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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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En ese momento me convenzo ya del todo de haberme vuelto loca o de haber llegado al cielo, porque el sonido hasta entonces indistinguible se precisa e, impensable pero cierto, se asemeja a una pieza de Mozart.

Para quien quiera detalles, al Confutatis del Réquiem de Mozart.

Confutatis maledictis, Flammis acribus addietis!, modulan unas bellísimas voces líricas. Me he vuelto loca.

– Señora Michel, ¿va todo bien? -pregunta una voz al otro lado de la puerta, la del señor Ozu o, más probablemente, la de san Pedro en las puertas del purgatorio.

– Pues… ¡no consigo abrir la puerta! -digo.

Buscaba convencer por todos los medios al señor Ozu de mi deficiente inteligencia.

Pues ¡ea!, lo he conseguido.

– Quizá esté usted girando el pomo en el sentido equivocado -sugiere respetuosamente la voz de san Pedro.

Considero un instante la información, que se abre camino con esfuerzo hasta los circuitos encargados de gestionarla.

Giro el pomo en el otro sentido.

La puerta se abre.

El Confutatis se detiene al instante. Una deliciosa ducha de silencio inunda mi cuerpo agradecido.

– Yo… -le digo al señor Ozu (pues es él y no san Pedro)-… yo… bueno… eh… ¿sabe… el Réquiem?

Debería haber llamado a mi gato Sinsintaxis.

– ¡Oh, apuesto a que se ha asustado! -exclama el señor Ozu-. Debería haberla avisado. Es una costumbre japonesa que mi hija ha querido importar aquí. Cuando se tira de la cadena, suena la música; es más… bonito, ¿entiende?

Entiendo sobre todo que estamos en el pasillo, delante del cuarto de baño, en una situación que pulveriza todos los cánones del ridículo.

– Ah… -contesto-, pues… me ha sorprendido, sí. -Y me abstengo de todo comentario sobre la serie de pecados que este episodio acaba de sacar a la luz.

– No es usted la primera -dice el señor Ozu, amable y, se diría, un poco divertido, a juzgar por la sombra que se le dibuja en el labio superior.

– El Réquiem… en el cuarto de baño… es una elección… sorprendente -respondo para recuperar algo de aplomo, no sin espantarme al instante del giro que le estoy dando a la conversación cuando ni siquiera hemos abandonado el pasillo y seguimos el uno frente al otro, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, inseguros con respecto al desenlace de este diálogo.

El señor Ozu me mira.

Yo lo miro a él.

Algo se quiebra en mi pecho, con un suave clac insólito, como una válvula que se abriera y se cerrara brevemente. Luego asisto, impotente, al temblor ligero que sacude mi torso y, como una extraña coincidencia, me parece que el mismo principio de vibración agita los hombros de mi anfitrión. Nos miramos, vacilantes.

Luego una especie de ji ji ji muy suave y muy tenue escapa de la boca del señor Ozu.

Caigo en la cuenta de que el mismo ji ji ji ahogado pero irreprimible sube también de mi propia garganta. Hacemos ji ji ji los dos, bajito, mirándonos con incredulidad.

Entonces el ji ji ji del señor Ozu se intensifica.

El mío adquiere también una fuerza considerable.

Seguimos mirándonos, expulsando de nuestros pulmones unos ji ji ji más desenfrenados por momentos. Cada vez que se aplacan, nos miramos y volvemos a soltar otra tanda. Siento espasmos en el estómago. El señor Ozu llora de risa.

¿Cuánto tiempo permanecemos ahí, riendo convulsivamente, ante la puerta del W. C. [cuarto de baño]? No lo sé.

Pero un lapso lo bastante largo como para aniquilar todas nuestras fuerzas. Emitimos todavía algunos ji ji ji extenuados y luego, más por cansancio que por saciedad, recuperamos la seriedad.

– Volvamos al salón -dice el señor Ozu, ganador absoluto en la carrera de recuperar el aliento.

