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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Llegó a Ebury Street y llamó a la puerta del número treinta y cuatro. Le abrió Janet, la criada, que le sonrió con incertidumbre, como si él le agradara pero supiera demasiado bien qué le traía por allí. Le acompañó a la sala de día y le pidió que esperara mientras averiguaba si la señora Duff le recibiría.

No obstante, cuando la puerta se abrió fue Hester quien entró apresurada, cerrándola tras de sí. Iba vestida de azul, el pelo arreglado con menos severidad que de costumbre, y presentaba la tez sonrojada, aunque como muestra de vitalidad y no de fiebre o contrariedad. Siempre le había gustado, aunque ahora pensó que nunca había reparado en que fuese tan guapa, dulce y abiertamente femenina. Ése era otro de los enigmas relacionados con Monk: ¿por qué discutía tanto con ella? Sería el último hombre de la tierra en reconocerlo, pero quizá ésa era precisamente la razón: ¡no se permitía verla tal como era en realidad!

– Buenos días, Hester -saludó, en tono informal, haciéndose eco de sus pensamientos más que de sus acostumbrados modales.

– Buenos días, John -contestó, sonriendo con un deje de regocijo además de amistad.

– ¿Cómo se encuentra el señor Duff?

La sonrisa se desvaneció, y con ella la luz de su rostro.

– Sigue muy mal. Sufre unas pesadillas espantosas. Anoche tuvo otra. Ni siquiera sé cómo ayudarle.

– No cabe duda de que vio lo que le ocurrió a su padre -dijo Evan, con pesar-. ¡Ojalá nos lo pudiera contar!

– ¡No puede! -dijo Hester al instante.

– Ya sé que no puede hablar pero…

– ¡No! No puedes interrogarle -interrumpió-. De hecho, lo mejor sería que ni lo vieras. En serio. No es que quiera ponerte obstáculos. Me gustaría saber quién asesinó a Leighton Duff y le hizo esto a él tanto como a ti. Pero mi mayor preocupación debe ser su restablecimiento. -Lo miró con seriedad-. Así es como debe ser, John, sin que importe nada más. Yo no podría ocultarte un crimen, o decirte algo que no fuese cierto a sabiendas, pero tampoco puedo permitir que le causes la aflicción y el daño físico que puede provocarle el que trates de forzarle a recordar lo que vio y sintió. Y si hubieses presenciado sus pesadillas como yo lo he hecho, te aseguro que no lo discutirías. -Tenía la mirada ensombrecida y el rostro transido por la aflicción, y Evan la conocía lo bastante para interpretar en su expresión mucho más de lo que expresaba con palabras.

– Además, el doctor Wade lo ha prohibido -añadió-. Él ha visto sus heridas y sabe el daño que otro acceso de histeria podría causarle. Podrían volver a abrirse muy fácilmente, si se agita o hace movimientos bruscos.

– Lo entiendo -concedió, procurando no imaginar con demasiada intensidad el horror y el dolor-. He venido ante todo para informar a la señora Duff.

Hester abrió los ojos.

– ¿Habéis descubierto algo?

Pese a su expresión de curiosidad, Evan pensó que le daba miedo oír la respuesta.

– No. -Aquello no era totalmente cierto. Hester no le había interpelado abiertamente, pero de haber respondido con honestidad a la pregunta que ambos sobreentendían, le habría dicho que las primeras sospechas recaían sobre Sylvestra. No volvía a la casa porque hubiese descubierto algo, sino porque se había dado cuenta de algo-. Ojalá tuviera datos nuevos -prosiguió-. Lo que me trae hasta aquí es procurar comprender mejor los que ya tenemos.

– Yo no puedo ayudarte -dijo en voz baja-. Ni siquiera sé si quiero que descubras la verdad. No tengo idea de cuál es, sólo sé que Rhys no puede soportarla.

Evan le sonrió, y el recuerdo de las antiguas tragedias y horrores que ambos habían conocido afloró un instante de emoción compartida.

Entonces se abrió la puerta y entró Sylvestra. Ésta miró a Hester enarcando las cejas inquisitivamente.

– Miss Latterly me ha dicho que el señor Duff no se encuentra en condiciones de que le hablen -explicó Evan-. Lo lamento. Abrigaba la esperanza de encontrarlo con mejor salud, por su propio bien, así como por un pronto esclarecimiento de la verdad.

