Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
4 de junio de 2010
Hoy inició sus actividades el nuevo médico Sadrac Mordecai, un nombre extraño. Americano, inteligente, formal. Me tiene terror, pero ya se le pasará. ¡Está tan tenso cuando está conmigo! Se ha especializado en gerontología, y durante varios anos fue miembro del personal del Proyecto Fénix. Esta mañana le dije: "Usted y yo haremos un, pacto. Usted cuida de mi salud, y yo de la suya. ¿Qué le parece? "Sonrió, pero su sonrisa transparentaba una especie de turbación. Tal vez fui algo torpe.
Sadrac logra de alguna manera concluir la actualización de la historia clínica y comienza con la próxima tarea que consiste en la lectura del informe del proyecto a cargo de Irayne Sarafrazi. No hay nada nuevo: Fénix continúa desvirtuado por los problemas del deterioro de las células cerebrales y, como lo había previsto Sadrac, hay muy pocas esperanzas de obtener resultados satisfactorios. De todas maneras, debe leer el informe y pensar en alguna observación alentadora. La voz solapada, sin embargo, continúa retumbando en su cabeza, y lo distrae con arranques de fantasía. Sadrac sigue trabajando con tenaz perseverancia, tratando de ignorar la estática mental.
15 de mayo de 2012
¡Una noticia horrorosa! Asesinaron a Mangú. Horthy irrumpe en mi habitación, y, entre gritos histéricos, me dicte algo de cuerpos que caían en el vacío. ¿Cómo es posible? Entraron en el dormitorio de Mangú sin que nadie los advirtiera, lo llevaron a la ventana y… ¡abajo! ¡Oh, qué amargura, qué terrible! ¿Qué haré ahora? Han frustrado el plan que tenía preparado para Mangú. Sadrac me dice que el Proyecto Fénix está obstaculizado por problemas biológicos, probablemente para siempre. El Proyecto Talos avanza con lentitud, y, en realidad, nunca me gustó la idea de Talos. El único recurso, por lo tanto, es Avatar, y Avatar sin Mangú…
Ya sé. Utilizaré a Sadrac. Bella figura… Me sentiré feliz en ella. Y negra. Una novedad. Debo experimentar todas las variedades de las razas humanas. Tal vez, cuando el cuerpo de Sadrac envejezca, me traslade a un cuerpo blanco… ¿por qué no al de una mujer… o al de un gigante… o un enano…? Hay muchas posibilidades.
Sadrac ha sido un compañero agradable y un muy buen médico. Pero hay otros médicos, y la compañía cada vez me interesa menos. Quizá me sienta culpable por destruirlo, pero sólo por un rato, por un día tal vez, o por dos. Debo superar esos sentimientos.
16 de mayo de 2012
Sigo pensando en la elección de Sadrac como reemplazante de Mangú. No puedo evitar los remordimientos. ¿Pero por qué? No es mi intención asesinarlo, sino ennoblecerlo, transformando su cuerpo en portador de inmenso poder. Sé que él podría decirme que, si bien lo que me propongo hacer no es un asesinato, en el cabal sentido de la palabra, es una forma de esclavitud, y su raza ya ha tenido que soportar muchos años de esclavitud. Pero Sadrac no es uno de sus antepasados, y además, la Guerra del Virus ha saldado la vieja deuda, destruyendo a esclavos y patrones sin discriminación, matando a generales y a niños. Los que siguieron viviendo después de la guerra, lo han hecho en calidad de sobrevivientes, nada más, individuos sin pasado, liberados a un nuevo sistema de cosas en el que la historia nace fresca y virgen cada día. ¿Qué significado tienen hoy los pecados de aquellos que sometieron a los negros a la esclavitud? La sociedad, la trama de relaciones que se fue desarrollando bajo el estímulo de fa esclavitud y sus consecuencias, y aun de la emancipación y sus consecuencias, ya han desaparecido. Yo soy Genghis Mao y exijo el cuerpo de Sadrac Mordecai. No tengo por qué contrariarme por culpas ajenas. No soy alemán: puedo condenar a los judíos si es necesario, sin tener que disculparme por los pecados del pasado. No soy blanco, y por lo tanto, estoy en plena libertad de esclavizar a un negro. El pasado ya no existe, las páginas de la historia están vacías. Por otra parte, si las normas de la historia siguen en vigencia, yo soy mogoclass="underline" mis antecesores esclavizaron a la mitad del mundo. ¿Por qué habría de ser menos, entonces? El cuerpo de Sadrac Mordecai será mío.
