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Электронная книга - «La elegancia del erizo». Краткое содержание книги:

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas, descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela como sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.
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Una existencia sin duración

¿Para qué sirve el Arte? Para darnos la breve pero fulgurante ilusión de la camelia, abriendo en el tiempo una brecha emocional que parece irreductible a la lógica animal. ¿Cómo surge el Arte? Nace de la capacidad que tiene la mente de esculpir el ámbito sensorial. ¿Qué hace el Arte por nosotros? Da forma y hace visibles nuestras emociones y, al hacerlo, les atribuye este sello de eternidad que llevan todas las obras que, a través de una forma particular, saben encarnar el universo de los afectos humanos.

El sello de la eternidad… ¿Qué vida ausente sugieren a nuestro corazón estos manjares, estas copas, estos tapices y estos vasos? Más allá de los límites del cuadro, sin duda, el tumulto y el tedio de la vida, esa carrera incesante y vana acosada de proyectos; pero en el interior, la plenitud de un momento en suspenso arrancado al tiempo de la codicia humana. ¡La codicia humana! No podemos dejar de desear, y ello nos magnifica y nos mata. ¡El deseo! Nos empuja y nos crucifica, llevándonos cada día al campo de batalla donde, la víspera, fuimos derrotados, pero que, al alba, de nuevo se nos antoja terreno de conquistas; nos hace construir, aunque hayamos de morir mañana, imperios abocados a convertirse en polvo, como si el conocimiento que de su caída próxima tenemos no alterara en nada la sed de edificarlos ahora; nos insufla el recurso de seguir queriendo lo que no podemos poseer y, al llegar la aurora, nos arroja sobre la hierba cubierta de cadáveres, proporcionándonos hasta la hora de nuestra muerte proyectos al instante cumplidos y que al instante se renuevan. Pero es tan extenuante desear sin tregua… Pronto aspiramos a un placer sin búsqueda, soñamos con un estado feliz que no tendría comienzo ni final y en el que la belleza ya no sería fin ni proyecto, sino que devendría la evidencia misma de nuestra naturaleza. Pues bien, ese estado es el Arte. Pues esta mesa, ¿he tenido yo que servirla? Estos manjares, ¿debo acaso codiciarlos para verlos? En algún lugar, en otro lugar, alguien quiso este almuerzo, alguien aspiró a esta transparencia mineral y persiguió el goce de acariciar con la lengua el sabor salado y suave de una ostra con limón. Fue necesario este proyecto, enmarcado en cientos más, que daba pie a mil otros, esta intención de preparar y de saborear un ágape de marisco, este proyecto de lo otro, en verdad, para que el cuadro tomara forma.

Pero cuando miramos una naturaleza muerta, cuando, sin haberla perseguido, nos deleitamos con esta belleza que lleva consigo la figuración magnificada e inmóvil de las cosas, gozamos de lo que no hemos tenido que codiciar, contemplamos lo que no hemos tenido que querer, nos complacemos en lo que no nos ha sido necesario desear. Entonces la naturaleza muerta, porque conviene a nuestro placer sin entrar en ninguno de nuestros planes, porque se nos da sin el esfuerzo de que la deseemos, encarna la quintaesencia del Arte, esta certeza de lo intemporal. En la escena muda, sin vida ni movimiento, se encarna un tiempo carente de proyectos, una perfección arrancada a la duración y a su cansina avidez -un placer sin deseo, una existencia sin duración, una belleza sin voluntad.

Pues el Arte es la emoción sin el deseo.

Diario del movimiento del mundo n° 5

Se moverá, no se moverá

Hoy mamá me ha llevado a su psicoanalista. Motivo: me escondo. Esto es lo que me ha dicho mamá: «Mi vida, sabes muy bien que a todos nos tiene locos que te escondas así. Pienso que sería buena idea que vinieras conmigo a hablar de ello con el doctor Theid, sobre todo después de lo que nos dijiste el otro día.» Primero, el doctor Theid sólo es doctor en el cerebrito perturbado de mi madre. No es más médico o titular de una tesis de doctorado que yo, pero es obvio que a mamá le produce una enorme satisfacción decir «doctor», por aquello de la ambición que al parecer tiene de curarla, pero tomándose su tiempo (diez años). No es más que un antiguo izquierdista reconvertido al psicoanálisis después de unos añitos de estudio bien tranquilitos en la Universidad de Nanterre y un encuentro providencial con un pez gordo de la Causa freudiana. Y segundo, no veo dónde está el problema. Lo de que «me escondo» de hecho ni siquiera es verdad: me aíslo allí donde no puedan encontrarme. Lo único que quiero es poder escribir mis Ideas profundas y mi Diario del movimiento del mundo en paz y, antes, sólo quería poder pensar tranquilamente yo sola sin que me perturbaran las idioteces que mi hermana dice o escucha en la radio o en su aparato de música, o sin que me moleste mamá que viene a susurrarme: «Está aquí la abuelita, tesoro, ven a darle un beso», que es una frase de las menos apasionantes que conozco.

