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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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En ese momento, no obstante, no tenía ningún deseo de iniciar ese ritual. Así pues, no abrió la puerta. Decidió tomarse una segunda taza de café e imprimió el perfil del Buen Pastor para examinarlo con una mentalidad abierta. Trató de convencerse de que las opiniones de aquellos expertos podían tener una base bastante sólida, e intentó dejar de lado la idea de encontrar allí poco más que una serie de sandeces.

Entró en el estudio y abrió los mensajes de correo de Hardwick en el ordenador de sobremesa: una agradable mejora respecto a la pequeña pantalla de su teléfono móvil. Mientras se imprimía el perfil, abrió el primero de los atestados en los que se había ocupado la tarde anterior.

No estaba seguro de qué estaba buscando. Todavía estaba en la fase en la que lo importante era buscarlo todo, absorber el máximo de datos posibles. Las decisiones sobre lo que era significativo, la búsqueda de patrones, vendrían después.

Antes había tenido demasiada prisa. Necesitaba ir más despacio. A lo largo de los años, había descubierto que uno de los peores errores que puede cometer un detective es centrarse en un posible patrón cuando posee muy pocos datos, porque una vez que se cree que existe un patrón, se tiende a desechar los datos que no encajan en él. Se desprecia cualquier aspecto que no se adecue con la idea preconcebida. Se quiere dibujar un esquema de la situación lo más rápido posible, lo que puede conllevar que se extraigan conclusiones prematuras.

El tiempo dedicado solo a mirar, escuchar y absorber tiene un valor tremendo. Y cuanto mayor sea, mejor será la forma de iniciar una investigación.

¿Iniciar una investigación?

¿Iniciar una investigación sobre qué? ¿A petición de quién? ¿Con qué autorización legal? ¿No supondría eso enfrentarse con Schiff? ¿Y con quién más?

Decidió simplificar la cuestión. Solo le interesaba investigar, privadamente, una serie de hechos. Era una cuestión de verlo como un modesto esfuerzo para responder a unas cuantas preguntas. Preguntas tales como: ¿quién estaba detrás de aquellas «bromas» que habían inquietado a Kim? ¿Qué estaba más cerca de la verdad, lo que Kim le había contado sobre Meese o lo que ella le había contado acerca de ella? ¿Quién había preparado aquella trampa que había hecho que se cayera en el sótano? ¿Se la habían tendido a él o a Kim?

Si el susurro había sido real, ¿quién había susurrado? ¿Por qué estaba acechando en el sótano? ¿Cómo había entrado en la casa? ¿Cómo había salido?

¿Qué significaba aquello de «Deja en paz al diablo»?

¿Y qué tenía que ver todo aquello con la serie de asesinatos de diez años atrás?

Debía empezar revisando todos los informes de incidente, los anexos, los del ViCap, el perfil del FBI, los informes de estatus que había en la carpeta del proyecto de Kim y las notas que había tomado mientras escuchaba los pequeños resúmenes mordaces de Hardwick sobre las víctimas.

Todo eso podía afrontarlo solo. Sin embargo, también sentía una creciente necesidad de sentarse con Rebecca Holdenfield y ahondar más profundamente en el perfil del Buen Pastor. Debía averiguar cómo se recopilaron, analizaron y priorizaron los primeros datos; cómo se examinaron ciertas alternativas teóricas; si hubo consenso; y si su opinión sobre el caso había cambiado con los años. También sentía curiosidad por saber si había hablado con Max Clinter.

Todavía tenía el número de Holdenfield en su móvil. Habían colaborado en los casos de Mark Mellery y Jillian Perry, y suponía que sus caminos podrían volver a cruzarse. Buscó el número en la pantalla y llamó. Le saltó el buzón de voz.

Escuchó un largo mensaje introductorio que daba detalles sobre el horario y la localización de su oficina, su página web y la dirección de correo electrónico a la que podían enviarse las preguntas. El sonido de su voz evocó la imagen de la mujer: dura, cerebral, atlética y ambiciosa. Sus rasgos faciales eran perfectos sin ser bellos. Sus ojos eran asombrosos e intensos, pero carecían de la calidez que los habría hecho hermosos. Era una profesional ambiciosa. Cualquier tiempo que le dejaba libre su carrera principal en el campo de la psicología forense, lo ocupaba con su consulta privada.

