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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Lo crean o no, nunca he ido a la peluquería. Al dejar el campo para marcharme a la ciudad, descubrí que había dos oficios que se me antojaban igual de aberrantes en la medida en que llevaban a cabo una tarea que cada cual debía poder realizar por su cuenta. Aún hoy me resulta difícil no ver a los floristas y a los peluqueros como parásitos, unos porque viven de la explotación de una naturaleza que es de todos, y otros porque realizan con todo un despliegue de aspavientos y productos aromáticos una tarea que efectúo yo sola en mi cuarto de baño con unas tijeras bien afiladas.

– ¿Quién le ha cortado así el pelo? -pregunta indignada la peluquera a la cual, a costa de un esfuerzo dantesco, he ido a confiar la tarea de hacer de mi cabellera una obra domesticada.

Estira y agita a cada lado de mis orejas dos mechones de inconmensurable tamaño.

– Bueno, ni se lo pregunto -prosigue con expresión asqueada, ahorrándome así la vergüenza de tener que denunciarme a mí misma-. La gente ya no respeta nada, lo veo todos los días.

– Vengo sólo a saneármelo un poco -le digo.

No sé muy bien lo que significa, pero es una réplica clásica de las series que ponen en televisión a primera hora de la tarde y que están pobladas de chicas muy maquilladas que se encuentran siempre en la peluquería o en el gimnasio.

– ¿A saneárselo? ¡Aquí no hay nada que sanear, señora! -exclama-. ¡Hay que rehacer el corte de arriba abajo!

Me mira el cráneo con aire crítico y emite un pequeño silbido.

– Tiene usted un cabello bonito, algo es algo. Tendríamos que poder sacar algo bueno de aquí.

Al final mi peluquera resulta ser buena chica. Pasada la irritación, cuya legitimidad consiste sobre todo en asentar la suya propia -y porque es tan agradable seguir al pie de la letra el guión social al cual debemos lealtad-, se ocupa de mí con amabilidad y alegría.

¿Qué se puede hacer con una masa abundante de cabello si no es cortarla a diestro y siniestro cuando coge volumen? En eso constituía mi credo en materia de peluquería. Esculpir el aglomerado para que tome forma es a partir de ahora mi concepción capilar más puntera.

– Tiene de verdad un cabello precioso -dice por fin, observando su obra, visiblemente satisfecha-, abundante y sedoso. No debería dejarlo en manos de cualquiera.

¿Puede un peinado transformarnos tanto? Yo misma no doy crédito a mi propio reflejo en el espejo. El casco negro que aprisionaba una cara que ya he descrito como ingrata se ha convertido en una onda ligera que juguetea alrededor de un rostro que ya no parece tan poco agraciado. Me confiere un aspecto… respetable. Me encuentro incluso un falso aire de matrona romana.

– Es… fantástico -digo, preguntándome a la vez cómo sustraer tan imprudente locura a las miradas de los residentes.

Es inconcebible que tantos años persiguiendo la invisibilidad queden varados en el banco de arena de un corte a lo matrona.

Vuelvo a casa procurando pasar inadvertida. Tengo la inmensa suerte de no cruzarme con nadie. Pero me da la impresión de que León me mira de una manera extraña. Me acerco a él, y echa las orejas hacia atrás, señal de enfado o de perplejidad.

– Vamos, ¿qué pasa? -le pregunto-. ¿No te gusta? -antes de darme cuenta de que olisquea frenéticamente a su alrededor.

El champú. Apesto a aguacate y almendras.

Me planto un pañuelo en la cabeza y me dedico a un montón de apasionantes ocupaciones, cuyo apogeo consiste en una limpieza concienzuda de los botones de latón de la cabina del ascensor.

Y entonces dan las dos menos diez.

Dentro de diez minutos, Manuela surgirá del abismo de la escalera para inspeccionar la obra terminada.

No tengo tiempo de meditar. Me quito el pañuelo, me desnudo con rapidez, me pongo el vestido de gabardina beis que pertenece a una muerta, y llaman a la puerta.

7

Hecha un pimpollo

– Guau, caray… -dice Manuela.

Una onomatopeya y una expresión tan coloquial en boca de Manuela, a la que nunca he oído pronunciar una palabra trivial, viene a ser como si el Papa, olvidando quién es, espetara a los cardenales: Pero ¿dónde estará esta cochina mitra?

– No se burle -le digo.

– ¿Burlarme? -contesta-. Pero ¡Renée, si está usted fantástica!

Y, de la emoción, tiene que sentarse.

– Una verdadera señora -añade.

Eso es exactamente lo que me preocupa.