– No… Así es -dijo Sylvestra enseguida, con manifiesto alivio y un gesto de agradecimiento hacia Hester-. Lo siento, pero aún no puede ayudarnos.

– Quizá usted pueda, señora Duff. -Evan no iba a consentir que le despachara tan fácilmente-. Puesto que no puedo hablar con el señor Duff, me veo en la obligación de hacerlo con sus amigos. Puede que alguno sepa algo que nos indique por qué fue a St Giles o si conocía a alguien allí.

Hester salió en silencio.

– Lo dudo -dijo Sylvestra, casi antes de que Evan terminara de hablar; luego se arrepintió de su premura, no como si hubiese dicho una mentira, sino por el error táctico que suponía-. Quiero decir… que al menos yo no lo creo. A estas alturas, si lo supieran ya le habrían informado. Arthur Kynaston vino ayer. Si él o su hermano hubiesen sabido algo, sin duda nos lo habrían contado.

– Suponiendo que pudieran calibrar su relevancia -dijo Evan persuasivo, como si no hubiese pensado que ella se estaba mostrando evasiva-. ¿Dónde puedo localizarlos?

– Oh… Los Kynaston residen en Lowndes Square, número diecisiete.

– Gracias. Me imagino que ellos sabrán darme razón de otros amigos con los que traten de vez en cuando. -Forzó el tono desenfadado-. ¿Con quién compartía su marido los ratos de ocio, señora Duff? Es decir, ¿a quién conoce que frecuente los mismos clubes, o que tenga las mismas aficiones o intereses?

Sylvestra no dijo nada, limitándose a mirarle fijamente con sus grandes ojos negros. Evan trató de descifrar en ellos lo que pensaba, y fracasó estrepitosamente. Era diferente de cuantas mujeres había conocido antes. Irradiaba una compostura, un misterio, que ocupaban su mente cada vez que creía estar concentrado en algún aspecto del caso totalmente ajeno a ella. No acabaría de comprenderla hasta que supiera muchas más cosas acerca de Leighton Duff, de la clase de hombre que había sido: valiente o cobarde, amable o cruel, honesto o embustero, amoroso o frío. ¿Fue un hombre ingenioso, encantador, sutil, imaginativo? ¿Ella lo amaba, o fue el suyo un matrimonio de conveniencia, un acuerdo factible pero sin pasión? ¿Les había unido la amistad y la confianza?

– ¿Señora Duff?

– Pues me figuro que el doctor Wade y el señor Kynaston, principalmente -contestó-. Hay muchos más, por supuesto. Creo que tenía intereses en común con el señor Milton, de su bufete de abogados, y con el señor Hodge. En un par de ocasiones me habló de un tal James Wellingham, y mantenía correspondencia con un tal señor Phillips.

– Hablaré con ellos. ¿Podría ver sus cartas? -No se le ocurría qué relación podían tener, pero debía intentarlo todo.

– Por supuesto. -Se mostró conforme. Si Runcorn llevaba razón, su amante no se encontraba en esa dirección. No pudo evitar pensar de nuevo en Corriden Wade.

Desperdició toda la mañana leyendo la agradable pero esencialmente tediosa correspondencia con el señor Phillips, que versaba en su mayoría sobre el tema del tiro con arco. Luego se dirigió al bufete de Culingford, Duff y Asociados donde le informaron de que Leighton Duff había hecho una carrera brillante, siendo el alma mater del éxito de la firma. Su ascenso desde asociado a líder efectivo se había producido casi de manera espontánea. Todo el mundo le habló bien de su capacidad y se mostró preocupado por la futura preeminencia de la empresa en el sector, ahora que él ya no se contaba entre ellos.

Si hubo envidia o malicia en aquellas palabras, Evan no supo verla. Posiblemente careciese de la perspicacia de Monk, pero en las respuestas de sus asociados no vio nada más siniestro que el debido respeto por un colega, una decente observancia de la etiqueta que impedía hablar mal de los muertos y un acusado temor respecto a su propia prosperidad futura. Al parecer no tenían trato social con el finado, pues ninguno dijo conocer a la viuda. No los pescó en ninguna maniobra evasiva, y mucho menos mintiendo.

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