27 de mayo de 2012
Controlé las cintas de las distintas conversaciones de esta semana y descubrí que Katya Lindman le dijo la verdad a Sadrac, que será el próximo donante para Avatar. Katya habla demasiado, no quería que Sadrac lo supiera, pero lo dejaré pasar. Ahora que lo sabe todo, debo controlarlo de cerca. Los pesares de la humanidad me han hecho conocer el arte de gobernar. O, para ser más rudo, me encanta verlos aterrorizados. ¿No es horrible mi actitud? Sí. ¿Pero, acaso no he ganado el derecho de entregarme al placer de pasatiempos maquiavélicos? Yo, que soporté la carga del poder durante catorce años. No fui ni Hitler ni Calígula, pero, sin embargo, el poder me autoriza a gozar de ciertos entretenimientos, como recompensa por soportar esta carga y esta terrible responsabilidad. Lo extraño es que Sadrac no está aterrorizado aún. Su serenidad me desconcierta. Seguramente no cree que lo que le dijo Katya es la verdad. Aun no lo ha asimilado, pero lo hará. Espera. Tan sólo espera, que tarde o temprano reaccionará.
De pronto, este juego deja de ser un entretenimiento para Sadrac. Ya no hay nada de divertido en estos hábiles ejercicios de paralaje irónica, en estos experimentos de perspectiva psicológica. La distancia entre él y su fantasía se ha acortado de pronto y lo lastima hasta lo más hondo de su ser, lo hiere, lo hiere con asombrosa intensidad. En los últimos diez minutos logró perforar su imperturbable ecuanimidad y no sólo está aterrorizado ahora, sino que tiene el alma hecha pedazos, presa del dolor, el miedo y la indignación. Siente que todos han conspirado en su contra para venderlo. Él, el ingenioso, mundano, elegante, sensible y devoto Sadrac Mordecai, es otro negro más, disponible para el sacrificio, Esa es la realidad, si lo que le dijo Katya es cierto… si es cierto… si es cierto. Sadrac está atormentado. Aquí, ahora, esto es el horno de fuego ardiente del Libro de Daniel. Sí, y él está entre las llamas. La sombra siniestra de Genghis Mao pesa sobre Sadrac. Un día vendrán a buscarlo, le conectarán electrodos al cerebro y anularán su alma, única e irremplazable, para filtrar, en su lugar, la mente ladina de ese viejo mogol. ¿Así sucederá? Sí, eso es lo que dice Katya. ¿Y es posible creer semejante cosa? ¿Hay que creer semejante cosa? Tiembla. El terror lo azota como un torbellino helado. Paz. Por favor, un poco de paz: podría inyectarse una dosis del tranquilizante de Genghis Mao, una buena dosis de 9-pordenone o algo más fuerte, pero a Sadrac no le gusta tomar calmantes en plena crisis. Necesita estar más lúcido que nunca.
¿Qué hará?
Sabe cuál es el primer paso que debe dar, y también sabe que debió haberlo dado ayer: irá a verla a Nikki Crowfoot otra vez. Necesita hacerle algunas preguntas.
CAPÍTULO 17
Nikki está pálida y demacrada. Aunque todavía no está totalmente repuesta del malestar de ayer, es obvio que ya se siente algo mejor. Se comporta como si supiera la razón de la visita de Sadrac, a quien le bastan unas pocas expresiones rudas para obtener la respuesta que no quiere escuchar. Sí, es verdad. Sí. Sí. Nikki balbucea una confesión perdida entre rodeos y evasiones. Sadrac la escucha y luego le reprocha sereno:
—Podrías habérmelo dicho antes —sus ojos se clavan en los de Nikki, quien esta vez no aparta la mirada: ya no hay secretos entre los dos, ya ha admitido la monstruosa verdad; por lo tanto, puede mirarlo de frente otra vez.
—Pudiste habérmelo dicho —dice Sadrac—. ¿Por qué no me lo dijiste, Nikki?