Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
– La investigación avanza despacio, como suele ocurrir en estos casos, pero avanza, señor ministro.
– Por lo que sé, lo malo es que avanza en una dirección equivocada. El señor Guikas le ordenó arrestar a Kolákoglu, pero usted no hizo caso y se dedica a otros menesteres.
– En absoluto. En estos momentos todas las fuerzas de la policía están buscando a Kolákoglu. Pero no resulta fácil localizar a una persona que por haber estado en la cárcel encuentra fácil refugio.
– Entretanto, permite que un asesino psicópata circule por ahí libremente y mate a su antojo -interviene Delópulos con tono sarcástico.
O había visto las noticias en compañía del ministro o, lo que es más probable, Petratos y él se han puesto de acuerdo en presentar a Kolákoglu como un psicópata.
Delópulos se dirige al ministro.
– Ya pueden votar las leyes que sean para combatir la delincuencia, estimado amigo. Si los cuerpos de seguridad no cuentan con miembros competentes, las leyes no sirven para nada.
– No hacen falta muchas leyes para combatir la delincuencia, señor Delópulos -intervengo tranquilamente-. Con una bastaría.
– ¿Y cuál sería? -pregunta el ministro.
– Que una vez concluido el servicio militar, todos los jóvenes estuvieran obligados a pasar seis meses en la cárcel, a modo de reciclaje. ¿Ha visto a algún soldado que desee volver al ejército después de licenciarse? Imagínese si tuviera que volver a la cárcel…
Guikas vuelve bruscamente la cabeza hacia la mesa de reuniones, situada junto a la pared de al lado. Quiere soltar una carcajada pero se contiene.
– No lo he llamado para escuchar su opinión sobre la delincuencia -replica el ministro con voz gélida-. Quiero que me hable de Kolákoglu.
– Me extrañaría mucho que Kolákoglu fuera un asesino psicópata, señor ministro. -Y empiezo a soltarle el rollo del método psicópata, de que usan siempre la misma arma, cómo sus crímenes son todos idénticos, etcétera-. El señor Guikas ya debe de haberle hablado de esto -concluyo.
Guikas lo sabe pero estoy seguro de que no ha dicho nada, porque le conviene seguir la corriente. Pero se da cuenta de que ya no puede permanecer callado.
– Lo que dice el teniente Jaritos es correcto en términos generales. No obstante, hay excepciones -añade para contentarnos a todos.
Me gustaría decirle que el FBI piensa de otra manera, pero lo dejo correr.
Delópulos, consciente de que está perdiendo terreno, pasa al ataque.
– ¿Tengo su permiso para divulgar todo esto, señor ministro? Me gustaría saber cómo aceptará la opinión pública estas teorías.
Está haciendo exactamente lo que me temía. Ha sublevado a la gente en contra de Kolákoglu, la ha fanatizado y, si ahora suelta que la policía descarta la posibilidad de que él sea el asesino, se nos echarán todos encima. El ministro piensa lo mismo, porque responde, casi suplicando:
– No se apresure, señor Delópulos. Déjenos un margen de unos pocos días. Estoy seguro de que encontraremos a Kolákoglu y todo se aclarará.
– De acuerdo, respeto su deseo -responde Delópulos condescendiente-. Además, confío en el señor Guikas. Y para demostrarles que estamos dispuestos a cooperar, tengan.
Saca un papel doblado del bolsillo y se lo entrega al ministro. Él lo abre y lo mira.
– ¿Qué es esto? -pregunta sorprendido.
– La muestra de escritura del señor Petratos que tanto deseaba su subordinado. Pueden compararla con la escritura de las cartas halladas en casa de Karayorgui. Sólo pongo una condición, señor ministro. Debe prohibir que su subordinado continúe ocupándose del caso o, al menos, que siga molestándonos. Acusa sin razón a un periodista eminente porque en el pasado mantuvo relaciones con Karayorgui, y esto no puede quedar así.
