La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
A las once del día siguiente, se había reunido alrededor de la escalera de los tribunales un gentío abigarrado, fumando, mascando, escupiendo, maldiciendo y conversando, cada uno según sus gustos e inclinaciones, esperando que diera comienzo la subasta. Los hombres y mujeres que se iban a vender estaban sentados aparte y se hablaban con voz queda. La mujer anunciada bajo el nombre de Hagar era una verdadera africana de tipo y facciones. Debía de tener unos sesenta años, pero aparentaba más por culpa del trabajo y la enfermedad, estaba casi ciega y algo incapacitada por el reumatismo. A su lado se encontraba Albert, el único hijo que le quedaba, un muchachote de aspecto despierto de unos catorce años. Era el único superviviente de una gran familia que se había ido vendiendo poco a poco en el mercado del sur. La madre se agarraba a él con las dos manos temblorosas y miraba con gran perturbación a todos los que se acercaban a examinarlo.
– No temas, tía Hagar -dijo el mayor de los hombres-, hablé con el señor Thomas y me dijo que a lo mejor conseguiría venderos en el mismo lote a los dos.
– Que no digan que yo estoy acabada -dijo ella, alzando las manos temblorosas-. Puedo guisar todavía y frotar y fregar; vale la pena comprarme, si me venden barata, tú díselo, díselo -añadió con convicción.
En ese momento, Haley se abrió paso entre el- grupo, se aproximó al viejo y le abrió bruscamente la boca para mirarla por dentro, le tocó los dientes, le hizo erguirse y doblarse y contorsionarse para mostrar los músculos; luego pasó al siguiente y le hizo pasar las mismas pruebas. Acercándose finalmente al muchacho, le tocó los brazos, le enderezó las manos, le escudriñó los dedos y le hizo saltar para mostrar su agilidad.
– No lo van a vender sin mí -dijo la anciana con apasionado énfasis-; él y yo vamos en el mismo lote; yo estoy muy fuerte todavía, amo, y puedo hacer mucho trabajo, muchísimo, amo.
– ¿En una plantación? -preguntó Haley con una mirada de desprecio-. ¡Sí, sí! -y con aspecto de estar satisfecho de su examen, se alejó y se quedó mirando con las manos en los bolsillos, el cigarro en la boca y el sombrero ladeado en la cabeza, preparado para actuar.
– ¿Qué opina usted de ellos? -preguntó un hombre que había observado el examen de Haley como si quisiera saber su opinión para decidir él mismo.
– Bien -dijo Haley, escupiendo-, creo que pujaré por los más jóvenes y el muchacho.
– Quieren vender al muchacho y a la mujer juntos -dijo el hombre.
– Les va a ser difícil; ella no es más que un saco de huesos. No vale ni la sal que come.
– ¿No la quiere, entonces? -preguntó el hombre.
– Sería tonto quien la quisiera. Está medio ciega y tullida de reuma, y tonta, además.
– Algunos compran a estos viejos y dicen que sirven para más de lo que se creería uno -dijo reflexivamente el hombre.
– Pues, yo no -dijo Haley-; no me la quedaría aunque me la regalasen, esa es la verdad, ¡la he visto!
– Pues es una lástima no comprarla con el hijo. Parece que ella se ha empeñado en eso, así que supongo que la dan barata.
– Los que tengan dinero para gastar así, mejor para ellos. Yo pujaré por el muchacho como bracero de plantación. Ella no me interesa; no me la quedaría ni regalada -dijo Haley.
– ¡La que va a armar! -dijo el hombre.
– Supongo que es inevitable -dijo el tratante con frialdad.
Aquí un repentino murmullo entre el público interrumpió la conversación y el subastador, un tipo bajo, enérgico y ufano se abrió paso a codazos entre la multitud. La vieja contuvo la respiración y se agarró instintivamente a su hijo.
– Quédate cerca de tu mamá, Albert, cerca, para que nos pongan juntos -dijo.
– ¡Ay, mamá, me temo que no! -dijo el muchacho.
– Deben hacerlo, hijo; no podré vivir si no -dijo la anciana con vehemencia.
Los tonos estentóreos del subastador pidiendo que despejasen el camino anunciaron que iba a comenzar la venta. Se dejó libre un sitio y empezaron las pujas. Los diferentes hombres de la lista se vendieron enseguida por precios que indicaban la buena demanda del mercado; a Haley le correspondieron dos de ellos.
– Vamos, jovencito -dijo el subastador, tocando al muchacho con el mazo-, levántate para que veamos tu agilidad.
– Véndanos juntos, juntos, por favor, señor -suplicó la anciana, agarrándose fuertemente a su hijo.
– ¡Largo! -dijo rudamente el hombre, apartándole las manos-; tú eres la última. Ahora, negrito, ¡salta! y,. diciendo esto, empujó al muchacho hacia la plataforma mientras se oyó detrás de él un quejido profundo y penetrante. El muchacho dudó y miró hacia atrás, pero no había tiempo que perder, por lo que se subió a la plataforma rápidamente, apartándose las lágrimas de los grandes ojos relucientes.
Su espléndido cuerpo, sus ágiles extremidades y su rostro despierto provocaron una competencia instantánea y media docena de pujas llegaron simultáneamente a oídos del subastador. Ansioso y un poco asustado, el muchacho miró de un lado a otro escuchando el alboroto de las pujas rivales, hasta que cayó el mazo. Lo había conseguido Haley. Lo empujaron desde la plataforma hacia su nuevo amo pero se detuvo un momento y miró atrás, donde su pobre madre, temblando de la cabeza a los pies, tenía los brazos extendidos hacia él.
– ¡Cómpreme a mí también, amo, por el amor de Dios! ¡Cómpreme, o moriré!
– ¡Morirás si te compro, ahí está el problema! -dijo Haley-. ¡No! -y se marchó.
Las pujas para la pobre anciana fueron breves. El hombre que se había dirigido a Haley y que no parecía carecer del todo del don de la compasión, la compró por una bagatela, y empezaron a dispersarse los espectadores.
Las pobres víctimas de esta venta, criadas juntas en el mismo lugar durante años, se reunieron en torno a la madre desesperada, cuyo sufrimiento era angustioso presenciar.
– ¿No podían dejarme ni a uno? El amo siempre decía que me quedaría con uno -repetía una y otra vez en tono lastimero.
– ¡Confía en el Señor, tía Hagar! -dijo el mayor de los hombres tristemente.
– ¿Para qué sirve? -preguntó, sollozando apasionadamente.
– ¡Madre, madre, no llores! -dijo el muchacho-. Dicen que tienes un buen amo.
– No me importa, no me importa. ¡Ay, Albert, hijo, eres mi último hijo! Señor, ¿cómo voy a soportarlo?
– Vamos, lleváosla, algunos de vosotros -dijo Haley secamente-. No le hace ningún bien lamentarse de esta manera.
Los mayores del grupo, en parte por gusto y en parte a la fuerza, soltaron las manos de la anciana e intentaron consolarla mientras la acompañaban al carro de su nuevo amo.
– ¡Vamos! -dijo Haley, juntando a empujones a los tres esclavos que había comprado y sacando un manojo de esposas, que procedió a colocarles en las muñecas. Después sujetó las esposas a una larga cadena y los condujo a la cárcel.
Unos días después, Haley se encontraba instalado a salvo con sus pertenencias en uno de los barcos del río Ohio. Tenía los principios de su cuadrilla, que se iría aumentando, según iba avanzando el barco, con otras mercancíasde la misma especie, almacenadas por él o su agente en varios puntos a lo largo de la orilla.