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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– ¿Todavía tienes las llaves del despacho? -preguntó esperanzado, y Gabriella sonrió.

– Sé dónde están.

Era peligroso, pero preferible a los susurros del confesionario. Joe quería de ella más de lo que había querido hasta ahora. Se besaron por última vez y Gabriella se sumergió en el lento tráfico. Llegó al convento sin problemas y una postulante la ayudó a descargar la furgoneta. Los rollos de tela eran pesados, pero Gabriella sentía la fuerza de veinte manos después de los tiernos momentos compartidos con Joe.

Almorzó con las demás monjas, trabajó en el huerto, llegó puntualmente a la cena después de los rezos y luego se retiró a su habitación a escribir. La madre Gregoria fue a verla y le preguntó si había escrito algún relato nuevo. Tenía la sensación de que llevaba mucho tiempo sin hablar con ella y se alegró de verla tan animada. Todos los informes que le llegaban acerca de la hermana Bernadette alababan su progreso. La madre superiora estaba impaciente por que pronunciara sus últimos votos. El momento todavía estaba lejos, pero Gabriella iba por muy buen camino. Y cuando se marchó, Gabbie sintió la primera punzada de culpa desde que comenzó su relación con Joe. Sólo habían transcurrido dos semanas, pero le parecía toda una vida.

No pudo evitar pensar en la decepción y la tristeza que causaría a la madre Gregoria. Y a pesar de ello, sabía que no podía dar marcha atrás. Lo único que deseaba era estar con Joe Connors.

Al día siguiente se vieron en el confesionario y por la tarde se encontraron en el despacho abandonado, pero después de su encuentro en Washington Square Park la habitación les resultó sofocante. Gabriella no confiaba en poder hacer más recados durante un tiempo. Al final tuvieron que pasar dos semanas antes de que surgiera la ocasión y la espera casi les volvió locos.

Cumpliendo los deseos de Joe, se encontraron en Central Park. Pasearon por el estanque y luego se dirigieron lentamente hacia la parte alta. El parque estaba verde y frondoso y una banda de música tocaba en algún lugar lejano. Gabriella se creía en un sueño. Disponían de muy poco tiempo, apenas una hora. Pero querían más, del otro y de sus vidas. Cada momento que compartían era precioso. Al cabo de unos días se vieron de nuevo en Central Prk. Y esta vez retumbaron sobre la hierba, a la sombra de un árbol. Joe colocó la cabeza en el regazo de Gabriella y ella le acarició el pelo mientras hablaban. Tenían mucho que decirse y muy poco tiempo para hacerlo. Y de regreso a la furgoneta Joe le compró un helado. Se veían cada día, en el confesionario y en el despacho polvoriento que ya sentían como propio, y sólo habían estado juntos en el mundo exterior tres veces.

Tenían muchos asuntos que resolver, más ninguno de los dos sabía cómo hacerlo. Era un viaje difícil, pero estaban seguros el uno del otro. No era la primera vez que un sacerdote y una monja se enamoraban, pero sabían que la noticia caería como una bomba y que mucha gente se sentiría traicionada. Y a veces Joe tenía miedo. Pese a estar seguro de su amor por Gabriella, le angustiaba el hecho de dejar la Iglesia.

– Necesitas más tiempo -le decía Gabriella-. No puedes tomar una decisión así sin haber reflexionado sobre el asunto detenidamente.

Pero Joe ya lo hacía. Pensaba en ello continuamente, sobre todo por las noches, cuando, a solas, ansiaba volver a verla, volver a besarla furtivamente en el confesionario. Jamás se había imaginado capaz de una cosa así.

Gabriella había empezado a escribir un diario dirigido a Joe acerca del amor y los sueños que compartían. Confiaba en poder dárselo algún día. Era una especie de carta de amor interminable, una forma de hablar con él cuando estaba ausente, y la ocultaba en un cajón, debajo de la ropa interior.

– ¿Cuándo crees que podrás salir de nuevo? -le preguntó Joe con tristeza un tarde, mientras la acompañaba al coche.

– Quién sabe. Quizá la próxima semana.

Las monjas mayores tenían previsto ir al lago George, a una casa prestada y la madre Gregoria iba a pasar con ellas unos día para ayudarlas a instalarse. Eso podría significar más libertad para Gabriella, o no. Nunca se sabía lo que podía pasar en un convento.

