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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Tengo que explicároslo. Sabía que Doc T. estaba vivo porque había caminado delante de mí, se había sentado y había hablado. Pero a partir de ese momento, podía haber estado muerto perfectamente, porque no se movía. Una vez instalado en su sillón galáctico, ni un solo movimiento más: sólo le temblaban un poco los labios, pero apenas. Y el resto: inmóvil, totalmente inmóvil. Normalmente, cuando hablas, no mueves sólo los labios, a la fuerza eso desencadena otros movimientos: músculos de la cara, gestos muy ligeros con la manos, el cuello, los hombros; y cuando no hablas, con todo es muy difícil permanecer inmóvil del todo; siempre tiembla algo, siempre se parpadea, se mueve imperceptiblemente un pie, etc.

Pero éclass="underline" rien! ¡Nada! Wallou! Nothing! ¡Una estatua viva! ¡Flipante! «Y bien, jovencita», me ha dicho, y me he sobresaltado, «¿qué dices tú de todo esto?» Me ha costado reunir mis pensamientos porque estaba del todo fascinada por su inmovilidad, por eso he tardado un poco en responder. Mamá se retorcía sobre su silla como si tuviera hemorroides, pero el Doc me miraba sin pestañear. Me he dicho: tengo que conseguir que se mueva, tengo que conseguir que se mueva, a la fuerza tiene que haber algo que lo haga moverse. Entonces he dicho: «Sólo hablaré en presencia de mi abogado», con la esperanza de que eso funcionara. Chasco totaclass="underline" ni un solo movimiento. Mamá ha suspirado como una virgen en pleno suplicio, pero él se ha quedado totalmente inmóvil. «Tu abogado… Mmm…», ha dicho sin moverse. El desafío se estaba volviendo apasionante. ¿Se moverá o no se moverá? He decidido poner toda la carne en el asador para ganar la batalla. «Esto no es un tribunal», ha añadido él, «lo sabes muy bien, mmm.» Yo me decía: si consigo hacer que se mueva, valdrá la pena, ¡no habré perdido el día! «Bien», ha dicho la estatua, «mi querida Solange, voy a tener una conversación a solas con esta jovencita». Mi querida Solange se ha levantado dirigiéndole una mirada de cocker lacrimoso y se ha marchado de la habitación haciendo un montón de movimientos inútiles (sin duda para compensar).

