Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Deja en paz al diablo
Deja en paz al diablo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 110
Перейти на страницу:

– Parecías muy concentrado.

– Solo estaba tratando de absorber cierta información.

– ¿Estabas hablando solo?

– ¿Qué?

– ¿O quizás estabas hablando por teléfono?

– Por teléfono. Hace un par de minutos. ¿Qué estáis tramando?

– Ha salido el sol. Va a ser un día precioso. Voy a hacer con Kim una excursión por la colina.

– ¿No estará llena de barro? -Percibió el mal genio en su propia voz.

– Puede ponerse un par de botas mías.

– ¿Vais a ir ahora?

– ¿Hay algún problema con eso?

– No, claro que no. De hecho, yo también tengo que salir un par de horas.

Madeleine lo miró con alarma.

– ¿En coche? ¿Tal y como tienes el brazo?

– El ibuprofeno es un gran invento.

– ¿Ibuprofeno? Hace doce horas te caíste, acabaste en urgencias y tuvieron que traerte a casa. ¿Ahora, un par de pastillas y estarás como nuevo?

– No como nuevo, pero no tan lisiado como para no poder funcionar.

Madeleine lo miró exasperada.

– ¿Adónde has de ir que es tan importante?

– ¿Recuerdas a la doctora Holdenfield?

– Recuerdo su nombre. Rebecca, ¿no?

– Exacto. Rebecca. Psicóloga forense.

– ¿Dónde está?

– Tiene la consulta en Albany.

Madeleine arqueó una ceja.

– ¿Albany? ¿Vas a ir a Albany?

– No. Hoy va a estar en Cooperstown. Hay una especie de simposio profesional… o algo así.

– ¿En el Otesaga?

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Dónde más puede haber un simposio en Cooperstown? -Lo miró con curiosidad-. ¿Ha surgido algo urgente?

– No, no ha surgido nada. Pero tengo algunas preguntas sobre el caso del Buen Pastor. En el perfil del FBI aparecía un libro suyo sobre el asesino en serie, en una nota al pie. Creo que puede que haya escrito artículos específicos sobre el caso.

– ¿No podías hacer las preguntas por teléfono?

– Demasiadas. Demasiado complicado.

– ¿A qué hora estarás en casa?

– Me va a conceder cuarenta y cinco minutos, hasta las dos, así que debería estar en casa a las tres, como muy tarde.

– A las tres como muy tarde. Recuérdalo.

– ¿Por qué?

Madeleine entrecerró los ojos.

– ¿Me estás preguntando por qué deberías recordar algo?

– Lo que quiero decir es si va a pasar algo a las tres en punto, algo que yo no sepa.

– Cuando me dices que vas a hacer algo, creo que estaría bien que lo hicieras de verdad. Si me dices que vas a llegar a casa a las tres, me gustaría poder confiar en que estarás de verdad en casa a las tres. Nada más. ¿Vale?

– Desde luego.

Si Kim no hubiera estado allí, podría haber tardado un poco más en mostrarse de acuerdo, podría haber sido más tenaz y preguntar por qué aquello era tan importante precisamente ese día. Sin embargo, Gurney había crecido en una casa donde ni la menor discrepancia podía airearse delante de un extraño. En su interior tenía arraigada una suerte de rígida reticencia angloirlandesa a mostrarse en público tal como era.

Kim parecía preocupada.

– ¿No debería ir contigo?

– Casi no tiene sentido que vaya yo. Así pues, desde luego, no hay necesidad alguna de que vayamos los dos.

– Vamos -dijo Madeleine, volviéndose hacia Kim-. Iré a buscarte unas botas. Aprovechemos que aún hace sol para subir a la colina.

Al cabo de dos minutos, Gurney, todavía en el estudio, oyó que la puerta corredera se abría y se cerraba con firmeza. La casa quedó sumida en el silencio. Se volvió hacia la pantalla de su ordenador, cerró el documento con las fotos del Mercedes aplastado del doctor Brewster y buscó en Google los términos «Holdenfield» y «Pastor».

El primer resultado fue un artículo de revista con un título desalentadoramente académico: «Patrón de resonancia: deducciones sobre la formación de la personalidad aplicadas a un asesino desconocido (alias Buen Pastor), mediante la utilización de protocolos de modelado bivalentes inductivo-deductivos. R. Holdenfield et al.».

