Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
—¿Puedo hablar con la doctora Crowfoot, por favor? —dice Sadrac.
—Lo siento. La doctora Crowfoot no está. Tal vez yo pueda ayud…
—¿Volverá por la tarde?
—La doctora Crowfoot no vendrá en todo el día, doctor Mordecai.
—Necesito verla.
—Está en su departamento, doctor. Está en cama y pidió que la dejaran descansar.
—¿Esta enferma? ¿Qué le pasa?
—Un leve malestar. Fiebre y dolores de cabeza. Me pidió que si usted llamaba, le dijera que todavía estamos analizando los problemas de recalibración, pero que por el momento no hay nada que informar, ni…
—Danke, doctor Eis.
—Bitte, doctor Mordecai —responde el doctor Eis en tono cortante, al tiempo que Sadrac borra la imagen.
Marca el número de Nikki, pero, no, ya está cansado de excusas y evasiones y rodeos y frialdades. A ella le resulta muy fácil negarse por teléfono. Está vez irá directamente a su habitación, aunque no lo hayan invitado.
Toca el timbre, pero Nikki no le abre, a pesar de que a través de la pantalla de la puerta puede comprobar quién está afuera. Después de un momento dice:
—¿Qué quieres, Sadrac?
—El doctor Eis me dijo que estabas enferma.
—No es nada grave. Sólo un malestar.
—¿Puedo entrar?
—Estaba tratando de dormir un poco, Sadrac.
—No me quedaré mucho tiempo.
—Pero no me siento bien. Preferiría estar sola.
Sadrac está a punto de irse, pero, a pesar de que sabe que esta insistencia maníaca no le hará nada bien, le cuesta irse sin verla.
—Por lo menos déjame ver si puedo recetarte algo, Nikki. Soy médico, después de todo.
Se produce un silencio prolongado. Sadrac ruega que no suba ningún conocido. No le gustaría que lo vieran en el hall, pidiéndole a Nikki que lo deje entrar, como un Romeo enfermo de amor. Finalmente, la puerta se abre y Sadrac entra.
Nikki está en la cama, realmente enferma: la cara colorada y afiebrada, los ojos húmedos e inflamados. Contra la voluntad de Nikki, Sadrac abre la ventana para renovar el aire ya enrarecido y congestionado de la habitación. Nikki se incorpora en la cama, temblando bajo la frazada. Sadrac advierte que está desnuda.
—Deberías ponerte el pijama si tienes frío —le dice.
—No. Odio usar pijamas. No sé si tengo frío o calor.
—¿Me dejas revisarte?
—No estoy enferma, Sadrac.
—No importa, quiero asegurarme.
—¿Temes que se trate de descomposición orgánica?
—Un control no cuesta nada, Nikki. Es sólo un momento.
—Es una lástima que no puedas elaborar un diagnóstico a través de tus aparatitos internos, como lo haces con Genghis Mao. De esa manera no tendrías que molestarme para nada.
—No. No puedo —dice Sadrac— Pero de todas maneras, te aseguro que haré una revisación rápida.
—Está bien —acepta Nikki finalmente. Durante toda la conversación, Nikki no lo ha mirado a Sadrac ni una sola vez, y esto lo perturba—. Adelante. Juega al doctor conmigo, si es necesario.
Sadrac la destapa, y al hacerlo, siente una curiosa inhibición, como si el alejamiento de los últimos días le hubiera quitado de alguna manera los privilegios tradicionales de que gozan los médicos. La actitud del doctor Mordecai, sin embargo, es perfectamente lógica, ya que el único paciente que ha atendido, desde que egresó de la escuela de Medicina, ha sido Genghis Mao, y, hasta que lo nombraran médico personal del Khan, se dedicó exclusivamente a investigaciones gerontológicas. Por lo tanto, nunca ha experimentado la indiferencia que muestran los médicos frente a un cuerpo desnudo, pero además este paciente es Nikki Crowfoot, la mujer que ama, y su figura desnuda es más que un objeto para Sadrac Mordecai. Finalmente, logra adquirir su calidad de profesional y la examina sin perturbarse, transformando los pechos de Nikki en dos montículos de carne y los muslos, en columnas de piel y músculos. Controla el pulso, palpa el abdomen y el pecho, y comprueba que el autodiagnóstico que había elaborado Nikki es exacto: no hay principios de desgaste orgánico, se trata tan sólo de un malestar insignificante, unas líneas de fiebre, pero nada serio. Con la ayuda de medicamentos, un par de píldoras y algo de descanso, podrá recuperarse en un día o dos.