– Voy a parecer ridícula si me presento a cenar así, hecha un pimpollo -digo, mientras preparo el té.

– En absoluto -replica Manuela-, es lo más natural, cuando uno va a cenar fuera se pone elegante. A todo el mundo le parece normal.

– Sí, pero esto -digo, llevándome la mano a la cabeza y experimentando la misma sorpresa al palpar algo tan vaporoso.

– Después se ha puesto algo en la cabeza, lo tiene todo aplastado por detrás -dice Manuela, frunciendo el ceño a la vez que extrae de su cesta un hatillo de papel de seda rojo.

– Pedos de monja -anuncia. Sí, pasemos a otra cosa.

– ¿Qué ha ocurrido? – le pregunto.

– ¡Ah, tendría que haberlo visto! -suspira-. He pensado que le iba a dar un ataque al corazón. Le he dicho: «Señora Pallières, lo siento pero ya no voy a poder venir más.» Me ha mirado sin comprender. ¡He tenido que repetírselo dos veces! Entonces se ha sentado y me ha dicho: «Pero ¿qué voy a hacer yo?»

Manuela calla un momento, contrariada.

– Si todavía hubiera dicho: «Pero ¿qué voy a hacer yo sin usted?» Suerte tiene que quiera dejar colocada a Rosie. Si no, le habría dicho: «Señora Pallières, puede hacer lo que quiera, a mí me importa una m…»

Tiene guasa, oye, la mitra de los cojones, dice el Papa.

Rosie es una de las muchas sobrinas de Manuela. Sé lo que quiere decir. Manuela ya está pensando en volver a su pueblo, pero un filón tan jugoso como el número 7 de la calle Grenelle tiene que quedar en familia, por ello introduce a Rosie en su lugar en previsión del gran día. Dios mío, pero ¿qué voy a hacer yo sin Manuela?

– ¿Qué voy a hacer yo sin usted? -le digo, sonriendo.

De pronto a las dos se nos saltan las lágrimas.

– ¿Sabe lo que creo? -pregunta Manuela, secándose los ojos con un enorme pañuelo rojo que parece un capote de torero-. He dejado a la señora Pallières, es una señal. Se van a producir cambios buenos.

– ¿Le ha preguntado la señora el motivo?

– Eso es lo mejor -dice Manuela-. No se ha atrevido. La buena educación a veces puede ser un problema.

– Pero se va a enterar enseguida -le digo.

– Sí -dice Manuela jubilosa, con un hilillo de voz-. Pero ¿sabe una cosa? -añade-. Dentro de un mes me dirá: «Su Rosie es una perla, Manuela. Ha hecho usted bien en pasarle el testigo.» Ah, estos ricos… ¡qué puñeteros son!

Fucking mitre, exclama nervioso el Papa.

– Pase lo que pase -le digo-, somos amigas. Nos miramos sonriendo.

– Sí -dice Manuela-. Pase lo que pase.