15

Una salvaje muy civilizada

– Desde luego, con usted es imposible aburrirse -es lo primero que me dice el señor Ozu una vez de vuelta en la cocina cuando, cómodamente encaramada a mi taburete, me bebo a sorbitos el sake tibio, que encuentro bastante mediocre-. Es usted una persona poco corriente -añade, deslizando hacia mí sobre la mesa un cuenco blanco lleno de pequeños raviolis que no parecen ni fritos ni cocidos sino un poquito de las dos cosas. Al lado deja otro cuenco con salsa de soja. -Son gyozas -precisa.

– Al contrario, creo que soy una persona de lo más corriente. Soy portera. Mi vida es de una banalidad ejemplar.

– Una portera que lee a Tolstoi y escucha a Mozart -dice-. Ignoraba que ello formara parte de las prácticas de su corporación.

Y me guiña el ojo. Se ha sentado sin más ceremonias a mi derecha y ha atacado con sus palillos su ración de gyozas.

Nunca en mi vida me había sentido tan bien. ¿Cómo les diría yo? Por primera vez, me siento en un ambiente de confianza total, aunque no esté sola. Incluso con Manuela, a la que sin embargo confiaría mi vida, no tengo esta sensación de seguridad absoluta que nace de la certeza de que nos comprendemos. Confiar la vida no es entregar el alma, y si bien quiero a Manuela como a una hermana, no puedo compartir con ella lo que hila ese poquito de sentido y de emoción que mi existencia incongruente hurta al universo.

Degusto con palillos unos gyozas rellenos de cilantro y carne especiada y, experimentando un desconcertante sentimiento de relajación, charlo con el señor Ozu como si nos conociéramos de toda la vida.

– Una también tiene que distraerse -digo-, voy a la biblioteca municipal y saco prestado todo lo que puedo.

– ¿Le gusta la pintura holandesa? -me pregunta y, sin esperar respuesta, añade-: Si le dieran a elegir entre la pintura flamenca y la pintura italiana, ¿cuál salvaría usted?

Argumentamos lo que dura un falso paso de armas en el que me complazco en exaltarme por el pincel de Vermeer -pero muy pronto descubrimos que, de todas maneras, estamos ambos de acuerdo.

– ¿Piensa usted que es un sacrilegio? -pregunto.

– En absoluto, mi querida señora -me contesta, baqueteando sin ninguna consideración un ravioli de izquierda a derecha en el borde de su cuenco-, en absoluto, ¿acaso cree que he encargado la copia de un Miguel Ángel para exponerla en mi vestíbulo?

»Hay que mojar la pasta en esta salsa -añade, poniendo delante de mí un cestito de mimbre lleno de fideos y un suntuoso cuenco azul verdoso del que se eleva un aroma a… cacahuete-. Es un «zalu ramen», un plato de fideos fríos con una salsa ligeramente dulce. Ya me dirá qué le parece.

Y me tiende una gran servilleta de lino color sepia.

– Provoca daños colaterales, tenga cuidado con su vestido.

– Gracias -le digo.

Y, vaya usted a saber por qué, añado:

– No es mío.

Respiro bien hondo y digo:

– ¿Sabe?, vivo sola desde hace tiempo y no salgo nunca. Me temo que soy un poco… salvaje.

– Una salvaje muy civilizada entonces -me dice sonriendo.

El sabor de los fideos bañados en la salsa de cacahuete es divino. No podría en cambio decir lo mismo del estado del vestido de María. No es fácil bañar fideos de un metro de largo en una salsa semilíquida y luego tragárselos sin causar daños. Pero como el señor Ozu se come los suyos con destreza no exenta de un ruido considerable, me siento liberada de todo complejo y aspiro con brío mis interminables fideos.

– Ahora en serio -me dice el señor Ozu-, ¿no le parece fantástico? Su gato se llama León, los míos, Kitty y Levin; nos gusta a los dos Tolstoi y la pintura holandesa, y vivimos en el mismo lugar. ¿Cuál es la probabilidad de que ocurra algo así?

– No debería haberme regalado esa magnífica edición -le digo-, no era necesario.

– Mi querida señora -responde el señor Ozu -, ¿le ha gustado?

– Pues sí -le digo-, me ha gustado mucho, pero también me ha dado un poco de miedo. Es que, ¿sabe?, me esfuerzo por ser discreta, no querría que la gente de la casa se imaginara…

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