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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Entonces me hice una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué éstos y no los otros?

Y otra más: ¿Y yo? ¿Se ve ya mi destino escrito en mi frente? Si quiero morir es porque creo que sí.

Pero si en nuestro universo existe la posibilidad de convertirse en lo que uno no es todavía… ¿sabré aprovecharla y hacer de mi vida un jardín distinto al de mis ancestros?

8

Demonios

A las siete, más muerta que viva, me dirijo hacia la cuarta planta, rezando, hasta reventarme los nudillos, por no cruzarme con nadie.

El portal está desierto.

La escalera está desierta.

El rellano del señor Ozu está desierto.

Este desierto silencioso, que debería haberme colmado, preña mi corazón de un oscuro presentimiento, y un irrefrenable deseo de huir me atenaza. Mi lúgubre portería se me antoja de pronto un refugio cálido y radiante, y siento una bocanada de nostalgia al pensar en León, arrellanado ante una televisión que ya no me parece tan inicua. Después de todo, ¿qué tengo que perder? Puedo dar media vuelta, bajar la escalera y regresar a mi morada. Nada más fácil. Nada más lógico, al contrario que esta cena que raya en el absurdo.

Un ruido en la quinta planta, justo encima de mi cabeza, interrumpe el hilo de mis pensamientos. Del susto, al instante me pongo a sudar -despiadado destino- y, sin tan siquiera comprender el gesto, aprieto con frenesí el botón del timbre.

No me da ni tiempo a que me lata el corazón: se abre la puerta.

El señor Ozu me recibe con una gran sonrisa.

– ¡Buenas tardes! -exclama con, diríase, una alegría que nada tiene de fingida.

Demonios, el ruido en la planta quinta se precisa: alguien cierra una puerta.

– Sí, sí, buenas tardes -digo, empujando prácticamente a mi anfitrión para entrar.

– ¿Me permite su bolso? -dice el señor Ozu, que sigue sonriendo de oreja a oreja.

Le tiendo el bolso, recorriendo con la mirada el inmenso vestíbulo.

Mi mirada se topa con algo.

9

De oro mate

Justo delante de la puerta, atrapado en un rayo de luz, hay un cuadro.

He aquí la situación: yo, Renée, cincuenta y cuatro años y callos en los pies, nacida en el fango y destinada a permanecer en él, al ir a cenar a casa de un rico japonés del cual soy portera, por el único error de haber dado un respingo ante una cita de Ana Karenina, yo, Renée, intimidada y asustada hasta el tuétano y consciente hasta el desfallecimiento de la inconveniencia y el carácter blasfemo de mi presencia en este lugar que, si bien espacialmente accesible, no por ello representa menos un mundo al que no pertenezco y que desconfía de las porteras, yo, Renée, dirijo como sin querer la mirada justo detrás del señor Ozu sobre ese rayo de luz que ilumina un cuadrito con un marco de madera oscura.

Sólo el esplendor del Arte puede explicar el desvanecimiento repentino de la conciencia de mi indignidad, a la que sustituye un síncope estético. Ya no me conozco a mí misma. Rodeo al señor Ozu, atrapada por la visión.

Es una naturaleza muerta que representa una mesa servida para una colación de ostras y pan. En primer plano, sobre una fuentecita de plata, un limón despojado a medias de su cáscara y un cuchillo de mango cincelado. En el trasfondo, dos ostras cerradas, un fragmento de concha, de nácar visible, y un plato de estaño que sin duda contiene pimienta. Junto a éstos, un vaso dado la vuelta, un panecillo empezado con su miga blanca a la vista y, a la izquierda, un gran vaso abombado como una cúpula invertida, de pie ancho y cilindrico adornado con esferas de cristal, lleno a medias de un líquido pálido y dorado. La gama cromática va del amarillo al marfil. El fondo es de oro mate, un poco deslucido.

