El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
– No… -Le miró de hito en hito en lo que pareció un instante de completo entendimiento, demasiado frágil para las palabras, por lo que enseguida se esfumó-No hasta donde yo sé. Aunque le encantaba la música. Tocaba muy bien el piano, ¿sabe? Le gustaba la buena música, sobre todo Beethoven y de vez en cuando Bach.
Evan no se estaba formando una imagen adecuada de él, desde luego nada que le sirviera para explicar qué hacía aquella noche en St Giles, excepto seguir a un hijo díscolo y decepcionante cuyo gusto por los placeres no comprendía y, tal vez, cuyos apetitos le atemorizaban sabiendo los peligros que podrían conllevar, entre los cuales la enfermedad no era precisamente el último. No haría a aquella mujer las preguntas necesarias; se las haría a Joel Kynaston.
Pasó otra media hora de conversación, agradable aunque sin fundamento, antes de que el mayordomo se presentara para anunciar que el señor Kynaston había regresado y que recibiría a Evan en su estudio. Evan dio las gracias a Fidelis y fue donde le indicaron.
El estudio era a todas luces una estancia de uso cotidiano. El fuego ardía en una gran chimenea, refulgiendo en la pala y las tenazas de latón bruñido y brillando en el guardafuegos. Evan temblaba de frío y el calor le envolvió como una manta. Las paredes estaban cubiertas por librerías con puertas de cristal y cuadros de escenas campestres. Encima del imponente escritorio de roble había tres montones de papeles y libros.
Joel Kynaston estaba sentado tras él, mirando a Evan con curiosidad. Era imposible determinar su estatura pero daba la impresión de ser menudo. Presentaba un rostro perspicaz, la nariz un poco chata, la boca muy personal. No era un semblante que uno olvidara ni pasara fácilmente por alto. Era inevitable reparar en su inteligencia, así como en su conciencia de autoridad.
– Pase, señor Evan -dijo, asintiendo con la cabeza. No se levantó, estableciendo así de inmediato sus respectivas posiciones-. ¿En qué puedo servirle? Si hubiese sabido algo acerca de la muerte del pobre Leighton Duff, naturalmente ya se lo habría comunicado. Aunque he estado enfermo con fiebre y he pasado estos últimos días en cama. No obstante, hoy me he encontrado mejor y ya no podía permanecer por más tiempo en casa.
– Siento lo de su enfermedad, señor -respondió Evan.
– Gracias. -Kynaston le indicó una silla con un ademán-. Siéntese. Y ahora dígame qué piensa que puedo hacer para ayudarle.
Evan aceptó el asiento, encontrándolo menos cómodo de lo que parecía, aunque se hubiese sentado en el mismísimo entarimado con tal de calentarse un poco. No obstante, se vio obligado a tomar asiento bien erguido en lugar de relajarse.
– Tengo entendido que conoce a Rhys Duff desde que era niño, señor -comenzó Evan, con una afirmación en lugar de una pregunta.
Kynaston frunció muy levemente el ceño, juntando las cejas.
– Así es…
– ¿Le sorprende que se encontrara en un barrio como St Giles?
Kynaston inspiró profundamente y fue soltando el aire muy despacio.
– No. Lamento decir que no. Siempre ha sido un muchacho rebelde y en los últimos tiempos la elección de sus amistades tenía bastante preocupado a su padre.
– ¿Por qué? Es decir, ¿por qué razón en concreto?
Kynaston le miró fijamente. Distintas reacciones cruzaron su semblante. Los rasgos de su rostro eran muy expresivos. Mostraron asombro, desdén, tristeza y algo más no tan fácil de descifrar, algo más oscuro, un sentido de la tragedia o quizá del mal.
– ¿A qué se refiere, señor Evan?
– ¿Se debía a la inmoralidad de sus correrías? -Evan se explayó-. ¿Al miedo a la enfermedad, al escándalo o la desgracia, a perder el favor de una joven dama respetable, o el saber que podía correr un peligro físico o caer en una mayor depravación?
Kynaston tardó tanto en contestar que Evan creyó que no lo haría. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja, con mucho cuidado y precisión, estrechándose con fuerza las huesudas manos delante de él.