Pide mi cabeza a cambio de una muestra de escritura de Petratos. Delópulos se siente tan seguro de sí mismo que le parece innecesario pronunciar mi nombre y se limita a llamarme «subordinado».
– Todo esto podía ser válido hasta esta mañana, señor Delópulos -intervengo sin perder la calma-. Entretanto, han aparecido nuevos indicios.
– ¿Qué indicios? -pregunta Guikas.
– En primer lugar, he averiguado que el señor Petratos no se hallaba en su casa ni en los estudios en el momento de la muerte de Kostaraku.
– Como otros cinco millones de griegos, probablemente -replica Delópulos con sorna-. ¿Acaso no puede controlar sus prejuicios y obstinaciones?
– Pero esos cinco millones no tenían el alambre con el que el señor Petratos estranguló a Marza Kostaraku.
– ¿Cómo dice? -Poco ha faltado para que el ministro saltase del sillón. Delópulos me contempla fijamente. No lo esperaba y no sabe cómo reaccionar.
– En el garaje de su inmueble, en la plaza de aparcamiento contigua a la del señor Petratos, encontré un trozo de alambre idéntico al que se empleó para estrangular a Kostaraku. Tengo un testigo ocular.
– ¿Estás seguro de que la mataron con eso? -pregunta Guikas.
– Esta tarde lo he entregado al laboratorio. En cuanto conozcamos los resultados del análisis, dispondremos de más datos. Mañana por la mañana le presentaré mi informe escrito sobre el asunto.
Los tres permanecen en silencio. Saben muy bien qué significa lo que acabo de decir. Si me apartan de la investigación y resulta que estoy en lo cierto, algún periodista descubrirá mi informe y los pondrá en un aprieto.
– Bien. Puede irse, teniente -dice el ministro.
Saludo en general porque nadie me hace caso. Se han quedado pensativos, aunque los labios de Guikas esbozan una leve sonrisa y en su mirada brilla la malicia. Da la impresión de estar disfrutando, aunque a mí eso no me afecta. Él sabe cuidar de sí mismo.
Me voy con la satisfacción de que, al menos, he nadado contra la corriente. Donde las dan, las toman.
Capítulo 24
Sostengo el cruasán con la mano izquierda y el bolígrafo con la derecha mientras escribo febrilmente. Quiero enviar mi informe a Guikas antes de que me suspendan de empleo o me comuniquen mi traslado a alguna comisaría perdida en el culo del mundo. Había decidido no ocuparme de nada más, pero no contaba con Zanasis, quien me estaba esperando como todas las mañanas.
– Vete, tengo mucho trabajo -le digo bruscamente para deshacerme de él.
Ni se inmuta. Y no sólo eso, sino que hoy no luce su invariable expresión de cretino.
– Hemos localizado a Kolákoglu.
Menuda sorpresa. Si me lo hubiera dicho ayer, me habría alegrado y le habría felicitado. Sin embargo, hoy me he levantado resuelto a desentenderme del caso, convencido de que ya no es asunto mío; que se las apañe Guikas, que ha querido tomar cartas en el asunto. Por otro lado, no quiero dar pie a comentarios precipitados y pregunto con tono neutro:
– ¿Dónde está?
– Lo vieron ayer, hacia la medianoche, en un bar de la calle Mijail Vodas, con otro tipo. El propietario lo reconoció y llamó a la policía, pero cuando llegó el coche patrulla, los dos ya se habían largado.
– ¿Ves? Ya te dije que estaba en Atenas. -Cuando te llueven las hostias, incluso una pequeña satisfacción como ésta resulta consoladora.
– El propietario conoce al otro tipo. Se llama Surpis y es del mundillo. Un poco de encubridor y otro poco de usurero. No sabe dónde vive, aunque pasa por el bar de vez en cuando para alternar con alguna de las chicas que trabajan allí. Hoy mismo apostaré a uno de los nuestros en el local. En cuanto vea a cualquiera de los dos, le echará el guante.
– Está bien. Hazme un informe de todo.