«Tienes a tu madre muy preocupada», ha atacado el doctor, logrando la proeza de no mover ni el labio inferior siquiera. He reflexionado un momento y he decidido que la técnica de la provocación no tenía muchas probabilidades de llegar a buen puerto. ¿Queréis asegurarle a vuestro psicoanalista la certeza de su dominio? Provocadlo como provoca un adolescente a sus padres. He decidido pues decirle muy seria: «¿Cree que tiene que ver con la exclusión del Nombre del Padre?» ¿Diríais que le ha hecho moverse un pelo? En absoluto. Se ha quedado inmóvil e impávido. Pero me ha parecido ver algo en sus ojos, como una vacilación. He decidido explotar el filón. «¿Mmm?», ha preguntado. «No creo que entiendas lo que dices». -«Oh, sí, sí», le he contestado, «pero hay algo en las teorías de Lacan que no entiendo, y es la naturaleza exacta de su relación con el estructuralismo». Él ha entreabierto la boca para decir algo pero yo he sido más rápida. «Ah, y tampoco entiendo los matemas. Todos esos nudos, resulta un poco confuso. ¿Entiende usted algo de la topología? Hace tiempo que todo el mundo sabe que es una tomadura de pelo, ¿no?» Ahí ya sí he notado cierto progreso. No le había dado tiempo a cerrar la boca y se le ha quedado abierta. Luego se ha recuperado y sobre su rostro inmóvil ha aparecido una expresión sin movimiento, en plan: «¿Quieres jugar a esto conmigo, bonita?» Pues claro que quiero jugar a esto contigo, mi querido marrón glacé. Entonces he aguardado. «Eres una jovencita muy inteligente, lo sé», ha dicho (coste de esta información transmitida por Mi querida Solange: 60 euros la media hora). «Pero se puede ser muy inteligente y a la vez muy frágil, ¿sabes?, muy lúcido y muy desgraciado.» No me digas, ¿en serio? ¿Esta frase la has leído en Pif Gadget [un tebeo [4]]?, he estado a puntito de preguntarle. Y, de pronto, he sentido ganas de llevar mi jueguecito un poco más lejos. Al fin y al cabo tenía ante mí al tipo que le cuesta 600 euros al mes a mi familia desde hace diez años, con el resultado que todos conocemos: tres horas al día regando plantas y un consumo impresionante de sustancias de laboratorio. He sentido que me invadía una oleada de rabia. Me he inclinado sobre el escritorio y he dicho en voz muy baja: «Escúchame bien, señor Congelado, tú y yo vamos a hacer un trato. Tú me vas a dejar a mí en paz, y, a cambio, yo no mandaré al garete tu cochino negocio difundiendo malignos rumores sobre ti en las altas esferas de los negocios y la política de esta ciudad. Y créeme, si eres capaz de ver todo lo inteligente que soy, te darás cuenta de que está totalmente a mi alcance hacer algo así.» En mi opinión, no podía funcionar. No me lo creía. Hay que ser de verdad idiota para creerse tantas estupideces. Pero, resulta increíble, la victoria ha sido mía: una sombra de inquietud ha pasado por el rostro del doctor Theid. Pienso que me ha creído. Es fabuloso: desde luego si hay algo que yo no haría jamás es difundir rumores falsos para perjudicar a alguien. Mi padre, tan republicano él, me ha inoculado el virus de la deontología, y por mucho que me parezca algo tan absurdo como todo lo demás, me atengo a él al pie de la letra. Pero el bueno del doctor, que, para juzgar a la familia, sólo disponía de la madre, ha estimado al parecer que la amenaza era real. Y ahí, milagro: ¡un movimiento! Ha chasqueado la lengua, ha descruzado los brazos, ha extendido una mano hacia el escritorio y ha golpeado con la palma su carpeta de piel de cabra. Un gesto de exasperación pero también de intimidación. Entonces se ha levantado, sin una sombra ya de dulzura ni de amabilidad, se ha dirigido hacia la puerta, ha llamado a mamá, le ha soltado una milonga sobre mi buena salud mental, le ha asegurado que todo se iba a arreglar y nos ha echado al instante de su rinconcito otoñal junto a la chimenea.

Al principio me sentía bastante orgullosa de mí misma. Había conseguido que se moviera. Pero conforme iba avanzando el día, me he ido sintiendo cada vez más deprimida. Porque lo que ha ocurrido cuando se ha movido ha sido algo no muy bonito que digamos, no muy limpio. Por mucho que yo sepa que hay adultos que llevan máscaras en plan todo dulzura, todo sabiduría, pero debajo son muy feos y muy duros; por mucho que sepa que basta con descubrirles el juego para que caigan las máscaras, cuando ocurre con toda esa violencia, me hace daño. Cuando ha golpeado la mesa con la mano, quería decir: «Muy bien, me ves tal cual soy, es inútil seguir fingiendo, acepto tu pacto miserable; y ahora ya te estás largando.» Pues sí, me ha dolido. Por mucho que sepa que el mundo es feo, no tengo ganas de verlo.

Sí, abandonemos este mundo donde lo que se mueve desvela la fealdad oculta.

12

Una oleada de esperanza

Qué cómodo es reprocharles a los fenomenólogos su autismo sin gato; yo he dedicado mi vida a la búsqueda de lo intemporal.

Pero quien persigue eternidad recoge soledad.

– Sí -dice, cogiendo mi bolso-, estoy de acuerdo con usted. Es una de las más sobrias y sin embargo es de una gran armonía.

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Сюжет
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Главный герой
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