Idea profunda n°12

Esta vez una pregunta

sobre el destino

y sus escrituras precoces

para algunos

pero no para otros

Tengo un problema bien gordo: si le prendo fuego a mi casa, corro el riesgo de estropear la de Kakuro. Complicar la existencia del único adulto que, hasta ahora, me parece digno de estima no es muy pertinente que digamos. Pero prenderle fuego a la casa es sin embargo un proyecto importante para mí. Hoy he conocido a alguien y ha sido apasionante. He ido a casa de Kakuro a tomar el té. Estaba Paul, su secretario. Kakuro nos ha invitado, a Marguerite y a mí, al cruzarse con nosotras y con mamá en el portal. Marguerite es mi mejor amiga. Hace dos años que estamos en la misma clase y, desde el principio, lo nuestro fue un flechazo. No sé si tenéis una mínima idea de lo que es un colegio hoy en día en París, en los barrios elegantes, pero, francamente, no tiene nada que envidiarle a los barrios bajos de Marsella. Quizá sea incluso peor, porque allí donde hay dinero, hay droga, y mucha y de mil tipos. Qué gracia me hacen los amigos de mi madre, tan nostálgicos de su Mayo del 68, con sus recuerdos alegres de porros y pipas chechenas. En mi colegio (público, eso sí, al fin y al cabo mi padre ha sido ministro de la República) se puede comprar de todo: ácido, éxtasis, coca, speed, etc. Cuando pienso en los tiempos en que los adolescentes esnifaban pegamento en el cuarto de baño… No era nada comparado con lo de ahora. Mis compañeros de clase se colocan con pastillas de éxtasis como si fueran caramelos, y lo peor es que donde hay droga, hay sexo. No os extrañéis tanto: hoy en día los jóvenes tienen relaciones sexuales muy pronto. Hay niños de sexto (bueno, no muchos, pero sí algunos) que ya se han acostado. Es muy desalentador. Primero, porque yo creo que el sexo, como el amor, es algo sagrado. No me apellido de Broglie, pero si yo viviera más allá de la pubertad, sería para mí muy importante hacer del sexo un sacramento maravilloso. Segundo, porque un adolescente que juega a dárselas de adulto no deja de ser un adolescente. Imaginar que colocarse los fines de semana y andar acostándose con unos y con otros va a hacer de ti un adulto es como creer que un disfraz hace de ti un indio. Y tercero, no deja de ser una concepción de la vida un poco extraña querer hacerse adulto imitando los aspectos más catastróficos de la edad adulta… A mí, haber visto a mi madre chutarse antidepresivos y somníferos me ha vacunado de por vida contra ese tipo de sustancias. Al final, los adolescentes creen hacerse adultos imitando como monos a los adultos que no han pasado de ser niños y que huyen ante la vida. Es patético. Aunque bueno, si yo fuera Cannelle Martin, la tía buena de mi clase, me pregunto qué haría todo el día aparte de drogarme. Ya tiene el destino escrito en la frente. Dentro de quince años, después de haberse casado con un tío rico sólo por casarse con un rico, su marido le pondrá los cuernos porque buscará en otras mujeres lo que su perfecta, fría y fútil esposa habrá sido del todo incapaz de darle, digamos algo de calor humano y sexual. Ésta dirigirá pues toda su energía hacia sus casas y sus hijos, de los cuales, por venganza inconsciente, hará clones de sí misma. Maquillará y vestirá a sus hijas como cortesanas de lujo, las echará en brazos del primer financiero que pase y encargará a sus hijos la misión de conquistar el mundo, como su padre, y de engañar a sus esposas con chicas que no valen nada. ¿Pensáis que estoy divagando? Cuando miro a Cannelle Martin, su largo pelo rubio y vaporoso, sus grandes ojos azules, sus minifaldas escocesas, sus camisetas súper ceñidas y su ombligo perfecto, os aseguro que lo veo tan claro como si ya hubiera ocurrido. Por ahora a todos los chicos de la clase se les cae la baba por ella, y Cannelle tiene la ilusión de que esos homenajes de la pubertad masculina al ideal de consumo femenino que ella representa son un reconocimiento de su encanto personal. ¿Os parece que soy mala? En absoluto, de verdad sufro al ver esto, sufro por ella, sí, por ella. Así que, cuando vi a Marguerite por primera vez… Marguerite es de origen africano y si se llama Marguerite, no es porque viva en la zona más elegante de París, sino porque es un nombre de flor. Su madre es francesa, y su padre, de origen nigeriano. Trabaja en el Quai d'Orsay, pero no se parece en nada al típico diplomático. Es un hombre sencillo. Parece gustarle su trabajo. No es en absoluto cínico. Y tiene una hija guapísima: Marguerite es la belleza en persona; una tez, una sonrisa y un cabello de ensueño. Y sonríe todo el rato. Cuando Achille Grand-Fernet (el gallito de la clase) le cantó el primer día esa canción que habla de una mestiza de Ibiza que siempre va desnuda, ella le contestó al instante, con una sonrisa de oreja a oreja, con otra canción que habla de un niñato que le pregunta a su madre por qué ha nacido tan feo. Eso es algo de Marguerite que yo admiro: no es que sea una lumbrera en el terreno conceptual o lógico, pero tiene una capacidad de réplica increíble. Es un verdadero don, sí. Yo soy intelectualmente superdotada, y Marguerite es un hacha en el campo de soltar buenos cortes. Me encantaría ser como ella; a mí la respuesta se me ocurre siempre cinco minutos tarde y tengo que repetir todo el diálogo en mi cabeza. Cuando, la primera vez que vino a casa, Colombe le dijo: «Marguerite es bonito, pero es un nombre de abuela», ella le respondió al momento: «Al menos no es un nombre de pájaro.» ¡Se quedó con la boca abierta, Colombe, fue grandioso! Se debió de pasar horas rumiando la sutileza de la respuesta de Marguerite, diciéndose que era sin duda pura casualidad, pero ¡vamos, que la afectó! Lo mismo ocurrió cuando Jacinthe Rosen, la gran amiga de mamá, le dijo: «No debe de ser fácil de peinar, un pelo como el tuyo.» (Marguerite tiene una cabellera de león de la sabana). Ella le contestó: «Yo no entender lo que mujer blanca decir.»

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