—¿Satisfecho? —dice Nikki en tono burlón.
—Dime, Nikki, ¿te cuesta tanto aceptar el hecho de que tú me preocupas?
—Te dije que no tenía nada grave.
—No importa. Me preocupo igual.
—¿El hecho de revisarme, entonces, te tranquiliza?
—Supongo que sí —admite Sadrac.
—En este momento estaría profundamente dormida si tú no hubieras venido a ofrecerme la gracia de tu poderosa habilidad profesional.
—Lo siento.
—Está bien, Sadrac.
Nikki se acurruca debajo de las frazadas, dándole la espalda a Sadrac, que permanece silencioso junto a la cama: querría hacerle mil y una preguntas, imposibles de formular, quiere saber qué sombra se ha interpuesto entre los dos, qué frialdad distante y misteriosa ha transformado a Nikki, por qué no lo mira a los ojos cuando le habla. Después de un momento se limita a preguntarle cómo marcha el Proyecto Avatar.
—¿No hablaste con Eis? —dice Nikki—. Estamos recalibrando. Nos llevará bastante tiempo hacer las correcciones necesarias para el nuevo donante. Realmente es un trabajo agotador.
—¿Cuánto tiempo les llevará, exactamente?
Nikki se encoge de hombros.
—Con un poco de suerte, un mes. O tres, o seis. Todo depende.
—¿De qué?
—De… de… ¡Ay, por Dios! Mira, Sadrac, realmente no tengo ganas de hablar de mi trabajo en este momento. Me siento mal. ¿Sabes lo que es sentirse mal? Me duele la cabeza. Me duele el estómago. Siento hormigueos en todo el cuerpo. Quiero descansar. No quiero hablar de mis problemas de investigación.
—Lo siento.
—Me haces el favor de irte.
—Sí. Sí. Te l amaré mañana ala mañana para ver cómo sigues, ¿eh?
Nikki hunde la cabeza en la almohada y murmura algo ininteligible.
Sadrac se dirige hacia la puerta y, en un último intento de acercamiento dice:
—Ah… ¿escuchaste lo que se rumorea sobre la muerte de Mangú?
—No escuché nada —responde Nikki con voz quejosa e indiferente—, pero, adelante, cuéntame de qué se trata.
—Dicen que. Mangú se suicidó porque alguien del Proyecto Talos le dilo que él iba a ser el donante para Avatar —Sadrac elabora las palabras con cautela, para no sentir que está violando la confianza de Katya Lindman.
Nikki se incorpora, lo mira a Sadrac con ojos enormes. Su rostro se ilumina en una expresión de alarma.
—¿Qué? ¿Qué? ¡No lo sabía!
—Son rumores.
—¿Y quién se lo dijo?
—No se sabe.
—Fue Lindman, ¿no es cierto?
—Son sólo rumores, Nikki. No hay nombres y, además, no creo que Katya sea capaz de hacer algo tan poco digno de un profesional.
—¿Ah no?
—No creo. Si lo que dicen es verdad, habrá sido algún empleadito ambicioso, algún programador de tercera. Si es verdad, porque, tal vez, no haya nada de cierto en todo esto.
—Pero, parece cierto —el cuerpo brillante de Nikki palpita bajo una película de sudor—. Es lo mejor que se le pudo haber ocurrido a Lindman para perjudicarme. ¡Oh! ¡¿Por qué no lo pensé antes?! ¿Cómo no me di cuenta de…?