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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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Concluido el interludio en el Vector de Vigilancia Uno, Sadrac se dirige a la habitación del Khan para escoltarlo en el paseo en camilla, ya tan conocido y tradicional, desde los aposentos imperiales hasta la Sala de Cirugía. Se pregunta cual será su reacción cuando enfrente a Genghis Mao cara a cara. Ahora que sabe la verdad, su expresión lo traicionará, seguramente, y el Khan, astuto desde hace casi noventa años, advertirá de inmediato que la víctima elegida ya conoce sus planes infames. Pero Sadrac se equivoca, porque su misteriosa serenidad de espíritu no lo abandona cuando enfrenta la mirada del Khan: el presidente es el paciente, él es el médico, los sensores siguen vibrando, transmitiendo información. Eso es todo, nada ha cambiado en su relación con Genghis Mao. Sadrac lo mira al Khan y piensa: Tú estás tramando apoderarte de mi cuerpo, pero al pensarlo, no siente nada, nada, como si no fuera verdad.

—Y, Sadrac. ¿cómo estoy esta mañana? —pregunta Genghis Mao en tono jovial.

—Espléndido, señor. Como nunca.

—¿Me quitarán el corazón?

—Sólo la aorta, esta vez —dice Sadrac, al tiempo que le hace una señal a los asistentes para que conduzcan la camilla.

Y así pues, todos reunidos una vez más en la Sala de Cirugía: el presidente, el médico, el cirujano, el anestesista, las enfermeras y los ayudantes, todos esterilizados, con su camisolín y barbijo. La habitación, como siempre, está iluminada con luces resplandecientes; la transparente burbuja aséptica se cierra y las computadoras empiezan a funcionar, brillando con coloridas lucecitas verdes, rojas y amarillas; los filtros comienzan a filtrar y las bombas a bombear; la nueva sección aórtica (¿la de Buckmaster?) descansa en su recipiente, fresca y saludable, lista para ser instalada en el abdomen de Genghis Mao.

Warhaftig, confiado y sereno, se prepara una vez más para abrir el cuerpo enjuto y pequeño de Genghis Mao.

—¿Presión sanguínea? —pregunta.

—Normal —responde Sadrac.

—¿Respiración?

—Normal.

—¿Plaquetas?

—Normal. Normal. Todo normal.

Sadrac sabe que si Genghis Mao llega a morir en la operación, el Proyecto Avatar dejaría de ser una amenaza: ninguno de los tres proyectos está preparado aún para ser llevado a la práctica, y si Genghis Mao no sobrevive a la operación, no habrá esperanzas de reencarnación y probablemente desaparecerá el Comité Revolucionario Permanente, y todo el frágil sistema de la depolarización centrípeta se transformará en polarización centrífuga y se hundirá en el caos al instante en que la legendaria figura de Genghis Mao desaparezca de escena. A Mordecai le resultaría muy fácil hacer que eso suceda: codearlo a Warhaftig, por ejemplo, en el preciso momento en que manipula el bisturí laser sobre el abdomen de Genghis Mao; luego podrá deshacerse en disculpas, pero el daño ya estará hecho. Otra manera más sutil de lograrlo sería suministrarle al equipo de médicos información errónea, datos inexactos del organismo de Genghis Mao: todos confían en el doctor. Mordecai y nadie, por lo tanto, se tomará el trabajo de controlar sus datos con las cifras que indican los telemedidores o registradores. De esa manera, pues, podría ocasionarle al presidente daños irreparables, como por ejemplo, escasez de oxígeno, que le causaría la muerte antes de que Warhaftig advierta lo que sucede. Luego las disculpas: "Realmente, no entiendo cómo los nódulos han recogido información tan desacertada". No tiene por qué temer que le hagan un juicio por mal ejercicio de la profesión, ya que, una vez destruido Genghis Mao, se derrumbará toda la estructura y nadie se pronunciará en contra de. Sadrac cuando eso suceda. Pero no, Sadrac Mordecai no hará tal cosa, no provocará la muerte de Genghis Mao, de ninguna manera, ni aun sabiendo que el presidente se propone activar el Proyecto Avatar antes del martes próximo. El doctor Mordecai, en peligro o no, es ante todo, un médico, un médico dedicado a su profesión, lo suficientemente joven e ingenuo, todavía, como para responder con seriedad a su juramento hipocrático, bajo el cual declaró mantener puras y sagradas su vida y su arte, y prometió servir a los enfermos y abstenerse de todo daño y deshonestidad intencional. Así sea, entonces. Sadrac Mordecai, doctor en Medicina, graduado en la Universidad de Harvard en el año 2001, no violará la fe sagrada: Genghis Mao es su paciente; Genghis Mao no morirá en manos de Sadrac Mordecai. Tal vez este razonamiento sea ridículo, pero no deja. de exaltar su honor profesional.

