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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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Con todo, era una situación que yo aceptaba y no advertí la creciente tensión, ni tampoco el efecto que estaba teniendo en las personas involucradas: Justin, Judith… y Mellyora. Siendo tan egocéntrica, olvidé temporalmente que la vida de Mellyora podía tomar un giro tan dramático como la mía.

Sucedieron dos cosas que parecieron muy importantes.

La primera fue mi descubrimiento casual de lo que había sucedido al gato de la señora Pengallon. Fue Doll quien delató la información. Me preguntó si abuelita Be le prepararía algunas hierbas para el cutis, tal como las que había dado a Hetty Pengaster. Le contesté que sabía cuáles eran, y que la próxima vez que fuera a visitar a mi abuela le traería un poco. Entonces se me ocurrió mencionar que cuando entregué las de Hetty, la señora Pengallon estaba preocupada por su gato.

Doll se echó a reír por lo bajo, diciendo:

—Jamás volverá a ver a ese gato.

—Supongo que habrá encontrado un nuevo hogar. —¡Sí, bajo tierra! —exclamó Doll. Cuando la miré inquisitivamente se encogió de hombros—. Oh, fue Reuben quien lo mató. Yo me hallaba presente cuando lo hizo. Él estaba realmente enloquecido. El viejo gato mató una de sus palomas… y él mató al viejo gato. Lo mató, sí, con sus propias manos.

—¡Y ahora no se atreve a decírselo a la señora Pengallon!

—Reuben dice que se lo tiene merecido. Ella sabía que el viejo gato perseguía a sus palomas. ¿Conoces el palomar? Atrás hay un jardincillo cuadrado, y allí enterró Reuben al gato… y a la paloma también. Uno es el mártir, dijo. Otro el asesino. Ese día estaba realmente fuera de sus cabales, te lo aseguro.

Aunque cambié de tema, no olvidé, y ese día fui a ver a mi abuela y le hablé del gato y de lo que yo había descubierto.

—Está sepultado detrás del palomar —le dije—. Así, si te lo pregunta la señora Pengallon, podrás decírselo.

Abuelita quedó complacida. Entonces me habló de su renombre como mujer sabia y me explicó la importancia de advertir todo cuanto sucedía. No debía desconocerse ningún pequeño detalle de la vida, porque nunca se sabía cuándo sería necesario.

En esa ocasión no me llevé las hierbas de Doll porque no quería que ella supiese que yo había ido a ver a mi abuela. Al día siguiente, la señora Pengallon visitó a abuelita, rogándole que utilizara su magia y encontrara el gato.

Abuelita pudo indicarle el jardincillo situado tras el palomar de Reuben. Cuando la señora Pengallon vio la tierra recién removida y halló el cuerpo de su idolatrado gato, quedó llena de furia contra quien había matado al animalito y de congoja por su pérdida. Pero cuando estas emociones se mitigaron un poco, la anonadó la admiración por la habilidad de mi abuela, y durante algunos días el tema principal en las cabañas fue el poder de abuelita Be.

A su puerta comenzaron a llegar obsequios, y hubo un verdadero banquete en la cabaña. Yo fui a verla y ambas nos reímos de lo sucedido. Convencida de tener la abuela más sabia del mundo, estaba decidida a ser como ella.

Le llevé sus hierbas a Doll, cuya creencia en ellas era tan grande, que fueron totalmente eficaces y le desaparecieron por entero las manchas en la espalda, para las cuales las necesitaba.

Abuelita Be poseía facultades sobrenaturales. Abuelita Be conocía acontecimientos que no podía haber presenciado; podía curar achaques. Era una persona a tener en cuenta; y como todos sabían cuánto me quería, se me debía tratar con especial cuidado.

Y la circunstancia de que nosotras mismas habíamos causado esta situación aprovechando un poco de buena suerte, era doblemente satisfactoria.

Volvía a tener mi sueño de lograr todo aquello que había emprendido. Estaba convencida de que no podría fracasar.