Gurney dejó un mensaje lacónico, para que se sintiera intrigada: -Hola, Rebecca. Soy Dave Gurney. Espero que esté bien. Estoy metido en una situación inusual que me gustaría discutir con usted, para conocer su opinión. Está relacionada con el caso del Buen Pastor. Sé lo increíblemente ocupada que está. Llámeme cuando pueda. -Terminó dejando su número de móvil.

Para cualquier otra persona con la que no hubiera hablado desde hacía seis meses, aquel mensaje podría ser demasiado insustancial, impersonal, pero sabía que para Holdenfield nada era demasiado insustancial o demasiado impersonal. Eso no significaba que no le cayera bien. De hecho, podía recordar momentos en que le había resultado inquietantemente atractiva.

Se sintió satisfecho por haber movido pieza con aquella llamada. Volvió al atestado que tenía abierto en la pantalla del ordenador y empezó a leerlo. Al cabo de una hora, cuando estaba a mitad del quinto atestado, sonó el teléfono. Miró al identificador: Albany Forensic Consultants.

– ¿Rebecca?

– Hola, David. Acabo de parar a poner gasolina. ¿En qué puedo ayudarle? -Su voz parecía a la vez brusca y amable.

– Tengo entendido que sabe bastante sobre el caso del Buen Pastor.

– Un poco.

– ¿Alguna posibilidad de que podamos encontrarnos para charlar un rato?

– ¿Por qué?

– Han ocurrido cosas extrañas que podrían estar relacionadas con este caso. Necesito el punto de vista de alguien que sepa de qué está hablando.

– En Internet hay toneladas de material sobre el caso.

– Necesito un punto de vista del que pueda fiarme.

– ¿Cuándo ha de ser?

– Lo antes posible.

– Voy camino del Otesaga.

– ¿Perdón?

– El hotel Otesaga, en Cooperstown. Si quiere verme allí, puedo dedicarle cuarenta y cinco minutos, de la una y cuarto a las dos.

– Perfecto. ¿Dónde puedo…?

– En la sala de reuniones Fenimore. Presento un trabajo de investigación a las doce y media, después habrá una breve sesión de preguntas y luego un poco de cotilleo en el bufé. El cotilleo me lo puedo saltar. ¿Puede estar allí a la una y cuarto?

Gurney abrió y cerró la mano derecha, convenciéndose otra vez de que podía manejar el cambio de marchas.

– Sí.

– Hasta entonces.

Sonrió. Sentía afinidad con cualquiera que estuviera dispuesto a saltarse la parte del cotilleo. Quizás eso era lo que más le gustaba de Holdenfield, el minimalismo de su sociabilidad. Durante un momento, se preguntó cómo se reflejaría eso en su vida sexual. Sacudió la cabeza como para librarse de esa idea.

Volvió a centrarse en el quinto atestado -en la parte en la que salían una serie de fotografías y pies de foto de la escena del crimen y del vehículo- con renovada concentración. Las imágenes mostraban el Mercedes del doctor James Brewster desde múltiples ángulos; había quedado compactado hasta la mitad de su longitud tras chocar contra el tronco de un árbol. Como la mayoría de los otros vehículos, la cápsula de prestigio de cien mil dólares había quedado convertida en algo irreconocible, indescriptible, inútil.

Gurney se preguntó si eso formaba parte del objetivo del Buen Pastor: no solo matar a propietarios ricos, sino también reducir los símbolos de su riqueza a pilas de chatarra sin sentido. La humillación final de los ricos y poderosos. Polvo al polvo.

– ¿Interrumpimos algo? -Era la voz de Madeleine.

Gurney levantó la mirada, asombrado. Su mujer estaba de pie en el umbral del estudio. Kim estaba detrás de ella. No las había oído entrar en la casa. Todavía llevaban puestas aquellas chaquetas tan coloridas.

– ¿Interrumpir?

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