Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
Se metió en su coche, se sentó y cerró los ojos.
Tenía sed. Miró en el asiento de atrás, donde sabía que había un par de botellas de agua, pero no estaban a la vista; supuso que habían rodado del asiento de atrás y estarían debajo del asiento delantero. Salió, abrió la puerta de atrás y cogió una de las botellas. Se bebió la mitad y volvió a entrar en el coche.
Una vez más, cerró los ojos, pensando que podría despejar la cabeza con una siesta de cinco minutos. Pero una cosa que le había dicho Holdenfield no le dejaba desconectar: «Está de broma».
Se dijo que había sido un comentario hecho a la ligera, que se refería más a que Trout se mostraba inaccesible, y no tanto a su calidad de policía retirado. O tal vez Holdenfield hubiera malinterpretado sus palabras, como si él hubiera pretendido que los presentara y ella hubiera querido librarse con aquella respuesta. En cualquier caso, no tenía sentido darle más vueltas a aquello.
Sin embargo, más allá de todos esos pensamientos, lo cierto es que sentía rabia. Rabia por el pomposo obseso del control que supuestamente se negaría a verle; por Holdenfield, que estaba demasiado inmersa en sus propias prioridades para interceder; por toda la arrogancia del FBI.
Empezó a darle vueltas a la conferencia de Holdenfield, a su concepto de patrón de resonancia del asesino en serie, al perfil del Buen Pastor, al peldaño serrado, a la insistencia de Robby Meese en que Kim Corazon era una loca peligrosa, al estrafalario Max Clinter, al repelente Rudy Getz, a la maldita flecha con emplumado rojo que había aparecido en su jardín. Sin embargo, las palabras de la psicóloga volvían una y otra vez a su mente: «Está de broma».
¿Qué respuesta buscaba? «Por supuesto que le recibirá. Con su asombrosa reputación en la policía de Nueva York, ¿cómo iba a no querer recibirle el agente Trout?»
¡Cielos! ¿De verdad era tan patético? ¿Tanto necesitaba que reconocieran que era un detective estrella? Cuando reconocieron públicamente su labor, se había sentido incómodo. Sin embargo, que no lo tuvieran en cuenta le sentaba incluso peor. En el fondo, ¿quién era él sin esa reputación? ¿Solo otro tipo cuya carrera había terminado? ¿Solo otro tipo que no sabía quién demonios era porque la jerarquía que le había dado su identidad también tenía el poder de ningunearlo? ¿Solo otro expolicía triste, sentado a un lado del camino, que soñaba con los días en que su vida tenía sentido, que esperaba una llamada para volver a la acción?
«Dios, qué mierda de autocompasión. ¡Basta! Soy detective. Quizá siempre lo he sido y de un modo o de otro siempre lo seré. Esto es así, independientemente de los detalles de mi nómina o de lo que diga la cadena de mando. Tengo un talento que me hace ser lo que soy. Y aprovecharlo es lo más importante, no la opinión de Rebecca Holdenfield ni del agente Trout ni de nadie. Mi autoestima, mi razón de ser, depende de mi propia conducta, no de las reacciones de una profiler, con toda su jerga psicológica, ni de ningún federal burócrata al que ni siquiera conozco.»
Se aferró a este pensamiento para calmarse, aunque sabía que había algo un tanto melodramático en todo aquello. De todos modos, cierto nivel de convicción era mejor que nada. Si quería mantener su equilibrio, como para ir en bicicleta, necesitaba impulso. Debía hacer algo.
Sacó el móvil, accedió a su correo electrónico y, una vez más, abrió la serie de atestados que Hardwick le había enviado.
Repasándolos, recordó que la agente inmobiliaria, la que tenía nombre de estrella de cine, se encontraba a solo unos kilómetros de su casa en Markham Dell cuando se convirtió en la cuarta víctima del Buen Pastor.
Markham Dell no estaba lejos de Cooperstown. En el atestado encontró la localización exacta en Long Swamp Road. Había una serie de fotografías del punto en el que habían volado la mitad de la cara de Sharon Stone, del lugar donde su coche había salido del asfalto para caer en el lodo.
