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El Club De Las Chicas Temerarias

Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:

El club de las chicas temerarias está formado por seis prósperas mujeres latinas que se conocen desde que comenzaron la universidad. Provenientes de diferentes ambientes económicos, culturas y religiones, consolidan su inquebrantable amistad reuniéndose cada seis meses, pase lo que pase, para cenar, cotillear, compartir sus éxitos o ayudarse en los peores momentos de sus vidas.
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
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– ¿Quieres que te sirva? -pregunta.

Me levanto, me siento a su lado y me disculpo por haber sido tan desagradable. Dice que lo entiende porque estábamos muy cansados.

– Pero más te vale encontrar un adaptador para el enchufe del baño -le digo-. No puedo salir sin pasarme la tenacilla de rizar el pelo.

– Vale. Lo que quieras.

La comida está deliciosa y decido no pedirle que busque otro hotel. He vivido en sitios peores -durante gran parte de mi niñez, de hecho- y puedo soportarlo. No estoy encantada, y quiero que lo sepa, pero tampoco voy a cebarme. Le haría mucho daño.

Después de comer, nos duchamos y vestimos por turnos. Escojo un sencillo traje negro y zapatos de tacón, con un chal conjuntado como colofón. Le pido que no vuelva a meter la pata con el pelo y la ropa, y que saque algo decente de la maleta. Ha hecho planes para esta noche, un concierto en un club de jazz en la zona de moda de Roma. Insisto en que cojamos un taxi esta vez, y parece reticente. Probablemente es porque ha calculado hasta la última lira del viaje. Le digo que yo pago el taxi, y accede con desgana. Dice que un amigo le contó que en la parte de arriba del club se puede bailar salsa. Nada más llegar comprobamos que es verdad. Y adivina… ¡Hay montones de puertorriqueños! No doy crédito. Es como si no hubiéramos salido de Boston. Bailamos casi toda la noche y volvemos en taxi al calabozo. Lo he pasado muy bien a pesar de mi predisposición, y hasta he dado carta blanca a Juan, aunque no llegamos hasta el final, y le he hecho darme un masaje en los pies para empezar.

Al día siguiente vuelve a levantarse temprano, rastrea la zona en busca de un adaptador para ese estúpido enchufe y su botín esta vez es fruta, pan, queso y café para servirme el desayuno en la cama. Me ducho y me visto. Escojo un conjunto de Escada blanco y negro con pantalones negros. Remato con zapatos planos de Blahnik blancos y negros, y una lujosa capa de alpaca de Giuliana Teso (italiana, por supuesto) y gafas de sol. Me pongo un par de guantes de cuero negro y paso el monedero y el móvil a un Furia de ante blanco y negro.

Entonces me comenta el itinerario. Vamos a ir al Foro y a ver el Coliseo, el arco de Septimio Severo, la Casa de las Vestales, y todo eso. Andando. Todo andando, chica. Ay, no, mi'ja.

– Espero que hayas traído zapatos cómodos -dice con una sonrisa irónica-. No creo que debas ponerte ésos.

Apunta con un dedo burlón a mis pies.

No traje zapatos «cómodos». Lo siento. No llevo lo que se entiende por zapatos cómodos. Ni tengo vaqueros. De pequeña mi madre me enseñó que las chicas no deben llevar zapatillas de deporte, o simplemente pantalones, y aunque me costó acostumbrarme entonces (tampoco me dejaban montar en bici), ahora prefiero los zapatos femeninos y elegantes.

– ¿Qué les pasa a éstos?

– Vamos a ir andando, Navi -dice-. Parecen herramientas de tortura.

No abro la boca. Fuera empieza a nublarse. A pesar de sus advertencias, no me cambio de zapatos. Se rinde diciendo:

– Como quieras. Son tus pies.

Y por supuesto, quiere llevar el coche porque cree que el Foro está demasiado lejos del hotel como para coger un taxi. No digo nada. Echa un vistazo al pequeño mapa y hace lo que puede, y yo paso todo el camino agarrándome al techo, a la puerta y al salpicadero porque parece que en cualquier momento puede embestirnos un conductor italiano enloquecido. Aparca en un espacio reservado a los turistas y caigo en que el parking cuesta lo que calculé que podría costar el taxi hasta allí. Mantengo la boca cerrada. Cuando salimos del coche empieza a chispear. Menos mal que he traído paraguas porque Dios sabe que el nene no es muy práctico.

