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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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La Belle Riviére, un barco de vapor tan gallardo y hermoso como cualquiera que jamás surcara las aguas del río que le inspiraba el nombre, navegaba alegremente bajo un cielo despejado, con las barras y estrellas de la América libre ondeando en lo alto. La cubierta estaba repleta de elegantes damas y caballeros que se paseaban disfrutando del tiempo espléndido. Todos estaban llenos de vida animada y festiva, todos menos los miembros de la cuadrilla de Haley, que se encontraban hacinados con otras mercancías en la cubierta inferior y que, por algún motivo, no parecían apreciar sus muchos privilegios, ahí sentados en caterva, hablándose en voz baja.

– Muchachos --dijo Haley, acercándose rápidamente-, espero que estéis animados y contentos. Nada de morros, pues; a mal tiempo, buena cara, muchachos; portaos bien conmigo y yo me portaré bien con vosotros.

Los muchachos contestaron con el inevitable «sí, amo», la consigna de la pobre África desde hacía años; pero hay que reconocer que no tenían un aspecto muy animoso; tenían pequeñas querencias hacia las esposas, madres, hermanas e hijos, vistos por última vez y, aunque «los que los maltrataban les exigían alegría», no eran capaces de mostrarla.

Tengo esposa --dijo la mercancía designada como «John, 30 años», poniendo la mano esposada en la rodilla de Tom- que no sabe una palabra de esto, pobrecita.

– ¿Dónde vive? -preguntó Tom.

– En una taberna un poco más abajo -dijo John-. ¡Ojalá pudiera verla una vez más en este mundo! -añadió.

¡Pobre John! Su pena era natural, y las lágrimas que caían mientras hablaba acudían con tanta naturalidad como si fuese blanco. Tom soltó un profundo suspiro desde el fondo de su corazón e intentó consolarlo a su torpe manera.

Y encima de sus cabezas, en la cubierta superior, estaban sentados padres y madres con sus hijos alegres revoloteando a su alrededor como mariposas; todo sucedía con naturalidad y llaneza.

– Eh, mamá -dijo un niño que acababa de subir desde el piso inferior-, hay un tratante de negros a bordo que tiene tres o cuatro esclavos allí abajo.

– ¡Pobres criaturas! -dijo la madre en un tono entre apenado e indignado.

– ¿Qué ocurre? -preguntó otra dama.

– Hay algunos pobres esclavos abajo -dijo la madre.

– Y llevan cadenas -dijo el niño.

– ¡Es una vergüenza para nuestro país que se vean semejantes espectáculos! -dijo otra señora.

– Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema --dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca-. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros están mejor que si estuvieran libres.

– En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo -dijo la señora a quien había contestado la anterior-. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afectos, como separar a las familias, por ejemplo.

– Ése es un mal asunto, desde luego -dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos-, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.

– Ya lo creo que sí -dijo la primera con impaciencia-; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentiría, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?

– No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas -dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.

– Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma -contestó la primera con indignación-. Yo nací y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.

La dama respondió: -¿De veras? -bostezó, miró por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que había empezado-: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.

– No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición -dijo un caballero de aspecto serio vestido de negro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote- «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus hermanos!» [18], dicen las Sagradas Escrituras.

– Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? -preguntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.

– Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo inescrutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchísimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.

– Pues entonces todos compraremos negros -dijo el hombre- si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caballero? -dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie junto a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.

– Sí -prosiguió el hombre alto-, todos debemos resignamos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? -dijo a Haley.

– Nunca lo había pensado -dijo Haley-. Yo no lo hubiese dicho, pues no soy instruido. Me metí en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepentirme con el tiempo, ¿comprende usted?

– Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? -dijo el hombre alto-. Ya ve usted lo útil que es conocer las Sagradas Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habría sabido antes y se habría ahorrado muchas molestias. Podría decir simplemente: «Maldito… ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nuestros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.

En este punto intervino un joven alto y esbelto con una expresión de sensibilidad e inteligencia, repitiendo las palabras: «Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres a vosotros, eso es lo que deberíais hacer vosotros a ellos.» Creo -añadió- que esto es de las Sagradas Escrituras igual que «Maldito Canaán».

– Bien, parece ser un texto igual de sencillo -dijo el ganadero John- para unos pobres tipos como nosotros -y siguió echando humo como un volcán.

El joven se detuvo como si fuera a decir algo más, pero de repente se paró el barco y los presentes se precipitaron, al estilo habitual de los barcos de vapor, para ver dónde tocaban tierra.

– ¿Esos dos son clérigos? -preguntó John a uno de los hombres mientras salían.

El hombre asintió con la cabeza.

Al detenerse el barco, una mujer negra subió corriendo alocada por la plancha, se abalanzó entre la multitud, y se precipitó al lugar donde se hallaba la cuadrilla de esclavos, rodeando con los brazos a la desgraciada mercancía nombrada anteriormente: «John, 30 años», llamándola marido, entre sollozos, gemidos y lágrimas.

Pero no hace falta contar la historia demasiadas veces contada, incluso a diario, de corazones rotos y destrozados, ¡de seres débiles rotos y destrozados para beneficio y provecho de los fuertes! No hace falta contarla; se cuenta a diario, y se cuenta al oído de Uno que no es sordo, aunque hace mucho tiempo que está callado.

El joven que antes había defendido la causa de la humanidad y de Dios se quedó con los brazos cruzados mirando esta escena. Se volvió a Haley, que se encontraba a su lado.

– Amigo -dijo con voz gruesa- ¿cómo puede, cómo se atreve a llevar semejante negocio? ¡Mire a estas pobres criaturas! Aquí estoy yo, alegrándome el corazón de que voy a casa con mi esposa y mi hijo; y la misma campana que es la señal que hará que me lleven más cerca de ellos, separará a este pobre hombre de su esposa para siempre. No lo dude usted, Dios le hará responder de esto.

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[18] Génesis 9, 25.

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