El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Lo que realmente quería era interrogar a Kynaston acerca de Sylvestra Duff. Quería saber si tenía un amante, si era el tipo de mujer que anteponía sus deseos incluso a expensas de una vida ajena. ¿Tenía la fuerza de voluntad, el coraje, el egoísmo ciego y apasionado necesarios? Ahora bien, ¿cómo iba a decirle algo así a un desconocido? ¿Cómo iba a sonsacársele contra su voluntad?
Desde luego, caminando de un lado a otro de la habitación, no. Deseó ser tan hábil como Monk. Él sabría cómo actuar.
Fue hasta la chimenea y tiró del cordón de la campanilla. Cuando la sirvienta atendió a su llamada manifestó su deseo de ver a la señora Kynaston. La muchacha le dijo que iría a preguntarlo.
No tenía ninguna idea preconcebida acerca de ella y aun así Fidelis Kynaston le sorprendió. A primera vista habría dicho que era poco agraciada. Sin duda había cumplido los cuarenta, más bien rondaría los cuarenta y cinco, y sin embargo se sintió atraído hacia ella de inmediato. Irradiaba serenidad, una íntima certeza de lo que era honesto.
– Buenas tardes, señor Evan. -Entró y cerró la puerta. Tenía el pelo rubio un poco descolorido en las sienes y llevaba un vestido gris oscuro de corte sencillo, sin más adorno que un hermoso camafeo, ensalzado por su solitaria presencia. El parecido físico con su hijo era patente y, sin embargo, su personalidad era tan distinta que no se parecía en nada a él. No había hostilidad en su mirada, tampoco desdén, sólo atención y paciencia.
– Buenas tardes, señora Kynaston -saludó enseguida-. Lamento molestarla pero necesito su ayuda, si es que puede prestármela, pues intento por todos los medios esclarecer qué le ocurrió a Rhys Duff y a su padre. A Rhys no puedo interrogarle. Como quizá ya sabrá, se ha quedado sin habla, y todavía está demasiado enfermo para mencionarle siquiera el asunto. Me disgusta tratar el caso con la señora Duff más de lo estrictamente necesario; en mi opinión aún está demasiado afectada para recordar con claridad.
– No sé muy bien qué decirle, señor Evan -contestó ella frunciendo el ceño-. Es fácil imaginar a qué iba Rhys a semejante lugar. Los muchachos lo hacen. Con mucha frecuencia tienen más curiosidad y apetito que sentido común o buen gusto.
Evan se quedó atónito ante tanta franqueza, y sin duda se le notó en la expresión.
Fidelis Kynaston sonrió, torciendo el gesto a causa de sus extraordinarias facciones.
– Tengo hijos, y he tenido hermanos, señor Evan. Además mi marido es el director de un colegio para chicos. Tendría que llevar los ojos vendados para no estar al tanto de estas cosas.
– ¿No le extrañó pensar que Rhys fuese allí?
– No. Era un muchacho corriente, con el habitual deseo a la hora de desobedecer las convenciones que creía impuestas por sus padres y hacer después exactamente lo que todos los muchachos han hecho siempre.
– ¿Su padre antes que él? -preguntó Evan.
Fidelis enarcó las cejas.
– Probablemente. Si lo que me pregunta es si yo lo sé, la respuesta es que no. Hay muchas cosas que una mujer sensata prefiere no saber a no ser que la obliguen a ello, y la mayoría de hombres no suele forzar las cosas.
Evan titubeó. ¿Estaba aludiendo a las prostitutas o también a alguna otra cosa? Había una sombra en su mirada, un velo en su voz. Se había asomado al mundo y conocía el lado oscuro. Estaba bastante seguro de que aquella mujer sabía lo que era el dolor y lo aceptaba como algo inevitable, el suyo tanto como el de los demás. ¿Podía tener relación con su hijo Duke? ¿Acaso tenía éste mucho que ver con la conducta de Rhys, más joven e impresionable? Era la clase de muchacho a quien los demás quieren impresionar, y también emular.
