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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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– ¿Selene? Selene, ¿estás bien?

– Tengo frío -le avisé temblando.

Se sentó a mi lado y me tomó la mano.

– ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma?

– No, sólo estoy helada y cansada.

Gunnar no acababa de creérselo. Me sería difícil engañarlo más.

– Te veo muy pálida. Abrígate bien e intenta dormir.

– Anda, ve a ayudarlos -le sugerí al oír que lo llamaban en cubierta.

Gunnar se tenía que marchar, pero estaba preocupado por mí.

– Le diré a Mo que te haga compañía. Ahora duerme, pequeña.

Me dormí, muchas horas, inquieta, oyendo en sueños los llantos del ballenato. Al despertar, no estaba sola. Kristian Mo, el viejo marino, hacía guardia junto a mí. Me sonrió con su boca desdentada y me ofreció una cuchara mohosa que pretendía llenar de un líquido de una cantimplora. Lo rechacé, pero no se dejó acobardar.

– Tienes que comer algo, niña. No has probado bocado.

– No tengo hambre.

– Padeces el mal de mar; si no comes, morirás antes de que lleguemos a puerto.

Y tenía razón, el estómago no me permitía retener la comida y la vomitaba acodada en la barandilla, a espaldas de Gunnar, para que no se alarmase. Había adelgazado y el viejo marino se había dado cuenta.

– Toma, esto te protegerá el estómago de los humores malignos y te ayudará a vencer el mal de las aguas.

Le obedecí con respeto, dejándome llevar por el instinto, e hice bien. El jarabe que me ofreció tenía un sabor fuerte, amargo, y a pesar de que me produjo repugnancia, no pude echarlo fuera de mi estómago. Actuó inmediatamente como si fuese cola de zapatero. Aunque las náuseas me visitaban, ya no vomitaba. Luego me ofreció una ligera sopa de pescado, deliciosa, y unas migajas de bacalao. Se lo agradecí. Era un gran descanso notar cómo la comida permanecía en su lugar y me daba fuerzas.

– Gracias -musité débilmente.

Kristian me tomó el pulso y pasó su mano por mi frente. No le dejé muy tranquilo.

– Estás enferma -me confirmó.

Yo ya lo sabía y ante Mo no podía fingir. No había querido asustar a Gunnar, pero la debilidad y el mareo me iban consumiendo. Mo, atento, me había levantado las mangas de mi camisa y observaba horrorizado mis brazos acribillados de picadas infectadas.

– Mosquitos -dije.

Pero el viejo Mo negó con la cabeza.

– No son mosquitos -afirmó convencido.

Me asusté. Había pretendido olvidar las palabras de la hechicera sami, pero por segunda vez una idea horrible pasó por mi cabeza. ¿Estaba siendo víctima de una Odish? Recordé las palabras de la nutria. Creí que eran un chantaje, una amenaza para que regresara, pero la vieja Omar me había advertido de que Baalat me estaba desangrando.

No recordaba haber mirado a los ojos a ninguna mujer. No sentía el pinchazo agudo en mi corazón. Y sin embargo, la debilidad, las pesadillas, la presencia constante y amenazadora que yo había atribuido a Deméter… ¿Y si no fuese Deméter? Esos tentáculos…

¡Qué estúpida! Los signos eran evidentes. ¡Una Odish! ¡¡¡Baalat!!!

Comencé a temblar como una hoja.

Kristian Mo me acariciaba la cara con una ternura inusual.

– ¿Las oíste de verdad?

No podía mentirle.

– Sí, oí gritar a las ballenas.

– Sabía que eras especial, como ella.

– ¿Como quién?

– Como Camilla. Ella también las oía.

– ¿A las ballenas?

– Me avisaba cuando se acercaban, nunca fallaba y lloraba cuando las arponeaba. Te pareces mucho a ella.

– ¿A Camilla? -pregunté con miedo.

– En tu mirada, en tu secreto.

– ¿Mi secreto? -pregunté atemorizada.

El viejo marino se inclinó sobre mí murmurando:

– Camilla tenía un secreto, por eso la mataron.

– ¿Quién?

