La elegancia del erizo
- Автор: Барбери Мюриель
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:
Le he lanzado una mirada de simpatía, a la que ha contestado con una de animal acorralado. Desde donde me encontraba, tenía un panorama inmejorable sobre la tienda entera y sobre mamá, que se estaba volviendo loca por una especie de sujetador muy, muy, muy pequeño con encaje blanco (algo es algo) pero también unos enormes floripondios malvas. Mi madre tiene cuarenta y cinco años y le sobran unos kilitos, pero el floripondio malva no la asusta; en cambio, la sobriedad y la elegancia del beis liso la paralizan de terror. Bueno, total, que aquí está mamá extirpando a duras penas de un expositor un mini sujetador floral que estima de su talla y una braga a juego, tres estantes más abajo. Tira de ella con convicción pero, de pronto, frunce el ceño: y es que en el otro extremo de la braga hay otra señora, que también tira de ella y frunce asimismo el ceño. Se miran las dos, miran el expositor, constatan que la braga de marras es la última superviviente de una larga mañana de rebajas y se preparan para la batalla a la vez que se dedican la una a la otra una sonrisa de oreja a oreja.
Y éstas son las primicias del movimiento interesante: una braga de ciento treinta euros no mide al fin y al cabo más que unos centímetros de encaje ultrafino. Hay pues que sonreír al adversario, agarrar bien la braga y tirar de ella hacia sí poniendo cuidado de no romperla. Os lo digo tal cual lo pienso: si, en nuestro universo, las leyes de la física son constantes, entonces esto no es posible. Después de varios segundos de intentos infructuosos, nuestras señoras dicen amén a Newton pero no renuncian. Hay pues que proseguir la guerra de otra manera, es decir la diplomacia (una de las citas preferidas de papá). Ello provoca el siguiente movimiento interesante: hay que hacer como que se ignora que se está tirando firmemente de la braga y fingir que uno la pide cortésmente con palabras. He aquí pues a mamá y a la señora que, de golpe, ya no tienen mano derecha, la que sostiene la braga. Es como si no existiera, como si la señora y mamá hablaran tranquilamente de una braga que sigue en el expositor, una braga de la que nadie trata de apoderarse por la fuerza. ¿Dónde está la mano derecha? ¡Ffffiu! ¡Desaparecida! ¡Volatilizada! ¡Le ha cedido el paso a la diplomacia!
Como todo el mundo sabe, la diplomacia fracasa siempre cuando las fuerzas que se enfrentan están equilibradas. Nunca se ha visto a uno más fuerte aceptar las propuestas diplomáticas del más débil. Así, los portavoces que han empezado al unísono con un: «Disculpe, señora, pero me parece que he sido más rápida que usted» no consiguen gran cosa. Cuando me acerco a mamá, ya estamos en: «No pienso soltarla» y es fácil dar crédito a ambas beligerantes.
Por supuesto, mamá ha terminado perdiendo: al acercarme para ponerme a su lado, ha recordado que es una madre de familia respetable y que no le era posible, sin menoscabo de su dignidad, lanzar despedida la mano izquierda contra la cara de la otra señora. Ha recuperado pues el uso de la mano derecha y ha soltado la braga. Resultado de la mañana de compras: una se ha marchado con la braga, la otra, con el sujetador. Mamá estaba de un humor de perros durante la cena. Cuando papá le ha preguntado qué le pasaba, ha contestado: «Tú que eres diputado, deberías estar más atento al declive de las mentalidades y de la buena educación.»
Pero volvamos al movimiento interesante: dos señoras en perfecta salud mental que de repente ya no conocen una parte de su cuerpo. Ello da como resultado algo muy extraño de ver: como si hubiera una fractura en la realidad, un agujero negro que se abre en el espacio y en el tiempo, como en una novela de SF [ciencia-ficción]. Un movimiento negativo, vaya, una especie de gesto hueco.
Y me he dicho: si uno puede fingir que ignora que tiene una mano derecha, ¿qué otra cosa puede fingir que ignora tener? ¿Se puede tener un corazón negativo, un alma hueca?
14
Un solo rollo de estos
La primera fase de la operación transcurre sin incidentes.