– En cualquier caso, ¿lo supone? -dijo en voz baja.
– Eso no es lo mismo, señor Evan. Lo que sólo supones siempre puedes negártelo a ti misma. Basta con la incertidumbre. Pero antes de que me pregunte le diré que no, no sé qué le sucedió a Rhys, y tampoco a su padre. Sólo me cabe pensar que Rhys se juntó con malas compañías y que el pobre Leighton estaba tan preocupado por él que en esa ocasión le siguió, quizás en un intento por convencer a Rhys de que lo dejase correr, y que en la pelea que tuvo lugar Leighton resultó muerto y Rhys herido. Es una tragedia. Con un poco más de consideración y menos orgullo y tozudez, podría haberse evitado.
– ¿Estas suposiciones se fundamentan en su conocimiento del carácter del señor Duff?
Fidelis permanecía en pie; quizá también tenía demasiado frío para sentarse.
– Sí.
– ¿Le conocía bien?
– Sí, así es. La señora Duff y yo nos conocemos desde hace años. El señor Duff y mi marido eran amigos íntimos. Mi marido está muy apenado por su muerte. Le ha afectado bastante. Pilló un resfriado muy fuerte y estoy convencida de que la aflicción ha obstaculizado su restablecimiento.
– Lo siento -dijo Evan de manera automática-. Hábleme más acerca del señor Duff. Quizá me ayude a aclarar la verdad.
La señora Kynaston sabía cómo estar de pie en un mismo sitio sin incomodarse ni gesticular más de la cuenta. Era una mujer con un peculiar sentido de la elegancia.
– Era un hombre muy sobrio y dotado de una gran inteligencia -respondió, meditabunda-. Tomaba muy a pecho sus responsabilidades. Era consciente de que muchas personas dependían de su talento y capacidad de trabajo. -Hizo un gesto con las manos-. No sólo su familia, por supuesto, sino también todos aquellos cuyo futuro descansaba en la prosperidad de su empresa. Como comprenderá, trataba con propiedades valiosas y con grandes sumas de dinero casi a diario. -Parpadeó de un modo ostensible y sus ojos se iluminaron como si acabara de ocurrírsele algo-. Creo que ésa es una de las razones por las que a Joel, mi marido, le resultaba tan grato conversar con él. Ambos sabían lo que suponía cargar con la responsabilidad de los demás, el hecho de ser depositarios incuestionables de su confianza. Es algo extraordinario, señor Evan, que una persona confíe plenamente en ti, no sólo en tus aptitudes sino también en tu honor, y que ese alguien dé por sentado que harás por él cuanto sea preciso.
– Sí… -dijo Evan despacio, pensando que a veces a él también lo trataban con esa clase de fe ciega. Era un cumplido muy halagador, aunque también una carga cuando uno se daba cuenta de las posibilidades de fracaso que conllevaba.
Fidelis seguía hilvanando sus pensamientos.
– Mi marido es el juez supremo de muchos asuntos -prosiguió, no mirando a Evan sino a algún lugar de su interior-. Las decisiones sobre la educación académica de un chico, y tal vez incluso aún más, su educación moral, pueden afectar al resto de su vida. De hecho, supongo que cuando hablamos de los chicos que un día serán los dirigentes de nuestra nación, los políticos, inventores, escritores y artistas del futuro, esas decisiones en última instancia nos afectan a todos. No es de extrañar que deban tomarse con sumo cuidado, tras profundas reflexiones, y con absoluta generosidad. No cabe evadirse en la simplicidad. El coste de un error puede ser irrecuperable.
– ¿Tenía sentido del humor? -Evan pronunció estas palabras antes de darse cuenta de lo poco apropiadas que eran.
– Perdón, ¿cómo dice?
Era demasiado tarde para retirarlas.
– ¿Tenía sentido del humor el señor Duff? -Notó que se estaba sonrojando.