– Alguien. La policía dijo que había sido un asesinato. Estaba blanca, sin sangre. Cuando desembarco llevo flores a su tumba y hablo con ella. Y me responde. Me dice que me espera pronto.

– ¿Quién era?

– Mi prometida, nos íbamos a casar.

Tuve una intuición inmediata. Tal vez su novia, Camilla, fuera… una Omar. Y decidí pedir ayuda al bueno de Mo. Era el tipo de persona que no me traicionaría, que no haría preguntas indiscretas, que aceptaría cualquier explicación por absurda que fuese.

– Kristian, tienes que ayudarme.

– Sí, bonita, Kristian te ayudará.

– Quieren acabar conmigo.

– ¿Quién?

– Las brujas malvadas.

Tal y como esperaba, no se inmutó.

– No temo a las brujas.

– Esperan que yo duerma para atacarme; estas marcas me las han hecho ellas. Me están robando la sangre y la fuerza.

Mo me cogió las manos.

– El viejo Mo no te dejará como dejó a Camilla. Duerme. Yo velaré por ti.

Antes de cerrar los ojos, le hice una última pregunta:

– ¿Ingar era tan guapo como Gunnar?

Mo me enseñó las encías de nuevo en una mueca que pretendía ser una sonrisa.

– Más aún. Las muchachas se arrojaban al mar por un beso suyo.

Me dormí soñando con el apuesto Ingar que no conocí y en mi sueño acabé por confundirlo con Gunnar. Me sucedía como a Kristian Mo, que equivocaba a unos y otros. El viejo marino, trastocado por la soledad, deseaba recuperar a sus muertos, a su amigo ahogado, a su novia asesinada…, y creía verlos en las pupilas de los vivos. Pero de una cosa estaba segura: de su fidelidad.

Me desperté a causa de los bandazos que daba la embarcación. O quizá no fue sólo eso. Tal vez tuve la premonición de que algo sucedía. Abrí los ojos y descubrí a Kristian Mo con una silla levantada a punto de golpear la cabeza de la pequeña Lola.

– ¡No! -chillé.

Y mi grito fue providencial, puesto que Kristian Mo se desconcertó y Lola pudo escapar por milímetros.

– ¡Esa rata estaba en tu cama! -gritó señalándola.

– No es una rata, es un hámster.

– Roedor repugnante. Se comen el grano, propagan la peste y muerden a los niños. Al agua con ellas.

Me sorprendió que emplease las mismas palabras que Gunnar, pero no me entretuve en reflexiones. Había acorralado a Lola contra uno de los ángulos del estrecho camarote. Yo ya había saltado de la litera y me interpuse entre ambos.

– Es mi mascota, duerme conmigo.

Y de nuevo el buque se escoró peligrosamente haciéndonos perder el equilibrio a ambos y facilitando que Lola se escabullese por debajo de nuestras piernas y se dirigiese hacia la puerta entornada.

Un fuerte trueno me paralizó. En ese instante Lola saltó hacia la cubierta, la puerta se abrió con estrépito y por ella alcanzamos a ver un intenso resplandor y una espesa cortina de agua.

– ¡Lola, espera!

Y salí en pos de la asustada hámster, que prefería la tormenta a la ira del viejo Kristian Mo.

Apenas podía mantenerme en pie. La furia del viento se aliaba con la sangre y la grasa de ballena derramada que habían convertido la cubierta del buque en una peligrosa pista de patinaje. Los pies resbalaban involuntariamente y era imposible conservar el equilibrio. Lola huía derrapando y yo caí repetidas veces tras ella, incapaz de atraparla.

La tripulación ballenera había tenido que interrumpir sus tareas de despiece y se habían puesto todos a la faena de dominar la pequeña embarcación para impedir que la fuerza del oleaje la hiciese naufragar. Los marinos iban protegidos con gruesos impermeables amarillos con capucha y apenas distinguía a unos de otros. Los bersekers del mar, como rayos de sol en medio de la tormenta, achicaban el agua y destensaban cuerdas a las órdenes del patrón. Mi Gunnar trabajaba con ahínco y con mucha más habilidad que los demás. Al verme me indicó que me retirase, pero yo no le hice caso. Si no recogía a la pequeña hámster, una de las olas que barrían periódicamente el suelo de la cubierta se la llevaría con ella.

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