Fue bajando por los resultados, saltándose aquellos en los que los términos de búsqueda habían encontrado cualquier otra cosa, desde una noticia sobre un hombre de Holdenfield, Nebraska, al que había mordido un pastor alemán, hasta el obituario de un trombonista negro llamado Holdenfield y oficiado por un pastor episcopaliano. Al final, contó una docena de páginas relevantes que relacionaban a Rebecca con aquel caso de homicidio. Todas hacían referencia a artículos profesionales.

Las repasó una por una. Sin embargo, en la mayoría de los casos solo se podía acceder a los artículos si estabas suscrito a las revistas que los habían publicado. Y bien pensado, su curiosidad en relación con ellos tampoco era tan alta. Por otro lado, si el lenguaje empleado en su artículo sobre el patrón de resonancia resultaba indicativo, podía concluir que leerse de cabo a rabo todos aquellos textos podía provocarle un terrible dolor de cabeza.

18

Patrón de resonancia

Cooperstown estaba situada al sur de un largo y estrecho lago, en las colinas rurales del condado de Otsego. Dos clases de turismo constituían la seña indicativa del lugar: por un lado, el apacible y adinerado; por el otro, el relacionado con el béisbol; por una parte, una calle principal llena de recuerdos deportivos; por otra, calles laterales tranquilas donde las casas de estilo neogriego reposaban a la sombra de robles centenarios. La América profunda en el centro del pueblo mezclada con tiendas de ropa Brooks Brothers bajo los altos árboles.

Había tardado en llegar a Walnut Crossing un poco más de lo previsto, más de una hora de viaje. De todos modos, llegó al Otesaga mucho antes de la hora prevista para su cita. Puede que, en el fondo, inconscientemente, quisiera oír la conferencia de Holdenfield, o al menos parte de ella.

Finales de marzo no era temporada alta, y menos para un hotel situado junto a un lago. Solo un tercio del aparcamiento estaba ocupado. El lugar, aunque bien cuidado, parecía medio desierto.

Gurney creía que se podía saber lo caro que era un hotel por lo rápida y sonriente que era la persona que acudía a abrirte la puerta. Según ese criterio, concluyó que una habitación en el Otesaga costaría al menos cuatrocientos dólares por noche.

La elegancia del vestíbulo confirmó esa impresión. Gurney estaba a punto de preguntar por la ubicación de la sala Fenimore cuando vio un caballete de madera que sostenía un cartel con una flecha que respondía a su pregunta. La flecha señalaba a un amplio pasillo con paredes de molduras clásicas. El cartel indicaba que la sala estaba reservada ese día para una reunión de la Asociación de Psicología Filosófica de Estados Unidos.

Al final del pasillo, había otro cartel idéntico junto a una puerta abierta. Cuando Gurney se acercó, oyó una salva de aplausos. Al llegar, comprobó que acababan de presentar a Rebecca Holdenfield. La mujer estaba ocupando su lugar al fondo de la sala, en el estrado. Era un espacio de techos altos que bien podría haber dado cobijo a una reunión de senadores romanos.

«No está mal», pensó Gurney.

Habría unas doscientas sillas, casi todas ocupadas. La inmensa mayoría de los asistentes eran varones, y muchos de ellos parecían de mediana edad o mayores. Gurney entró en la sala y ocupó un asiento en la última fila. Se sentía tan fuera de lugar como cuando iba a bodas, funerales o celebraciones por el estilo.

Holdenfield captó su mirada, pero no mostró ningún signo de reconocimiento. Acomodó unos papeles en el atril y sonrió a su público. Su expresión revelaba seguridad e intensidad más que calidez.

Nada nuevo.

– Gracias, señor presidente. -La sonrisa se apagó, la voz era clara y potente-. Estoy aquí para aportarles una idea sencilla. No les pido que estén de acuerdo o en desacuerdo. Les pido que piensen en ello. Lo que les aporto es una nueva visión del papel de la imitación en nuestras vidas, y de cómo afecta a todo lo que pensamos, sentimos y hacemos. En mi opinión, la imitación puede ser un instinto de supervivencia de la especie humana, tan indispensable como el sexo. Es una idea revolucionaria. La imitación nunca se ha clasificado como un instinto: una tendencia a la acción impulsada por la acumulación y descarga de tensión. Pero ¿no es exactamente eso lo que es?

1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 110
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)