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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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23 de enero de 2012

Reunión plenaria del Comité. Horthy, Labile, lonigylakis, Eyuboglu, Lapostolle, Farinosa, Parlator, Blount. Los burócratas más destacados. Moscardones, moscardones, moscardones, y yo los escucho, sin escucharlos. Son máquinas. El Comité mismo es una máquina que yo construí, un mecanismo frágil e inútil, como un reloj sin agujas. Cuando yo me muera, si me muero, el día que me muera el Comité se derrumbará. Hoy deje que Mangú presidiera la sesión. Poco a poco hago que se acostumbre a la responsabilidad y a la sombra de autoridad que nunca tendrá. Está fascinado con esta multitud de burócratas aburridos, estos apparatchiks, como un niño que, fascinado por el zumbido de moscas que revolotean en el estiércol, no se fija en el estiércol. ¿Era esto lo que yo tenía en mente cuando tomé las riendas del mundo, que iba a crear un Comité Revolucionario Permanente de moscas revoloteando en el estiércol? ¡Revolucionarios! Lapostolle duerme; Farinosa se retuerce esa larga nariz y no piensa en otra cosa que Karakorum; el estómago de lonigylakis retumba en burbujeos. Debería haber nombrado a más mogoles como miembros del Comité: estos extranjeros blancos no tienen dinamismo. Pero necesito a los mogoles en otra parte. No querría que se transformaran en moscardones. ¡Roncan, roncan, roncan! Hoy ha vuelto a nevar. Podría escaparme de la reunión del Comité, salir del edificio sin que nadie me vea, y encontrarme con la nieve, recostarme en ella, rodar, embriagar el aire con copos blancos. Cabalgar toda la noche, sin montura; dejar que las herraduras se hundan silenciosas en la blancura, hombre y bestia atravesando la estepa sin pausa, un mendrugo para mí, una bota de piel de cabra llena de airag para beber en el camino… Yo, que soy un anciano, seguiré siendo. joven por siempre jamás. ¡Y ellos, ellos son viejos! Pero, seguramente, Sadrac me prohibiría salir. Yo gobierno al mundo, y él me gobierna a mí. ¿Y si insisto? ¿Acaso tengo que soportar a esos moscardones, cuando el Gobi está cubierto de nieve fresca? Podrá reemplazar un riñón dañado. Sí, eso es lo que le diré. O no costará nada curar la nariz congelada dé un anciano. Sí. Sí. Iré. Debo escapar de este aburrimiento.

¿Era esto lo que tenía en mente cuanto tomé las riendas?

¿Qué era lo que tenía en mente? ¿Acaso tenía algo en mente además de la idea de que todo se esta desintegrando y de que era mi labor evitar que el mundo desapareciera por completos Creo que eso fue lo único que pensé. El mundo esta sumergido en el caos. ¡Cómo aborrezco el desorden! Todo era confusión, todo estaba alterado: muerte de pueblos y naciones; malones de hombres descontrolados que se arrastraban por el mundo, la simplicidad había desaparecido de la Tierra. Amo la simplicidad, una estructura sencilla y organizada, armónica y satisfactoria, una nación, un gobierno, un código de leyes, todo unificado hacia un horizonte. Yo tenía setenta y tres años, y desbordaba de vigor; el mundo tenía millones de años, y estaba consumido por el agotamiento. Yo no podía soportar el caos. Pienso que todos aquellos que llegaron a gobernar el mundo no lo hicieron porque amaban el poder, sino porque odiaban el caos. Napoleón, Atila, Alejandro Magno, el gran Genghis, y aun Hitler, ese pobre demente, deseaban la sencillez, la simplicidad, tenían visión de! orden; sí, y la única manera de lograr ese orden era imponerse sobre el mundo. Eso es lo que hice yo. Claro que, finalmente, la mayoría de ellos empeoró el caos que querían eliminar y tuvieron que eliminarse a ellos mismos. Hitler, por ejemplo. Yo no cometí ese error. Lucho en contra de la entropía, me ofrezco, ofrezco a Genghis II Mao IV Khan como el símbolo de la unificación, el centro de la energía mundial, el cristal de la simplicidad. Pero, ¡oh Padre Genghis, estas sesiones plenarias, estos moscardones revoloteando en el estiércol! Padre Genghis, ¿tuviste alguna vez a un Horthy que te sermoneara? ¿Tuviste que aguantar a un Parlaton o. a un Blunt, mientras soñabas en un caballo veloz y en la brisa helada? ¡Oh! ¡Oh! ¿Fue para esto queme hice cargo del caos de un mundo putrefacto que se hacía pedazos?

Sadrac se pone de pie. Ya es hora de terminar con esta fantasía y disponerse a cumplir con las responsabilidades y obligaciones. Tiene que redactar algunos informes y supervisar proyectos: por empezar, debe actualizar la historia clínica de Genghis Mao con un relato conciso del transplante de aorta de hoy, lo que significa cotejar una serie de textos impresos y seleccionar, de esa información fragmentaria y no elaborada, los puntos significativos de un esquema médico eficaz. Muy bien. Oprime las teclas correspondientes para obtener los detalles de la operación de esta mañana, pero no puede concentrarse en su tarea:. la voz de Genghis Mao invade su mente como en sueños, dictándole jirones extraviados de memorias imaginarias:

27 de mayo de 1998

Esta mañana, el gobierno de la República Popular ha quedado acéfalo, y pienso que en muy pocas horas se derrumbará por completo. Shirendyb el quinto primer ministro en las últimas seis semanas, ha muerto anoche de descomposición orgánica. Ya no queda nadie en el politburó; el presidium está totalmente destruido. Las calles de Ulan Bator están atestadas de gente, un torrente lento y constante de carretas tiradas por bueyes y carros en condiciones deplorables que, en, busca de asilo, se dirigen a… ¿a dónde? En todas partes es lo mismo. Esto es el fin, la muerte de nuestra sociedad. Hace sólo diez años pensaba que el cambio radical era imposible. Luego estalló el volcán, reinó el terror, las rebeliones, la Guerra del Virus, la descomposición orgánica, y tres mil millones de seres humanos han muerto, y las instituciones se derrumban como enormes edificios endebles en un terremoto. No me iré de Ulan Bator. Creo que por fin me ha llegado el momento, pero el gobierno que proclamaré no se llamará república popular.

16 de noviembre de 2008

Para celebrar el décimo aniversario de mi reincido, viajé a Karakorum y presidí la inauguración del nuevo complejo recreativo. Me invitaron a participar de los entretenimientos que llaman "muerte onírica" y "transtemporalismo". Elegí la muerte onírica. La irresistible fascinación de lo mórbido, especialmente, la ilusión de lo mórbido. El rito se lleva a cabo en una tienda repleta de motivos seudoegipcios. Antiguos dioses monstruos suspendidos como gárgolas. Me parecía sentir el olor al barro del Nilo, y el zumbido de las moscas en el aire. Sirvientes enmascarados, luces brillantes. Se deshacían por atenderme. Yo era el único visitante que estaba allí, desde luego. Dejé que me hipnotizaran custodiado por un cuerpo de selectos guardias de seguridad. La sensación de la muerte. La idea es convincente. (¿Quién de nosotros, los vivos, sabe cómo es?) Después un sueño. Pero el mundo que vi en el sueño es el mismo mundo que veo cuando estoy despierto. Me prometieron ilusiones y fantasías surrealistas. No vi nada de eso. ¿Acaso me engañaron? ¿O es que tienen miedo de dejar que Genghis Mao experimente la verdadera sensación?

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