Soy ferviente adoradora de las naturalezas muertas. He tomado prestados de la biblioteca todas las obras del fondo pictórico, buscando obras de este género. He visitado el museo del Louvre, de Orsay y el de Arte Moderno, y he visto -revelación y maravilla- la exposición de Chardin de 1979 en el Petit Palais. Pero ni la obra entera de Chardin vale una sola obra maestra de la pintura holandesa del siglo XVII. Las naturalezas muertas de Pieter Claesz, de Willem Claesz-Heda, de Willem Kalk y de Osias Beert son obras maestras del género, y obras maestras a secas, a cambio de las cuales, sin una sombra de vacilación, daría todo el Quattrocento italiano.

Y ésta, sin vacilación tampoco, es indudablemente una obra de Pieter Claesz.

– Es una copia -dice detrás de mí un señor Ozu del que me había olvidado por completo.

Otra vez tiene este hombre que sobresaltarme.

Me sobresalto.

Recuperándome, me dispongo a decir algo del estilo de:

– Es muy bonito -que es al Arte como paliar a a la belleza de la lengua.

Me dispongo, en el dominio recobrado de mi serenidad, a retomar mi papel de guardesa obtusa prosiguiendo con un:

– Hay que ver las cosas que hacen hoy en día (en respuesta a: «es una copia»).

Y me dispongo asimismo a propinar el golpe fatal, aquel que dejará fuera de combate los recelos del señor Ozu y que asentará para siempre la evidencia de mi indignidad:

– Mire que son raros esos vasos.

Me doy la vuelta. Las palabras:

– ¿Una copia de qué? -que de pronto decida las más apropiadas se me traban en la garganta, En lugar de eso, digo:

– Qué hermoso.

10

¿Qué congruencia hay?

¿De dónde viene la fascinación que sentimos ante ciertas obras? La admiración nace ya desde la primera mirada, y si después descubrimos, en la paciente obstinación que empleamos en desvelar las causas, que toda esa belleza es el fruto de un virtuosismo que sólo se revela al escrutar el trabajo de un pincel que ha sabido domeñar la sombra y la luz y restituir, magnificándolas, las formas y las texturas -joya transparente del vaso, grano tumultuoso de las conchas, suavidad aterciopelada y clara del limón – ello no disipa ni desentraña el misterio del deslumbramiento primero.

Es un enigma siempre renovado: las grandes obras son formas visuales que en nosotros alcanzan la certeza de una adecuación intemporal. La evidencia de que ciertas formas, bajo el aspecto particular que les dan sus creadores, atraviesan la historia del Arte y, como expresión implícita del genio individual, constituyen todas ellas facetas del genio universal es profundamente perturbadora. ¿Qué congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? Pese a la diversidad de los temas, los soportes y las técnicas, pese a la insignificancia y lo efímero de existencias abocadas siempre a no ser más que de un tiempo solo y de una cultura sola, pese también a la unicidad de toda mirada, que no ve nunca más que lo que le permite su constitución y sufre por la pobreza de su individualidad, el genio de los grandes pintores ha llegado al corazón del misterio y ha exhumado, bajo apariencias diversas, la misma forma sublime que buscamos en toda producción artística. ¿Qué congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? El ojo encuentra en estos maestros, sin tener, que buscarla, una forma que desencadena la sensación de la adecuación, porque a todos se nos aparece como la esencia misma de lo Bello, sin variaciones ni reservas, sin contexto ni esfuerzo. Pero, en la naturaleza muerta del limón, irreductible a la maestría de la ejecución, que hacía surgir el sentimiento de la adecuación, el sentimiento de que así es como debían disponerse los elementos, que permitía sentir el poder de los objetos y de las interacciones entre éstos, abarcar en la mirada su solidaridad y los campos magnéticos que los atraen o los repelen, el vínculo inefable que los une y engendra una fuerza, esa onda secreta e inexplicada que nace de los estados de tensión y de equilibrio de la configuración, que hace surgir el sentimiento de adecuación, la disposición de los objetos y los manjares alcanzaba ese universal en la singularidad: la intemporalidad de la forma adecuada.

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