Cuando papá, que pone su cara de enfadado, me pregunta: «Pero bueno, ¿por qué te escondes?», por lo general no respondo. ¿Qué se supone que tengo que decir? ¿«Porque me ponéis de los nervios y tengo una obra de envergadura que escribir antes de morir»? No puedo, por razones obvias. Entonces, la última vez probé con el humor, por aquello de desdramatizar. Adopté un aire como ausente y dije, mirando a papá y poniendo voz de moribunda: «Por todas esas voces que oigo en mi cabeza.» Atiza: ¡fue un zafarrancho de combate! A papá parecía que se le fueran a salir los ojos de las órbitas, mamá y Colombe llegaron a todo correr cuando fue a buscarlas y todo el mundo me hablaba al mismo tiempo: «Cariño, no es grave, te vamos a sacar de ésta» (papá), «Ahora mismo llamo al doctor Theid» (mamá), «¿Cuántas voces oyes?» (Colombe), etc. Mi madre tenía su expresión de los días importantes, dividida entre la inquietud y la excitación: ¿y si mi hija fuera un caso para la Ciencia? ¡Qué horror, pero qué gloria! Bueno, al verlos asustarse así, les dije: «¡Que no, hombre, que era una broma!», pero tuve que repetirlo varias veces para que por fin me oyeran, y más veces todavía hasta que por fin me creyeran. Y con todo, no estoy segura de haberlos convencido. Total, que mamá me pidió cita con Doc T. y hemos ido esta mañana.

Primero hemos esperado en una salita muy elegante con revistas de distintas épocas: algunos ejemplares de Géo de hace diez años y el último Elle bien a la vista encima del todo. Y luego ha llegado Doc T. Era del todo conforme a su foto (que salía en una revista que mamá le enseñó a todo el mundo) pero al natural, es decir en color y en olor: castaño y pipa. Un cincuentón de buen ver, de aspecto cuidado; el cabello, la barba muy cortita, la tez (opción bronceado Seychelles), el jersey, el pantalón, los zapatos y la correa de reloj eran castaños todos ellos, y todo del mismo tono, es decir como una castaña de verdad. O como las hojas de otoño. Y, además, con un olor a pipa de primera categoría (tabaco rubio: miel y frutos secos). Bueno, me he dicho, nos embarcamos rumbo a una sesioncita en plan conversación otoñal junto a la chimenea entre gente educada, una charla refinada, constructiva y quizá incluso sedosa (me encanta este adjetivo).

Mamá ha entrado conmigo, nos hemos sentado en unas sillas delante de su escritorio, y él se ha sentado detrás, en un gran sillón giratorio con unas orejas raras, un poco en plan Star Trek. Ha cruzado las manos sobre su regazo, nos ha mirado y ha dicho: «Me alegro de veros a las dos.» Pues sí que empezamos bien. Me ha puesto de mal café. Una frase de comercial de supermercado para vender cepillos de dientes de doble cara a la señora y la hija plantadas detrás de su carrito, no es precisamente lo que cabe esperar de un psicoanalista, vamos, digo yo. Pero el cabreo se me ha pasado de golpe cuando he caído en la cuenta de un hecho apasionante para mi Diario del movimiento del mundo. He mirado bien, concentrándome con todas mis fuerzas y diciéndome, no, no es posible. ¡Pero sí, sí! ¡Era posible! ¡Increíble! Estaba fascinada, tanto que apenas he escuchado a mamá contar todas sus pequeñas miserias (mi hija se esconde, mi hija nos asusta contándonos que oye voces, mi hija no nos habla, mi hija nos tiene preocupados) diciendo «mi hija» doscientas veces cuando yo estaba sentada a quince centímetros y, cuando él me ha hablado, casi me he sobresaltado.

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