Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
—Um. ¿Tienen…?
—Un enlace, claro. Son las madres más ricas de estos parajes. Tienen una consola completa y todo. Pero tal vez no tengas que usarla. Lo que sin duda necesitas, calculo, es algún buen consejo materno. Te podrías ahorrar el coste de una consulta.
Consejos maternos era lo que le habían enseñado a buscar si alguna vez tenía problemas en el mundo. Las madres de los clanes locales más grandes y respetados estaban disponibles no sólo para sus propias hijas, sino para cualquiera, incluso hombre o var, que lo necesitara y fuese digno. De hecho, Maia no tenía muchas ganas de encontrarse con un puñado de clones viejas, acostumbradas a mediar en cortes feudales, citando perogrulladas y asignando sus versos del Libro de las Fundadoras.
Pero dice que tienen una consola.
—Muy bien —contestó, y se volvió hacia la jefa de estación—. Me temo que eso significa…
—No me lo digas. Tal vez no vuelvas a tiempo para coger el de las 6.02. Oh, bueno… —La Musseli bostezó para mostrar lo preocupada que estaba—. Supongo que siempre hay otra var esperando en la calle. Vuelve y te pondremos a la cola para otra ocasión.
Magnífico. Perderé la antigüedad y tal vez una semana esperando otro tren. Esto ya me está costando caro.
Maia tenía la terrible sensación de que, antes de terminar, aquello iba a costarle muchísimo más.
Estamos programadas para encontrar placentero el sexo por un sencillo motivo: porque los animales que se aparean tienen descendencia. Los que no lo hacen no la tienen. Las tendencias que procuran la reproducción con éxito se refuerzan y se transmiten. La evolución es así de simple.
Es por tanto inútil considerar maligno el hecho de que los hombres tiendan a la agresión. Entre nuestros antepasados, la agresión a menudo ayudaba a los machos a tener más hijos que sus competidores. «Bueno» o «malo» tiene poco que ver con ello.
¡Es decir, hasta que alcanzamos la consciencia: en ese punto bien y mal se convirtieron en pertinentes! Conductas excusables en bestias idiotas pueden parecer perversas, criminales, cuando se dan en seres pensantes. El hecho de que una tendencia sea «natural» no nos obliga a seguirla.
Aunque las radicales de Herlandia fueron demasiado lejos, sin duda podemos hacerlo mejor que esas timoratas compromisarias allá en Nueva Terra o Florentina, que hacen tímidos y minúsculos cambios sólo por consenso. Por ejemplo, sin eliminar por completo la agresividad masculina, podemos canalizarla hacia ciertas estaciones, como en los animales con celo, como el ciervo y el alce. Otras tendencias poco convenientes o peligrosas pueden ser puestas en cuarentena, aisladas, de forma que nuestras hijas ya no tengan que soportarlas todo el año, día sí, día no.
Para esta empresa son necesarias la astucia y la inteligencia, así como la compasión por las inevitables tensiones que nuestras descendientes tendrán que soportar.
7
El sol se ponía ya cuando Maia terminó de ayudar a la mujer gruesa a cargar su carreta. A la salida del poblado se detuvieron en la hostería, donde Maia dejó su petate. No contenía gran cosa de valor, sólo ropa y unos cuantos recuerdos, entre otros un libro de efemérides que Leie le había regalado un cumpleaños y un pequeño trozo de piedra ennegrecida regalo del viejo Bennett (antes de que la luz abandonara sus ojos acuosos) y que, según él había jurado, era un auténtico meteorito. Maia no quería dejar sus posesiones, pero no tenía sentido llevarlas y traerlas hasta la Casa Jopland para sólo una noche. Tras meterse unas cuantas cosas en los bolsillos de la chaqueta, cogió un vale de la asistenta Musseli y corrió al encuentro de la otra mujer.
Cargada hasta arriba, la carreta tirada por caballos avanzaba despacio por la estrecha senda de tierra situada al norte de la ciudad, sacudiéndose por los baches y socavones que no habían sido reparados desde las tormentas del verano. El polvo flotante le hacía cosquillas en las membranas que Maia tenía bajo los párpados, causando que aletearan intermitentemente nublando su visión.
