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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– ¿Y la marca de la mano?

George se quitó el guante y mostró una cicatriz reciente en la mano.

– Es la última muestra del aprecio del señor Harris -dijo desdeñoso-. Hace quince días se le ocurrió hacérmelo, porque dijo que creía que intentaría escaparme un día de estos. Interesante, ¿verdad? -dijo, volviendo a colocarse el guante.

– Confieso que se me hiela la sangre cuando pienso en tu condición y tus riesgos -dijo el señor Wilson.

– Yo la he tenido helada durante muchos años, señor Wilson; ahora está a punto de ebullición -dijo George-. Bien, estimado señor -dijo George tras unos minutos de silencio-, me he dado cuenta de que me reconocía y he pensado hablar con usted por si su cara de sorpresa me fuera a delatar. Partiré mañana por la mañana temprano, antes del amanecer; mañana por la noche espero dormir en Ohio. Viajaré con la luz del día, pararé en los mejores hoteles y comeré en las mismas mesas que los señores de la tierra. Adiós, pues, señor; si se entera de que me han cogido, sepa que he muerto.

George parecía una roca cuando extendió la mano como un príncipe. El amable anciano la estrechó con vigor y, después de reiterar sus consejos, cogió el paraguas y salió torpemente de la habitación.

George permaneció pensativo mirando cómo el anciano cerraba la puerta. Pareció ocurrírsele algo. Corrió hacia la puerta y dijo, al abrirla:

– Señor Wilson, ha demostrado ser un cristiano por su forma de tratarme; quiero pedirle una última prueba de su bondad cristiana.

– ¿Sí, George?

– Bien, señor, lo que ha dicho es verdad. Sí corro un gran riesgo. No hay sobre la tierra un alma a quien le importe que yo muera -añadió, respirando fuertemente y hablando con gran dificultad- me echarán a patadas y me enterrarán como un perro y nadie se acordará al día siguiente, ¡salvo mi pobre esposa! ¡Pobrecita!, llorará y penará. Si usted pudiera hacerle llegar este pequeño alfiler, señor Wilson, se lo agradeceré. Me lo regaló ella unas Navidades, ¡pobrecita! Déselo y dígale que la amaba hasta el final. ¿Quiere usted hacerlo? -añadió muy serio.

– ¡Por supuesto, pobre hombre! -dijo el anciano caballero, cogiendo el alfiler con los ojos acuosos y la voz temblorosa y melancólica.

– Dígale una cosa -dijo George-; es mi último deseo, si puede llegar al Canadá, que vaya allí. No importa lo amable que sea su ama, no importa cuánto ama su hogar, suplíquele que no vuelva, porque la esclavitud siempre acaba en tragedia. Dígale que eduque a nuestro hijo como hombre libre para que no sufra como he sufrido yo. Dígale esto, señor Wilson, ¿quiere?

– Sí, George, se lo diré; pero confío en que no mueras; anímate, eres un tipo valiente. Confía en el Señor, George. Quisiera con toda mi alma que estuvieras a salvo.

– ¿Existe un Dios en quien confiar? -preguntó George, con semejante tono de amarga desesperación que detuvo las palabras del anciano caballero-. Ay, he visto cosas en mi vida que me han hecho sentir que no puede haber un Dios. Ustedes los cristianos no saben cómo vemos nosotros estas cosas. Existe Dios para ustedes, pero ¿existe Dios para nosotros?

– Ay, no digas eso, muchacho -dijo el anciano, casi sollozando mientras hablaba-; ¡no sientas esas cosas! Existe, existe; está oculto por nubes y tinieblas, pero la rectitud y el juicio señalan su morada. Existe un Dios, George, créelo; confía en Él y estoy seguro de que Él te ayudará. Se hará justicia, si no en esta vida, en la próxima.

La auténtica piedad y la bondad del sencillo anciano le confirieron a sus palabras dignidad y autoridad. George dejó de caminar de un lado de la habitación al otro y se quedó parado un momento y después dijo:

– Gracias por decir eso, mi buen amigo. Pensaré en eso.