Juan coge su camarita de fotos barata y polvorienta y se pone a fotografiarlo todo. Le sigo e intento mantener el ritmo. Me resulta muy duro, pero parece no darse cuenta. Da carreritas hasta donde esté sentada descansando, musitando sobre la historia y el «ambiente». Entonces dice que quiere subir al Palatino, esa enorme colina donde hacían sus casas los ricos. Sube, nena. Apenas puedo caminar y él quiere trepar. Le digo que lo espero abajo, cerca del arco de Tito.

– ¿Segura? -pregunta.

Miro a mi alrededor. Acaba de llegar un autobús lleno de canosos de Nevada.

– Oh, segura -digo.

Llueve cada vez más.

– Lo estoy pasando genial, Juan. No te preocupes por mí. Me encantan los edificios viejos y la gente mayor.

Juan agita su cabeza y suspira:

– Vamos, Navi -dice-. Es un lugar increíble. Subimos y echamos un vistazo. Dicen que la vista desde arriba es fantástica.

– No, gracias.

– No importa -dice-. Me quedo contigo. No quiero dejarte sola. Además, está lloviendo.

– ¿Ah, sí? -pregunto sarcástica.

«Lo siento, Lauren», pienso. No puedo mantener mi promesa, mi'ja. Tengo hambre y estoy empapada y cansada, y mi capa empieza a oler a perro mojado.

– A lo mejor nos da tiempo a ver el Vaticano hoy -sugiere.

Me encojo de hombros. Me tiende la mano para ayudarme e intenta abrazarme y besarme diciendo estupideces como lo romántica que puede ser Italia bajo la lluvia. Tengo frío. Tengo hambre. Me duelen los pies. Le aparto de un empujón.

Volvemos al coche. Juan le pregunta al encargado del aparcamiento cómo llegar al Vaticano con su pobre italiano y el tipo nos indica hablando a una velocidad que aturde. Juan se lo agradece y se lanza al tráfico kamikaze otra vez.

– ¿Sabes adonde vas? -le pregunto.

Estoy segura de que no.

– Claro -dice intentando sonar alegre. Levanta un puño, y como quien dice «Adelante mis muchachos», grita-: ¡Al Vaticano! ¡A ver al Papa!

Mi estómago ruge tan alto que lo oye. Me mira y se golpea la frente con la palma de la mano.

– Oh, Navi, lo siento -dice mirando el reloj-. Se me ha pasado la hora de comer. Estoy despistado con el cambio horario. ¿Tienes hambre?

Casi nunca come, y es flaco. Cómo no iba a olvidar la comida. Quiero decir, estamos en Roma. ¿Quién quiere comer aquí?

No respondo. Le clavo la mirada y espero que se dé cuenta de lo mal que me lo estoy pasando hoy. Traga saliva y vuelve a preguntarme si tengo hambre. Mascullo entre dientes:

– ¿Tú qué crees?

Empieza a deambular de calle en calle, al azar, esquivando niños, y gatos y perros callejeros en busca de un restaurante. Se para en el primero que le parece bien. Es una trattoria con mala pinta a los pies de un edificio sosísimo, dentro hay unos viejos de aspecto lamentable fumando puros y viendo un partido de fútbol en una tele en blanco y negro. Juan se las apaña para aparcar cerca, y cuando entramos nos mira todo el mundo. ¿Qué pasa?, me gustaría decir, ¿acaso nunca han visto una señora con estilo y buen gusto? Dios. Juan parece encantado, como si hubiera encontrado un tesoro escondido.

Me pregunta qué quiero y respondo que no lo sé porque no entiendo el «menú», una pizarra vieja y polvorienta llena de esas estúpidas palabrejas italianas. Una mujer con marcadas ojeras rodeada de una prole de niños con la cara sucia que van tirándole del delantal intenta entender a Juan, y minutos más tarde nos sirve un par de platos con algo que parece carne y pasta. Me lo como. No está mal, de verdad, pero no es precisamente una comida de cinco tenedores. El vaso de agua está grasiento, como el del hotel.

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