—El concejo del valle sigue posponiendo la reparación de estos caminos —se quejó la propietaria de la carreta—. ¡Las brujas dicen que no hay dinero, pero siempre parecen encontrarlo antes de la cosecha! Las granjeras mandan en todo aquí, virgie. Recuerda eso, y no tendrás problemas.
Granjeras Perkinitas, añadió Maia en silencio. La secta atraía a los clanes pequeños, de un estatus no muy superior al de las vars. Incluso los clanes más ricos de Valle Largo eran modestos según los cánones costeros, a no ser que fueran ramas juveniles de colmenas más extendidas por otras partes.
La benefactora de Maia pertenecía a una de esas ramas. Era una Lerner. Maia conocía a la familia, cuyos dispersos retoños se habían abierto huecos por todo el Continente Oriental, dondequiera que hubiese depósitos demasiado exiguos para atraer grandes empresas mineras, y comunidades con necesidades que una pequeña explotación de fragua pudiera cubrir. La dura experiencia había enseñado al Clan Lerner los límites de su talento. Cada vez que una de sus explotaciones crecía lo bastante como para atraer a la competencia, la vendían y se trasladaban a otra parte.
Pero es un nicho, supuso Maia. Pocas vars fundaban un linaje propio, y mucho menos tan numeroso. No estaba en posición de juzgar.
Calma Lerner parecía bastante amistosa. Una mujer con manos masculinas casi tan duras como los gruesos lingotes rojizos que Maia había ayudado a cargar y traído en tren desde Grange Head. La aleación sería mezclada con hierro local siguiendo recetas locales transmitidas de madre a hija durante generaciones, para crear el sencillo acero Lerner.
Allá en Puerto Sanger, las Lerner locales no soportaban el sol de la pradera, y eran mucho más pálidas. Sin embargo, la sensación era de familiaridad, como si Calma y ella debieran estar chismorreando sobre conocidas comunes. Naturalmente, no tenían ninguna. La familiaridad era unívoca. Y tampoco era probable que Calma reconociera a Maia si volvían a encontrarse otra vez. La gente tendía a no molestarse en memorizar, o advertir siquiera, una cara con sólo una propietaria.
Con todo, mientras el pardo paisaje avanzaba lentamente, la mujer mayor empezó a mostrar la conocida afabilidad de su clan, permitiéndose hablar sobre la vida en aquella gran llanura de aluvión. Calma y su familia trabajaban la tierra al norte de Holly Lock, donde los sondeos habían llevado a la superficie un raro pliegue rocoso que contenía una prometedora mezcla de elementos. Cuando los asentamientos en este extremo del valle eran aún nuevos, tres jóvenes cadetes de una Casa Lerner establecida llegaron desde la costa para trabajar en aquellos pequeños yacimientos e instalar hornos. Durante cuatro generaciones hubo momentos duros y algunos años de prosperidad. Ahora había seis adultas en el diminuto clan retoño, y cuatro hijas clónicas de diversas edades. Eso además de un chico del verano y una docena o así de empleadas vars que estaban de paso.
Cuando descubrió que la educación de Maia incluía un cursillo de química, Calma empezó a mostrarse más efusiva, y se puso a narrar los desafíos y delicias de la metalurgia en la frontera, creando y transformando la materia prima del planeta para satisfacer las demandas humanas.
—No te puedes imaginar la satisfacción —dijo, extendiendo los brazos hacia el horizonte, donde el sol poniente parecía prender fuego a un mar de grano—. Hay grandes oportunidades aquí para una joven con la actitud trabajadora necesaria. Sí. Muy buenas oportunidades.
Por cortesía, y porque había llegado a caerle bien su acompañante, Maia se abstuvo de reírse en voz alta. No era difícil detectar algunos callejones sin salida, y la pobre Calma estaba describiendo a una auténtica perdedora.