CAPÍTULO XII

UN INCIDENTE PROPIO DEL COMERCIO LEGÍTIMO

En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse [17].

El señor Haley y Tom avanzaban lentamente en su carro, cada uno absorto en sus propias reflexiones. Ahora bien, son una cosa curiosa las reflexiones de dos hombres que se hallan uno al lado del otro, sentados en el mismo asiento, con los mismos ojos, oídos, manos y órganos diversos, viendo pasar ante ellos los mismos objetos: es asombrosa la variedad que podemos encontrar en estas reflexiones.

En el caso del señor Haley, por ejemplo: pensó primero en el tamaño de Tom, su corpulencia y su altura y el dinero que sacaría de su venta si lo mantenía gordo y en buen estado hasta llevarlo al mercado. Pensó en cuánto ganaría con toda su cuadrilla de esclavos; pensó en el valor respectivo en el mercado de los supuestos hombres, mujeres y niños que la constituirían y otros temas relacionados; luego pensó en sí mismo, en lo humanitario que era, ya que, mientras que otros hombres encadenaban a sus negros de manos y de pies, él sólo les ponía grilletes en los pies y dejaba a Tom libre para usar las manos, siempre que se portara bien; y suspiró al pensar en lo ingrata que era la naturaleza humana, pues cabía dudar que Tom apreciase su clemencia. Lo habían engañado tantos negros a los que había favorecido, que aún le asombraba más darse cuenta de lo bondadoso que seguía siendo.

En cuanto a Tom, pensaba en las palabras de un viejo libro poco leído, que pasaban por su mente una y otra vez: «Aquí no tenemos una ciudad duradera pero buscamos una en lo futuro; por lo que a Dios no le avergüenza que lo llamemos Dios, porque Él nos ha preparado una ciudad.» Estas palabras de un antiguo volumen, compuesto principalmente por «hombres ignorantes e iletrados», a lo largo de los años han ejercido una especie de fascinación en las mentes de hombres sencillos y llanos como Tom. Despiertan lo más profundo del alma e infunden valor, energía y entusiasmo donde antaño sólo existía la más negra desesperación.

El señor Haley sacó del bolsillo varios periódicos y se puso a examinar los pasquines con un interés embelesado. No era un lector muy ducho y acostumbraba a leer medio recitando, como si pidiese a sus oídos que verificaran las deducciones de sus ojos. Con este tono recitó lentamente el siguiente párrafo:

SE VENDEN NEGROS: VENTA DE ALBACEAS. De acuerdo con el mandamiento judicial se venderán, el martes 20 de febrero, a la puerta del tribunal de la ciudad de Washington, Kentucky, los siguientes negros: Hagar, de 60 años, John, de 30, Ben, de 21, Saul, de 25, Albert, de 14. Las ganancias serán para los acreedores y herederos del caudal de Jesse Blutchford.

SAMUEL MORRIS,

THOMAS FLINT

Albaceas

Debo ver esto -dijo a Tom, a falta de otra persona a quien dirigirse-. Verás, voy a juntar una cuadrilla de primera para llevarla al sur contigo, Tom; así será agradable y sociable, ya sabes, la buena compañía. Lo primero de todo, debemos ir directamente a Washington y te meteré en la cárcel mientras me ocupo de estos negocios.

Tom acogió con mansedumbre esta noticia encantadora, preguntándose solamente cuántos de estos hombres condenados tendrían mujeres e hijos, y si se sentirían tan mal como él por separarse de ellos. Hay que confesar, además, que la información inocente y espontánea de que lo iban a meter en la cárcel de ninguna manera produjo una impresión agradable en un hombre que siempre había hecho gala de un modo de vida estrictamente honrado y correcto. Sí, debemos reconocerlo, Tom estaba bastante orgulloso de su honradez, el pobre, al no tener muchas más cosas de que enorgullecerse; si hubiese pertenecido a una clase social más alta, quizás nunca se hubiera visto reducido a semejante tesitura. Sin embargo, el día se fue pasando y por la tarde Tom y el señor Haley estaban cómodamente instalados en Washington, uno en una taberna y el otro en la cárcel.

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[17] Jeremías 31, 15.

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