La operación se lleva a cabo sin mayores inconvenientes. Un corte aquí, un corte allá, y Warhaftig extrae la sección de la aorta atacada por la infección, una soldadura aquí, otra allá y el injerto ya está instalado. La circulación se mantiene en actividad por medio de oxigenadores corazón-pulmón. El Khan observa todo el proceso, consciente y alerta, haciendo gestos de aprobación mientras Warhaftig ejecuta admirables verónicas y entrechates y passades. El presidente entiende a la perfección todo lo que sucede: ha insto a tantos cirujanos operando (más que yo, piensa Sadrac) que bien podría llevar a cabo una intervención quirúrgica sin que nadie lo dirija. Los elegantes dedos de Warhaftig cierran la incisión. Puesto que sólo han pasado dos semanas desde la operación de hígado, los tejidos están sensibles y enrojecidos, y, por lo tanto, será necesario tomar medidas profilácticas especiales, qué Warhaftig lleva a cabo con su delicadeza característica. La aprobación del Khan se refleja en su sonrisa amplia.

—Buen trabajo —le dice a Warhaftig—. Las dos orejas y la cola.

Sadrac se va, llevándose la aorta que acaban de extraer del abdomen de Genghis Mao. Aunque Warhaftig no le pide explicaciones, Sadrac le dice que se la lleva para someterla a algunas pruebas. ¿Pero qué datos nuevos puede obtener acerca de esta porción de tejido viejo y marchito, de este tubo agotado? Como todo coleccionista apasionado, Sadrac quiere conservar esta pieza auténtica del cuerpo autentico de Genghis II Mao IV Khan, como un ornamento para su pequeño museo de souvenirs médicos. Una reliquia de uno de los pacientes más famosos de toda la humanidad. Sadrac conoce una histeria, probablemente una historia apócrifa, que cuenta cómo el médico que llevó a cabo la autopsia de Napoleón extrajo el pene imperial y lo conservó como un recuerdo del difunto emperador. Luego lo donó a un colega, quien finalmente lo vendió a un precio descomunal, y así fue pasando de la colección de un medico a la colección de otro, hasta que desapareció por completo en la confusión de alguna guerra del siglo XX. Asimismo, se han elaborado historias en torno a extravagantes fragmentos del cuerpo de Hitler, Stalin, Jorge Washington y Catalina la Grande. Sadrac lamenta no haber llegado a tiempo para poder reunir algunos de los órganos realmente significativos del Khan, como por ejemplo, un riñón, o un pulmón o el corazón o el hígado; cuando él adquirió su puesto actual, los órganos originales de Genghis Mao ya habían sido extraídos y reemplazados, algunos más de una vez, a través de transplantes. Sadrac no ve ningún valor en conservar en su colección el cuarto hígado de Genghis Mao, o el octavo bazo, o el decimotercer riñón. No obstante, reconoce que todos estos residentes temporarios del Khan están mucho más íntimamente ligados a Genghis Mao que, por ejemplo, sus pantuflas o su reloj pulsera. Con todo, prefiere conservar somatoplasma verdadero y, por lo tanto, lo mejor que puede hacer ahora es apoderarse de un trozo de aorta auténtica.

Allí está el aneurisma, grande y maduro, a punto de reventar. Unos días más y pudo haberse roturado. ¡Plop! Y adiós Genghis Mao. El presidente y Mangú pudieron haber compartido el funeral del sábado si Sadrac no hubiera sentido extrañas vibraciones en los sensores que controlan el sistema circulatorio y si no hubiera adivinado el significado del mensaje interno. Sí, le salvé la vida al Khan una vez más, y una vez más se ha recuperado, y una vez más goza de perfecta salud. Perfecto. Perfecto. ¡Que viva quinientos años y que yo siga siendo su medico para siempre!

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