La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
La Belle Riviére, un barco de vapor tan gallardo y hermoso como cualquiera que jamás surcara las aguas del río que le inspiraba el nombre, navegaba alegremente bajo un cielo despejado, con las barras y estrellas de la América libre ondeando en lo alto. La cubierta estaba repleta de elegantes damas y caballeros que se paseaban disfrutando del tiempo espléndido. Todos estaban llenos de vida animada y festiva, todos menos los miembros de la cuadrilla de Haley, que se encontraban hacinados con otras mercancías en la cubierta inferior y que, por algún motivo, no parecían apreciar sus muchos privilegios, ahí sentados en caterva, hablándose en voz baja.
– Muchachos --dijo Haley, acercándose rápidamente-, espero que estéis animados y contentos. Nada de morros, pues; a mal tiempo, buena cara, muchachos; portaos bien conmigo y yo me portaré bien con vosotros.
Los muchachos contestaron con el inevitable «sí, amo», la consigna de la pobre África desde hacía años; pero hay que reconocer que no tenían un aspecto muy animoso; tenían pequeñas querencias hacia las esposas, madres, hermanas e hijos, vistos por última vez y, aunque «los que los maltrataban les exigían alegría», no eran capaces de mostrarla.
Tengo esposa --dijo la mercancía designada como «John, 30 años», poniendo la mano esposada en la rodilla de Tom- que no sabe una palabra de esto, pobrecita.
– ¿Dónde vive? -preguntó Tom.
– En una taberna un poco más abajo -dijo John-. ¡Ojalá pudiera verla una vez más en este mundo! -añadió.
¡Pobre John! Su pena era natural, y las lágrimas que caían mientras hablaba acudían con tanta naturalidad como si fuese blanco. Tom soltó un profundo suspiro desde el fondo de su corazón e intentó consolarlo a su torpe manera.
Y encima de sus cabezas, en la cubierta superior, estaban sentados padres y madres con sus hijos alegres revoloteando a su alrededor como mariposas; todo sucedía con naturalidad y llaneza.
– Eh, mamá -dijo un niño que acababa de subir desde el piso inferior-, hay un tratante de negros a bordo que tiene tres o cuatro esclavos allí abajo.
– ¡Pobres criaturas! -dijo la madre en un tono entre apenado e indignado.
– ¿Qué ocurre? -preguntó otra dama.
– Hay algunos pobres esclavos abajo -dijo la madre.
– Y llevan cadenas -dijo el niño.
– ¡Es una vergüenza para nuestro país que se vean semejantes espectáculos! -dijo otra señora.
– Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema --dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca-. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros están mejor que si estuvieran libres.
– En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo -dijo la señora a quien había contestado la anterior-. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afectos, como separar a las familias, por ejemplo.
– Ése es un mal asunto, desde luego -dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos-, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.
– Ya lo creo que sí -dijo la primera con impaciencia-; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentiría, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?
– No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas -dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.
– Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma -contestó la primera con indignación-. Yo nací y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.
La dama respondió: -¿De veras? -bostezó, miró por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que había empezado-: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.
– No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición -dijo un caballero de aspecto serio vestido de negro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote- «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus hermanos!» [18], dicen las Sagradas Escrituras.
– Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? -preguntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.
– Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo inescrutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchísimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.
– Pues entonces todos compraremos negros -dijo el hombre- si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caballero? -dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie junto a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.
– Sí -prosiguió el hombre alto-, todos debemos resignamos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? -dijo a Haley.
– Nunca lo había pensado -dijo Haley-. Yo no lo hubiese dicho, pues no soy instruido. Me metí en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepentirme con el tiempo, ¿comprende usted?
– Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? -dijo el hombre alto-. Ya ve usted lo útil que es conocer las Sagradas Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habría sabido antes y se habría ahorrado muchas molestias. Podría decir simplemente: «Maldito… ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nuestros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.
En este punto intervino un joven alto y esbelto con una expresión de sensibilidad e inteligencia, repitiendo las palabras: «Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres a vosotros, eso es lo que deberíais hacer vosotros a ellos.» Creo -añadió- que esto es de las Sagradas Escrituras igual que «Maldito Canaán».
– Bien, parece ser un texto igual de sencillo -dijo el ganadero John- para unos pobres tipos como nosotros -y siguió echando humo como un volcán.
El joven se detuvo como si fuera a decir algo más, pero de repente se paró el barco y los presentes se precipitaron, al estilo habitual de los barcos de vapor, para ver dónde tocaban tierra.
– ¿Esos dos son clérigos? -preguntó John a uno de los hombres mientras salían.
El hombre asintió con la cabeza.
Al detenerse el barco, una mujer negra subió corriendo alocada por la plancha, se abalanzó entre la multitud, y se precipitó al lugar donde se hallaba la cuadrilla de esclavos, rodeando con los brazos a la desgraciada mercancía nombrada anteriormente: «John, 30 años», llamándola marido, entre sollozos, gemidos y lágrimas.
Pero no hace falta contar la historia demasiadas veces contada, incluso a diario, de corazones rotos y destrozados, ¡de seres débiles rotos y destrozados para beneficio y provecho de los fuertes! No hace falta contarla; se cuenta a diario, y se cuenta al oído de Uno que no es sordo, aunque hace mucho tiempo que está callado.
El joven que antes había defendido la causa de la humanidad y de Dios se quedó con los brazos cruzados mirando esta escena. Se volvió a Haley, que se encontraba a su lado.
– Amigo -dijo con voz gruesa- ¿cómo puede, cómo se atreve a llevar semejante negocio? ¡Mire a estas pobres criaturas! Aquí estoy yo, alegrándome el corazón de que voy a casa con mi esposa y mi hijo; y la misma campana que es la señal que hará que me lleven más cerca de ellos, separará a este pobre hombre de su esposa para siempre. No lo dude usted, Dios le hará responder de esto.
[18] Génesis 9, 25.