Tan pequeña es mi vejiga que encuentro la segunda puerta del pasillo a la derecha sin que me asalte la tentación de abrir las otras siete, y procedo a realizar la función en sí con un alivio que la vergüenza pasada no alcanza a empañar. Habría sido desconsiderado preguntar al señor Ozu dónde estaban los servicios. Unos «servicios» no podrían ser de una blancura nívea, desde las paredes hasta la taza del inodoro sobre la que uno apenas se atreve a apoyarse, por temor a ensuciarla. Toda esta blancura está sin embargo atemperada -de manera que el acto que en ella se realiza no sea clínico en exceso- con una gruesa, mullida, sedosa, satinada y suave moqueta amarilla, del color de un sol radiante, que salva al lugar de la atmósfera propia de un hospital. Todas estas observaciones desencadenan en mí una gran estima por el señor Ozu. La sencillez sobria del blanco, sin mármoles ni fiorituras -debilidades estas en que a menudo incurren aquellos a los que la fortuna ha sonreído, pues se afanan por hacer suntuoso todo lo trivial- y la tierna dulzura de una moqueta solar son, en materia de W. C. [cuartos de baño], las condiciones mismas de la adecuación. ¿Qué buscamos cuando vamos a este lugar? Claridad para no pensar en todas esas profundidades oscuras que hacen coalición y algo que cubra el suelo para cumplir con nuestro deber sin hacer penitencia congelándonos los pies, sobre todo cuando la visita es nocturna.
El papel higiénico, asimismo, aspira a la canonización. Encuentro mucho más concluyente esta marca de riqueza que la posesión, por ejemplo, de un Maserati o de un Jaguar cupé. Lo que representa el papel higiénico para el trasero de las personas ahonda mucho más el abismo entre las clases que otros muchos signos externos. El papel que hay en casa del señor Ozu -grueso, blando, suave y deliciosamente perfumado- está destinado a colmar de atenciones esta parte de nuestro cuerpo que, más que ninguna otra, tan sensible es a estas atenciones. ¿Cuánto costará un solo rollo de éstos?, me pregunto pulsando el botón intermedio de la cisterna, señalado con dos flores de loto, pues mi pequeña vejiga, pese a su reducida autonomía, tiene una capacidad nada desdeñable. Una flor me parece que se queda justita; tres sería vanidoso por mi parte.
Entonces ocurre el hecho.
Un estruendo monstruoso, que asalta mis oídos, a punto está de fulminarme ahí mismo. Lo aterrador es que no acierto a identificar su origen. No es la cadena del inodoro, que apenas oigo; viene de algún lugar por encima de mi cabeza y se abate sobre mí. Se me va a salir el corazón del pecho. Ya conocen la triple alternativa: frente al peligro, fight, flee o freeze (o lo que es lo mismo: plantar cara, poner pies en polvorosa o pasmarse del susto). Con gusto habría optado por la segunda, pero de pronto ya no sé abrir el pestillo de una puerta. ¿Se forma alguna hipótesis en mi mente? Quizá, pero sin gran limpidez. ¿He pulsado acaso el botón equivocado, estimando mal la cantidad producida -qué presunción, qué orgullo, Renée, dos flores de loto para tan irrisoria contribución- y por ello recibo el castigo de una justicia divina cuya estruendosa ira se abate sobre mis oídos? ¿Será que he paladeado -lujuria- en exceso la voluptuosidad del acto en este lugar (que invita a ello) cuando debería considerarse impuro? ¿Me habré abandonado a la envidia, codiciando este PQ [papel higiénico] digno de príncipes, y se me notifica tal vez sin ambigüedades el pecado mortal? ¿Han maltratado mis dedos torpes de trabajadora manual, bajo el efecto de una ira inconsciente, la mecánica sutil del botón de flores de loto, y desencadenado un cataclismo en las cañerías que pone la cuarta planta en peligro de derrumbe?
Sigo tratando con todas mis fuerzas de huir, pero mis manos son incapaces de obedecer mis órdenes. Trituro el pomo de cobre que, correctamente manipulado, debería liberarme, pero no se produce el desenlace esperado.