio tiene sus ventajas: por lo pronto elimina el tedioso y anafrodisíaco proceso de hacer la corte.
– Bah, no te hagas el inteligente, Nick -dijo la rubia, fastidiada.
– Por el contrario; trata de bajar mi conversación a un nivel que te resultase comprensible. ¿Otra copa?
– No, gracias -la rubia cruzó sus bien formadas piernas y se arregló con cuidado la falda-. Háblame del crimen. Quiero saber hasta el último detalle.
Nicholas resopló impaciente.
– Estoy harto del crimen -dijo-. No quiero oír una sola palabra más al respecto mientras viva.
– Pero yo sí -porfió la rubia-. ¿Saben quién la mató?
– Fen cree saberlo -respondió Nicholas malhumorado- Reconozco que otras veces ha estado en lo cierto, pero no creo en la infalibilidad de los detectives.
La rubia fue enfática en su comentario.
– Si dice que lo sabe, puedes estar seguro de que es así. He seguido de cerca los otros casos en que intervino, y hasta ahora nunca se equivocó.
– Bueno, si lo sabe, confío sinceramente en que se lo calle.
– ¿Es decir que no quieres que atrapen al asesino? Bonito sería -protestó la rubia, indignada- que la gente pudiera andar matando mujeres a su antojo sin que les hicieran nada.
– Con algunas mujeres -observó Nicholas en tono severo- parece ser la única solución.
– ¿Quién crees que habrá sido?
– ¿A mí me lo preguntas? Hija, lo ignoro. Supongo que hasta puedo haber sido yo mismo, en un momento de aberración mental.
La rubia pareció alarmada.
– No, por favor -dijo temerosa.
– Muchas personas tenían razones suficientes para hacerlo, y los hechos parecen acusar a media ciudad, en una u otra forma. Jean Whitelegge se apoderó del revólver, el anillo que encontraron en el cadáver era de Sheila McGaw; Donald, Robert Warner y yo estábamos cerca cuando la mataron, y Helen y Rachel no tienen coartadas. Me inclino por Helen. Ella tenía el único móvil válido: dinero. Y Fen anda corriendo tras ella con los ojos desorbitados y la lengua fuera. Siempre se deshace en amabilidad con sus asesinos, antes de desenmascararlos. Sí, creo que Helen es el candidato más lógico; pertenece a esa clase de seres sentimentales, ignorantes, capaces de hacer algo tan primitivo como matar.
– Huelo a uvas verdes -observó la rubia con astucia desusada-. Últimamente ha salido mucho con ese periodista buen mozo, ¿no?
Nicholas esbozó una mueca de desdén.
– Bueno -dijo-, si ese es tu concepto de belleza masculina…
– Está bien, Mefistófeles -lo interrumpió ella de buen talante, ya sabemos que todo lo que se aparta de tu infernal encanto byroniano es anatema. Ahora, si me invitas, te acepto otra copa. Pienso sacarte mi peso en oro esta mañana.
Nicholas se levantó de mala gana.
– A veces -dijo- desearía que los comentarios de Timón sobre Firnia y Timandra hubiesen sido un poco más sutiles y un poco menos abiertamente ofensivos. ¡Vendrían tan bien en ciertas ocasiones!
Robert y Rachel paseaban lentamente por Addison's Walk, con la clara y suave belleza afeminada del Magdalen por marco.
– ¿Nervioso por lo de mañana? -preguntó Rachel.
– Nervioso exactamente, no; excitado. Creo que va a ser una buena representación. Los muchachos están estupendos, y tú, querida, eres un regalo del cielo para cualquier director.
– Gracias, señor -respondió ella con un mohín.
– Una representación de primera. Ridícula efervescencia de vanidad personal. «Míreme, yo, el genial Mr. Warner, pavoneándome con una pandilla de actrices y actores», en eso estriba todo en realidad. Recuerdo la primera obra que monté en un teatrucho de Londres, en la época en que era un triste aficionado. ¡Dios, qué emoción! Con mis escasos veintiún años dar la impresión de que aquello era algo que me pasaba todos los días, y mientras tanto tejía fantásticos sueños sobre un año entero en cartel en West End: sueños que, por otra parte, nunca se materializaron.
– Y yo -dijo Rachel- recuerdo mi primer papel en Londres -una Helena bastante picante en una adaptación de Troilus. Pensaba que los críticos me colmarían de elogios en sus columnas: «merece especial mención Miss Rachel West, que hace una creación magistral de un papel poco simpático», pero llegado el momento ni siquiera me mencionaron.
Robert la miró con extrañe/a.
– ¿Ves? -dijo-. En el fondo todo es vanidad. En las novelas modernas de Montherlant, Costals es la quinta esencia del artista: el egoísta suficiente, infantil, despiadado. Si me desmenuzaran, por cierto que no quedaría otra cosa de mí.
La mujer se echó a reír.
– Oh, no, Robert -dijo, tomándole del brazo-, no busques que te elogie. No pienso inflar tu vanidad más de lo que está.
– Qué bien me conoces, querida -Robert exhaló un suspiro.
– Después de… ¿cuánto?…, cinco años, por fuerza.
– Rachel -dijo él, de pronto-, ¿qué dirías si te propusiera que nos casáramos?
Rachel se detuvo y lo miró azorada.
– Robert, mi vida -dijo-, ¿qué te ocurre? ¿Acaso una preocupación por mi honor? Cuidado, si llegas a repetirlo te tomo la palabra.
Ahora fue él el sorprendido.
– ¿Quiere decir que aceptarás?
– ¿A qué viene el asombro? Mi instinto femenino me movía siempre a casarme, pero tú no querías, y yo no habría podido soportar a ningún otro.
– Piensa que dará mucho que hablar. Sobre la inminencia de la llegada de terceros, etcétera.