El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Durante unos minutos se oyeron unos gruñidos confusos antes de que recuperaran la convicción.
—¡La mayor parte de las cosas que ha hecho son magia! —gritó John—. ¡La magia de una bruja! ¡Ninguna de nuestras familias está a salvo con él por aquí!
Antes de que Richard pudiera responder, Zedd tiró de él hacia atrás por el brazo. El joven se volvió hacia la sonriente faz del anciano. Zedd no se veía nada inquieto sino más bien divertido.
—Muy impresionante —susurró—, los dos os habéis comportado de manera muy impresionante. Sin embargo, ¿os importaría que yo me ocupara de esto a partir de ahora? —Enarcó una ceja y luego se dirigió a los hombres, diciéndoles—: Buenas noches, caballeros. Qué placer veros a todos. —Algunos le devolvieron el saludo y otros levantaron el sombrero tímidamente—. Si sois tan amables, antes de libraros de mí me gustaría hablar con unos amigos que veo por aquí. —Hubo un asentimiento general. Zedd apartó a Kahlan y a Richard hacia la casa, alejándolos de la multitud y se inclinó hacia ellos.
»Una lección de poder, amigos. —El mago tocó la nariz de Kahlan con un dedo delgado como un palo y comentó—: Demasiado pequeña. —A continuación hizo lo propio con la nariz de Richard y dijo—: Demasiado grande. —Finalmente se llevó el dedo a su propia nariz y, con un guiño, afirmó—: Perfecta. Si permitiera que hicieras esto, querida —dijo, tomando la cara de la mujer entre las palmas de sus manos—, esta noche se cavarían algunas tumbas. Y las nuestras estarían entre ellas. Pero ha sido un gesto muy noble. Gracias por preocuparte por mí. —Entonces posó una mano sobre el hombro de Richard—. Si permitiera que hicieras esto, aún se cavarían más tumbas, y sólo quedaríamos nosotros tres para hacer el trabajo. Yo soy demasiado viejo para dedicarme a cavar y, además, tenemos cosas más importantes que hacer. Pero también has sido muy noble; te has comportado honorablemente. —Le dio unos golpecitos cariñosos en el hombro y después les puso un dedo a ambos bajo el mentón.
»Ahora quiero que me dejéis a mí solucionar esto. Da igual lo que digáis a esos hombres, porque ellos no escuchan. Tenéis que atraer su atención para que escuchen. —El anciano enarcó una ceja y los miró alternativamente.
»Observad y aprended lo que podáis. Escuchad mis palabras, pero a vosotros no os afectarán. —Dicho esto retiró los dedos, pasó junto a ellos y se dirigió a los hombres, sonriendo y saludando a algunos con la mano.
»Caballeros... ¿Oh, John, cómo está tu pequeña?
—Bien —gruñó el hombre—, pero una de mis vacas ha parido un ternero con dos cabezas.
—¿De veras? ¿Y por qué crees que ha pasado?
—¡Creo que ha pasado porque tú eres una bruja!
—Vaya, lo has vuelto a decir. —Zedd sacudió la cabeza, confundido—. No lo entiendo. ¿Queréis libraros de mí porque creéis que tengo poderes mágicos o simplemente tenéis la intención de degradarme llamándome mujer?
Estas palabras despertaron una cierta confusión.
—No sabemos de qué hablas —dijo alguien.
—Bueno, es simple. Las brujas son mujeres, pero los hombres son brujos. ¿Veis qué quiero decir? Si me llamáis bruja parece que me tratéis de mujer. Pero si decís que soy un brujo, bueno, es un insulto totalmente distinto. Así que... ¿qué soy? Mujer o brujo.
Tras más deliberaciones confusas, John tomó la palabra, airado.
—Queremos decir que eres un brujo. ¡Y te arrancaremos el pellejo por ello!
—Vaya, vaya, vaya —dijo Zedd, dándose ligeros toques en el labio inferior con la yema del dedo con aire pensativo—. No tenía ni idea de que fuerais tan valientes. Tan increíblemente valientes.
—¿Por qué? —quiso saber John.
—Bueno —Zedd se encogió de hombros— ¿qué creéis que es capaz de hacer un brujo?
