La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Clavé la mirada en mi plata; no quería que ninguno de ellos advirtiera el efecto que esas palabras habían tenido en mí.
* * *
La presencia de Johnny cambió la casa. Yo sabía que estaba decidido a ser mi amante, y la circunstancia de encontrarme ahora instalada en la casa como criada le regocijaba y complacía.
El primer día de su regreso fue a buscarme. Yo estaba leyendo, sentada en mi cuarto, cuando entró. Me incorporé enfurecida, pues él no había pedido permiso para entrar.
—Me alegro de verte, hermosa doncella —dijo con una irónica reverencia.
—¿Quiere llamar, por favor, si me necesita?
—¿Es la costumbre? —Es lo que yo espero.
—Siempre esperarás más de lo que recibas, señorita… Carlyon.
—Me llamo Kerensa Carlee.
—Jamás lo olvidaré, aunque en una ocasión adoptaste Carlyon. Te has vuelto muy bella, querida mía.
—¿Qué quería usted de mí?
—Todo —replicó él con burlona sonrisa—. Precisamente todo.
—Soy doncella de su cuñada.
—Sé todo a ese respecto. Por eso vine desde Oxford… Me llegó la noticia, ¿comprendes?
—Tengo la idea de que volvió usted por una razón muy distinta.
—¡Por supuesto que la tienes! Las criadas escuchan a las puertas. Y juraría que hubo cierta consternación cuando llegó la noticia.
—No escucho a las puertas. Pero conociéndolo, y sabiendo por qué suele enviarse de vuelta a los hombres jóvenes…
—Qué bien informada te has vuelto. Recuerdo que antes… pero ¿por qué rememorar cosas viejas? El futuro promete ser mucho más interesante… Espero con ansia nuestro futuro, Kerensa.
—No veo cómo el suyo y el mío puedan tener nada en común.
—¿No lo ves? Entonces sí que necesitas ser educada.
—Estoy satisfecha con mi educación.
—Nunca estés satisfecha, mi querida Kerensa. Es imprudente. Empecemos sin demora esa educación tuya. Así…
Quiso apoderarse de mí, pero lo contuve airadamente. Se encogió de hombros.
—¿Tiene que haber galanteo? ¡Oh, Kerensa, qué pérdida de tiempo! ¿No crees que ya hemos desperdiciado demasiado?
—Trabajo aquí… desgraciadamente —repuse con ira—. Pero no significa que sea servidora suya. Entiéndalo… por favor.
—Vamos, Kerensa, ¿acaso no sabes que sólo quiero complacerte?
—Eso es fácil, pues. Si se mantiene apartado de mi camino, de buena gana me mantendré apartada del suyo… y eso me dará un gran placer.
—¡Qué palabras! ¡Qué ínfulas y qué donaires! No lo habría creído de ti, Kerensa. ¿Entonces no recibiré ni un beso siquiera? Bueno, ahora estaré aquí… y tú también. Bajo el mismo techo. ¿No es acaso una idea deliciosa?
Dicho esto se marchó, pero en sus ojos había una expresión siniestra. Me alarmé, pues mi puerta no tenía cerrojo.
La noche siguiente, después de cenar, Justin, Johnny y Lady Saint Larston se retiraron al gabinete de su señoría, donde hubo una larga y seria conversación. Haggety, que les había servido vino allí, nos contó en la cocina que el señor Johnny era reprendido, y que se discutía seriamente su futuro. Al parecer, todos estaban preocupados, menos Johnny.
Yo estaba guardando las ropas de Judith cuando ésta subió. Le cepillé el cabello, tal como me ordenó. Eso la apaciguaba. Decía que yo tenía magia en los dedos. Yo había descubierto que tenía un don para peinar. Era mi mayor logro como doncella de compañía. Probaba distintos estilos en su cabello, y a veces los copiaba con el mío. Esto encantaba a Judith, y como era generosa por naturaleza, con frecuencia me daba algún pequeño obsequio y procuraba complacerme, cuando lo recordaba; pero principalmente sus pensamientos se referían a su marido.
Prepararla para acostarse era un ritual, y esta noche había en ella un aire de satisfacción.