Introdujo la dirección en su GPS y cruzó las verjas del aparcamiento del Otesaga. No esperaba hacer un gran descubrimiento, pero sí que sentía que tal vez le sirviera para volver a poner los pies en el suelo y reencontrar un punto de partida.
Visitar una escena del crimen por primera vez, incluso diez años después de los hechos, le producía una sensación que no sabía cómo definir. Llamarlo estimulante podía parecer perverso, pero sin duda aguzaba sus sentidos. Toda escena de la vida cotidiana pasaba de inmediato a un segundo plano.
No era la primera vez que trataba de examinar el escenario de un asesinato cometido hacía mucho. En cierta ocasión, había logrado que un asesino en serie confesara haber asesinado a una adolescente en una zona boscosa cerca de Orchard Beach, en el Bronx, doce años antes.
Al tiempo que conducía despacio por la suave curva hacia la izquierda que separaba Long Swamp Road de la carretera estatal que llevaba hasta Dead Dog Pond, sintió lo mismo que en Orchard Beach. Su mente viajó hasta el pasado, y fue como si todos aquellos árboles jóvenes y pequeños arbustos que habían crecido durante aquellos diez años no lo hubieran hecho.
Las fotos del informe podían guiarle para reconstruir cómo era aquel lugar hace ya algunos años. No había ni edificios ni tablones de anuncios ni postes telefónicos nuevos. La carretera no tenía guardarraíl en el año 2000; tampoco ahora. Tres árboles altos aparecían prácticamente idénticos. La época del año, principios de primavera, era la misma, lo que hacía que las viejas fotos no lo parecieran tanto.
La posición de los árboles altos y las anotaciones y las medidas de ángulo y distancia que acompañaban a las fotografías le permitieron localizar la posición aproximada del coche de Sharon Stone cuando la bala le impactó.
Volvió hasta el cruce con una carretera que conectaba con la autopista estatal. Luego condujo hasta el punto del disparo. Desde allí continuó durante tres kilómetros de ciénagas y marismas, más allá de Dead Dog Lake. Atravesó el pueblo de postal de Markham Dell, y recorrió casi otro par de kilómetros hasta donde Long Swamp Road se unía en un cruce en T con una carretera muy transitada.
A continuación volvió al punto de partida y repitió el proceso, pero esta vez hizo lo que imaginaba que podría haber hecho el Buen Pastor. Primero encontró un buen lugar para aparcar al lado de la carretera, no muy lejos de la ruta de conexión con la carretera estatal, un lugar razonable para que alguien esperara al acecho el paso de un Mercedes, un vehículo popular entre los residentes de fin de semana de Markham Dell.
Gurney salió detrás de un Mercedes negro imaginario, lo «siguió» hasta el principio de una curva larga, aceleró, se metió en el carril izquierdo, bajó la ventanilla del pasajero y, en el punto aproximado indicado en la reconstrucción del accidente, levantó el brazo derecho y apuntó al conductor imaginario.
«¡Bam!», gritó lo más alto que pudo, sabiendo que ningún sonido que pudiera hacer llegaría ni al diez por ciento del estallido del monstruo de calibre cincuenta que había empleado el asesino. Al simular el disparo, pisó los frenos. Se imaginó el coche de la víctima, que se desviaba del arco de la curva, hacia el cenagal, quizás un centenar de metros por delante de él. Simuló que dejaba la pistola en el asiento, que cogía un pequeño animal de juguete del bolsillo de su camisa y lo lanzaba al arcén de la carretera, cerca del sitio donde había visto el Mercedes incrustado en el barro, rodeado de aneas marrones.
Después condujo hacia Markham Dell. Por el camino, consideró todas las opciones disponibles para deshacerse de la pistola Desert Eagle. Pasaron tres coches en dirección contraria, uno de ellos un Mercedes negro. Un escalofrío le recorrió la nuca.
En el semáforo del pueblo, Gurney dio un giro de ciento ochenta grados. Cuando se estaba acercando a Dead Dog Lake, sopesando los pros y los contras que convertían a aquel lugar en un buen sitio donde dejar la pistola, sonó su teléfono. En la pantalla apareció el número fijo de su casa.