– Puedo imaginarme todas esas cosas, señor Evan. Un hombre es el evidente responsable del carácter de su hijo. No puede haber muchas experiencias en la existencia humana más angustiosas que ver a tu propio hijo, el portador de tu nombre y tu herencia, tu inmortalidad, avanzando cuesta abajo hacia la disipación, la corrupción de la mente y del cuerpo. -Advirtió la sorpresa de Evan. Enarcó las cejas-. No estoy insinuando que Rhys sea un depravado. Había en él una predisposición a la debilidad que quizá requería más disciplina de la que recibía. Eso es todo. Es algo que se da con frecuencia entre los jóvenes, sobre todo si uno es el único hijo varón. Leighton Duff estaba preocupado. Su tragedia parece demostrar que tenía serios motivos para ello.
– ¿Piensa que el señor Duff siguió a Rhys hasta St Giles y que ambos fueron atacados como resultado de algo que sucedió porque se encontraban allí?
– ¿Usted no? Parece una explicación bastante obvia, aunque resulte trágica.
– ¿No cree que el señor Duff pudiera haber ido allí por su cuenta? Usted lo conocía bien, si no me equivoco.
– ¡Muy bien! -dijo Kynaston con decisión-. ¡Estoy totalmente seguro de que no! ¿Por qué diantres tendría que hacerlo? Tenía todo que perder y nada valioso que ganar. -Esbozó una muy leve sonrisa, en un fugaz instante de amargo humor, borrada acto seguido por la realidad de la pérdida-. Espero que atrape a quienquiera que sea el responsable, señor, pero lo cierto es que no abrigo ninguna esperanza de que lo consiga. Si Rhys mantenía una relación con alguna mujer del barrio, o algo peor -torció la boca con disgusto-, dudo mucho que ahora lo descubra. Quienes estén envueltos en el asunto no querrán darse a conocer y me figuro que los habitantes de ese mundo protegerán a los suyos en lugar de aliarse con las fuerzas del orden.
Lo que decía era cierto. Evan tuvo que reconocerlo. Le dio las gracias y se levantó para marcharse. Hablaría con el doctor Corriden Wade, aunque no confiaba en que le contase nada que le sirviera de ayuda.
Wade estaba cansado, tras una larga jornada de trabajo, cuando recibió a Evan en su biblioteca. Tenía ojeras y atravesó la estancia delante de Evan como si le dolieran la espalda y las piernas.
– Por supuesto le diré cuanto pueda, sargento -dijo, volviéndose y arrellanándose en uno de los cómodos sillones, junto a las ascuas del fuego, e invitando con un gesto a Evan para que hiciera lo mismo-. Aunque me temo que no será nada que usted no sepa ya. Y no puedo permitir que interrogue a Rhys Duff. Su estado de salud es muy precario y cualquier disgusto, cosa que usted sin duda le causaría, podría precipitar una crisis. No sé a ciencia cierta qué clase de heridas pueden haber sufrido sus órganos internos a causa del incidente en que se vio envuelto.
– Lo entiendo -contestó Evan con presteza. Le sobrevino el triste recuerdo de Rhys tendido en el callejón, de su propio horror al darse cuenta de que aún vivía y le aguardaba un dolor inconmensurable. Tampoco podía librarse de la imagen del horror en los ojos de Rhys cuando recobró el sentido y trató de hablar por primera vez, dándose cuenta de que no podía hacerlo-. No era mi intención pedirle que me autorizara a verlo. Confiaba en que tuviera a bien hablarme tanto de Rhys como de su padre. Podría ayudarme a esclarecer los hechos.
Wade suspiró.
– Presumiblemente fueron asaltados, robados y apaleados por unos ladrones -dijo con tanta pena como circunspección-. ¿Acaso importa ahora por qué fueron a St Giles? ¿Tiene la más remota esperanza real de atrapar a quien sea o de demostrar algo? Apenas conozco St Giles en concreto, pero pasé bastantes años en la marina. He visto los bajos fondos de unas cuantas ciudades, lugares donde reina una pobreza desesperada, donde la enfermedad y la muerte son el pan de cada día, donde un niño tiene suerte si llega a su sexto cumpleaños, y más afortunado aún si llega a la edad adulta. Son pocos los que tienen una ocupación que les dé para vivir. Menos aún los que saben leer y escribir. Eso se convierte en un modo de vida. La violencia es fácil, es el primer recurso, no el último.