* * *

Sentados junto a la mesa, cenábamos. Había sido un día agotador. Judith había salido a caballo con Justin. Habían partido de mañana temprano, encantadora ella en su traje gris perla con el pequeño toque de verde esmeralda en la garganta. Cuando estaba contenta se la veía muy bella, y ese día estaba satisfecha porque Justin la acompañaba. Pero yo sabía que no podía estar mucho tiempo satisfecha; siempre estaba vigilante, y cualquier pequeño gesto, cualquier inflexión de la voz de Justin, podían impulsarla a pensar si acaso él se estaba cansando de ella. Entonces empezarían los problemas; ella formularía preguntas interminables, le requeriría apasionadamente si él la amaba todavía, cuánto la amaba. Había oído la voz alta de ella y la baja de él. Cuanto más intensa se ponía ella, más remoto estaba él. Yo no creía que él la manejase tan bien como podría hacerlo; estaba convencida de que él percibía esto, pues a veces veía su expresión de alivio cuando ella salía de una habitación.

Pero esa mañana ambos habían partido de buen ánimo, y yo me regocijé, porque esto significaba que tendría un poco de tiempo disponible. Iría a ver a abuelita; tener esperanzas de pasar un rato con Mellyora era inútil, pues Lady Saint Larston la tenía todo el día ocupada. ¡Pobre Mellyora! Mi suerte era más liviana que la suya; sin embargo, a veces me parecía verla absolutamente feliz… otras veces no estaba segura. Pero una cosa sí sabía; se estaba poniendo cada vez más bella desde nuestra llegada al Abbas.

Pasé la mañana con abuelita Be, y por la tarde temprano Judith volvió sola. Estaba aturdida, tanto que se confió en mí… porque sentía necesidad de hablar con alguien, supongo.

Ella y Justin habían ido a merendar con la familia de ella. Más tarde ambos habían partido juntos y… Ella se interrumpió y conjeturé que habían disputado. Los imaginé merendando en la lúgubre casa; quizás estuviese presente la madre de ella, un tanto confusa… y todo el tiempo se estarían preguntando qué haría luego ella. Aquella casa estaba llena de sombras, y sobre ella flotaría la leyenda del monstruo. Imaginé a Justin deseando no haberse casado jamás con ella, preguntándose tal vez por qué lo habría hecho. Lo imaginé formulando algún comentario que la habría alterado… luego las apasionadas exigencias de que él demostrara su cariño, y los altercados.

Juntos habrían partido de Derrise; él habría fustigado coléricamente a su caballo alejándose de ella… cualquier cosa por escapar; y ella habría llorado. Me daba cuenta de que había estado llorando. Demasiado tarde, habría tratado de seguirlo, se habría dado cuenta de que lo había perdido de vista y entonces habría empezado a preguntarse dónde estaba él.

Judith había regresado al Abbas en su busca, y al no encontrarlo quedó anonadada por celosa ansiedad.

Yo estaba arreglando uno de sus vestidos cuando ella irrumpió en el cuarto.

—Kerensa —dijo, pues había conjeturado que no me gustaba ser llamada por mi apellido, y uno de sus encantos era su deseo de complacer a todos, con tal de que el hacerlo no le exigiese demasiado—. ¿Dónde está la dama de compañía?

—¿La señorita Martin? —balbuceé.

—Por supuesto. Por supuesto. ¿Dónde está? Encuéntrala… enseguida.

—¿Quiere usted hablar con ella? —Hablarle… No, quiero saber si está aquí.

Entendí. Fugazmente me pregunté si Justin estaría con Mellyora. Qué compañera serena y agradable parecería Mellyora después de esta mujer exigente, apasionada. En ese momento se me ocurrió, sí, que estaba surgiendo una situación peligrosa… no para mí, salvó que cuanto afectaba a Mellyora me afectaría también, ya que nuestras vidas habían quedado entrelazadas. Tal vez habría meditado sobre esto, salvo por lo que pronto iba a ocurrir y que me afectó más personalmente.

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