—Estarás enterada del problema con el señor Johnny, Kerensa —dijo.
—Sí, señora, lo he oído.
—Es lamentable —continuó encogiéndose de hombros—. Inevitable, empero. No se parece a… su hermano.
—No, señora. Dos hermanos no podrían ser más distintos.
Sonrió, más tranquila de lo que yo la había visto antes. Le trencé la cabellera y se la até alrededor de la cabeza. Se la veía hermosa en su ondeante bata de casa.
—Está usted muy bella esta noche, señora —le dije, porque sentía la necesidad de consolarla… quizá a causa de lo que había oído en la cocina.
—Gracias, Kerensa —replicó ella.
Poco después de eso me dejó ir, diciendo que esa noche no me necesitaría más.
Me dirigí al cuarto de Mellyora y la encontré sentada junto a la ventana, contemplando el jardín iluminado por la luna. Sobre una mesa cercana estaba su bandeja, símbolo de su solitaria vida.
—Así que por una vez estás libre —dije.
—No por mucho —comentó haciendo una mueca—. Dentro de unos minutos debo ir a sentarme junto a Sir Justin.
—Te hacen trabajar demasiado.
—Oh, no me molesta.
Se la veía radiante. El aspecto, pensé, de una mujer enamorada. "Oh, Mellyora", pensé, "temo que serías muy vulnerable."
—Pobre Sir Justin —continuó ella—. Es terrible verlo cómo está y pensar en lo que era. Recuerdo a papá…
—Es injusto que te hagan cuidarlo a él también —dije. —Podría ser peor.
"Sí", pensé. "Podrías tener que trabajar como una esclava en una casa donde no estuviera Justin. A eso te refieres, ¿verdad?"
Después me pregunté qué le había ocurrido a mi relación con Mellyora. Antes le habría dicho las cosas que estaba pensando en ese momento.
No era que nosotras hubiésemos cambiado. Era simplemente que aquella peligrosa situación era un asunto tan delicado, tan importante para Mellyora que no desearía discutirlo ni recibir consejos, ni siquiera de mí.
—Y ahora —agregué, cambiando de tema—, Johnny ha vuelto.
—¡Oh… Johnny! No es totalmente inesperado. Johnny siempre será Johnny.
Lo dijo en tono casi complaciente, sugiriendo cuan diferente era Justin. Entonces pensé en. Judith, que había dicho casi lo mismo. Dos mujeres… ambas enamoradas del mismo hombre… profunda y apasionadamente, pues aunque Mellyora era serena y Judith estaba muy lejos de serlo, ambas eran víctimas de una honda emoción.
—Ojalá que él no hubiese vuelto —dije.
—¿Le tienes miedo?
—No exactamente miedo, pero él puede ser una molestia. Oh, no temas. Sabré cómo manejarlo.
—De eso estoy segura.
Se volvió para mirar por la ventana y yo supe que no pensaba en Johnny y yo, porque todos sus pensamientos eran para Justin, y así sería en el futuro. Estaba tan obsesionada por su amor como Judith; afortunadamente para Mellyora, su carácter era más equilibrado.
Algún vínculo se había cortado entre nosotras, ya que al profundizarse su emoción hacia otra persona, quedaba menos tiempo en su vida para otras.
Le pregunté entonces si había tenido alguna noticia de Kim; ella se sobresaltó y por algunos segundos pareció que le costaba recordarle.
—Kim… oh, no. Él no quiso escribir. Siempre decía que no escribía cartas, pero que algún día iba a volver.
—¿Crees que lo hará?
—Por supuesto. Siempre estuvo seguro de ello. Fue una especie de promesa, y Kim siempre cumple sus promesas.
Experimenté gran satisfacción. Me lo imaginé regresando a Saint Larston, entrando un día en el Abbas. Podía imaginarme su voz: "Vaya, Kerensa, te has convertido en una señorita fascinadora." Y cuando viese a Mellyora, obsesionada por Justin, se haría más amigo mío que de ella. Yo estaba segura de que era posible hacer de la vida lo que una quisiera, pero ¿también se podría traer de vuelta a la gente que una quería traer? Debía preguntarlo a abuelita.