Los hombres hablaron entre ellos y empezaron a gritar sugerencias: un brujo era capaz de hacer nacer un ternero con dos cabezas, hacer que lloviera, encontrar a gente extraviada, que los bebes nacieran muertos, debilitar a hombres fuertes y hacer que sus esposas los abandonaran. Por si todo esto no fuera suficiente, se propusieron más ideas a gritos: hacer que el agua ardiera, convertir a la gente en inválidos, convertir a un hombre en una rana, matar con la mirada, convocar demonios y, en general, cualquier cosa.
Zedd esperó hasta que acabaron y entonces extendió los brazos hacia ellos.
—Ahí lo tenéis. ¡Repito que sois los hombres más valientes que he visto nunca! Y pensar que habéis venido armados sólo con horquetas y hachas de mano para luchar contra un brujo que tiene todos esos poderes. ¡Qué valor! —La voz se fue apagando, y él sacudió la cabeza asombrado. Entre la multitud empezó a cundir la inquietud.
El mago continuó sugiriendo en tono monótono todas y cada una de las cosas de las que era capaz un brujo, describiendo meticulosamente de lo más frívolo a lo más aterrador. Los hombres, paralizados, escuchaban absortos. El mago habló y habló durante una media hora larga. Richard y Kahlan escuchaban, cada vez más aburridos y cansados, y se apoyaban alternativamente en una y en la otra pierna. Los hombres tenían los ojos muy abiertos y no parpadeaban; permanecían quietos como estatuas, y lo único que se movía eran las llamas de las antorchas que portaban.
Los ánimos eran muy distintos. Ahora ya no estaban enfadados, sino asustados. La voz del mago también había cambiado; ya no era suave y amable, ni siquiera apagada, sino áspera y amenazadora.
—Decidme, caballeros, ¿qué creéis que debemos hacer?
—Creemos que deberías dejar que volviéramos a casa sin hacernos ningún daño —contestó alguien débilmente. Los demás asintieron.
—Pues yo no estoy de acuerdo —replicó el mago, agitando un largo dedo en el aire ante la turba—. Veréis, vosotros habéis venido a matarme. Mi vida es lo más valioso que tengo, y vosotros me la queríais quitar. No puedo dejar algo así sin castigo. —Temblores y miedo invadieron la multitud. Zedd avanzó hasta el borde del porche, y los hombres retrocedieron un paso—. ¡Como castigo por haber intentado arrebatarme la vida, yo os arrebato no la vida sino lo más valioso, lo que más queréis! —Dicho esto agitó las manos sobre la cabeza en un gesto dramático y complejo. Los hombres ahogaron una exclamación—. Ya está. Hecho —declaró. Richard y Kahlan, que hasta entonces se apoyaban contra la casa, se enderezaron.
Durante un segundo nadie se movió. Entonces, alguien en medio de la turba se metió una mano en el bolsillo y rebuscó.
—Mi oro. Ha desaparecido.
—No, no, no. —Zedd puso los ojos como platos—. He dicho lo más valioso, lo que más queréis. Vuestro mayor orgullo.
Todos se quedaron quietos, confundidos. Entonces unas cuantas cejas se enarcaron alarmadas. De pronto, otro hombre metió la mano en el bolsillo y palpó; el susto estuvo a punto de hacerle saltar los ojos de las órbitas. Acto seguido gimió y se desmayó. Los que lo rodeaban se apartaron de él. Pero otros ya introducían sus manos en los bolsillos y tentaban cautelosamente. Se oyeron más gemidos y lamentos, y a los pocos segundos todos los hombres se agarraban la entrepierna en un ataque de pánico. Zedd sonrió satisfecho. El pandemonio que se organizó entre la multitud fue de órdago: los hombres saltaban de un lado al otro, gritaban, se palpaban, corrían en pequeños círculos, pedían ayuda, caían al suelo y sollozaban.
—¡Ahora marchaos todos de aquí! ¡Fuera! —vociferó Zedd. Entonces se volvió hacia Richard y Kahlan; una pícara sonrisa le arrugaba la nariz. Les guiñó un ojo a ambos.
—¡Por favor, Zedd! —gritaron algunos hombres—. ¡Por favor, no nos dejes así! ¡Ayúdanos! —Las súplicas llegaban de todos lados. Zedd esperó un momento antes de dar media vuelta.
—¿Qué pasa? ¿Creéis que he sido demasiado duro? —preguntó fingiendo asombro y sinceridad. Los hombres se apresuraron a replicar que sí—. ¿Y por qué lo creéis? ¿Habéis aprendido algo?