No obstante, el día que se marcharon Gabriella se encontró con toda la tarde libre por delante. Sus compañeras se habían ido al dentista y tardarían varias horas en regresar. Gabriella había visitado la dentista dos meses antes, así que la dejaron en el convento libre de obligaciones. Contó a la hermana supervisora que tenía problemas con algunas hortalizas y que necesitaba un pesticida. La vieja monja hacía días que sufría jaquecas y le entregó las llaves de la furgoneta sin hacer preguntas. Gabriella no especificó a qué hora estaría de vuelta. Como siempre, llamó a Joe. Por suerte no había salido. Últimamente Joe detestaba dejar el San Esteban, pues temía que Gabriella llamara durante su ausencia y perdieran la oportunidad de verse.

– ¿Cuánto tiempo tienes? -siempre le preguntaba lo mismo y esta vez se llevó una sorpresa cuando Gabriella respondió que varias horas. Joe había esperado impaciente este día y le costaba creer que hubiese llegado.

– Espérame en el extremo este de la calle cincuenta y tres.

Gabriella no conocía la dirección, pero se hallaba a pocas manzanas de donde estaba. Esta vez llegó antes que Joe y lo esperó dentro del coche, sin la toca. Joe aparcó al otro lado de la calle. Llegó hasta Gabriella, le rodeó el hombro y echaron a andar. Estaba callado y meditabundo.

– ¿no quieres ir al parque? -preguntó ella.

– Pensé que haría demasiado calor.

Joe la miró con nerviosismo. La había hecho ir hasta allí porque sabía que no tropezarían con nadie conocido. Entonces le explicó lo que había hecho. Un viejo amigo de San Marcos acababa de instalarse en Nueva york. Trabajaba en una empresa de publicidad y le iban bien las cosas. Él y Joe habían tenido recientemente una larga charla. Joe le había contado que estaba pasando por una crisis, aunque no le explicó el motivo. Su amigo le ofreció las llaves de su apartamento y le dijo que lo utilizara cada vez que necesitara alejarse de todo para poder meditar. Joe sabía que su colega se había ido a Cape Cod con unos amigos y estaría fuera toda la semana.

– ¿Quieres subir al apartamento? Pensé que a lo mejor te gustaría estar conmigo en un lugar recogido -no quería presionarla y tampoco se trataba de una artimaña, pero había traído las llaves y estaba dispuesto a dejar que Gabriella eligiera por los dos-. Tú decides -dijo con dulzura y ella sonrío.

– Creo que me encantaría.

Joe no conocía el apartamento y ambos se quedaron boquiabiertos al entrar. Tenía una espaciosa sala de estar con butacones de piel y un sofá marrón también de piel. Era muy moderno, muy masculino. La cocina disponía de un mueble bar amplio y elegante. Y al fondo, dando a un pequeño jardín, había dos dormitorios, el del amigo y el de invitados.

Joe puso en marcha el aire acondicionado y soltó un silbido al reparar en el equipo de música. Tras consultar con Gabriella, hizo una selección de discos favoritos y se sirvió una copa de vino. Estaban compartiendo una experiencia nueva, y Gabbie parecía un poco abrumada cuando se sentaron en el sofá. Nunca se había sentido tan nerviosa en presencia de Joe. No obstante, después de escuchar un poco de música y tomar un sorbo de la copa de su amado, empezó a relajarse. Seguía siendo Joe, el hombre que amaba, aunque las circunstancias fueran diferentes.

Joe la invitó a bailar y Gabriella sonrió. Nunca había bailado con nadie, pero cuando él la tomó entre sus brazos se sintió flotar. Joe pensó que nunca había sido tan feliz. Gabriella parecía fundirse entre sus brazos mientras se besaban y giraban al compás de la música. Sonaba una canción de Billy Joe.

Estaban experimentando algo que habían ansiado durante mucho tiempo; la oportunidad de estar a solas, de ser ellos mismos, de hacer lo que quisieran. Y mientras bailaban Joe la miró y la pasión de ambos empezó a crecer lentamente. Joe podía sentir los fuertes latidos del corazón de su amada, y no podía dejar de besarla. Cuando dejaron de bailar estaban muy excitados y les costaba respirar.

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