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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Una suave brisa otoñal hacía revolotear las hojas de los árboles vecinos, y éstas relucían con los primeros tintes rojos y dorados. El invierno se acercaba; pronto llegaría el primer día de la nueva estación. Richard pensó en cómo conseguirían pasar al otro lado del Límite. Tenían que dar con una de las cajas del Destino y después, encontrarían a Rahl.

—Zedd, no más juegos. Ahora soy el Buscador. No más pruebas. ¿Entendido?

—Te lo prometo, por el recuerdo de tu padre.

—Entonces estamos perdiendo el tiempo, y estoy seguro de que Rahl no. Te pido que cumplas tu promesa de ser mi guía al llegar a la Tierra Central —añadió, dirigiéndose a Kahlan.

La mujer sonrió ante la impaciencia del joven, y asintió.

—Muéstrame cómo funciona la magia, mago —dijo entonces Richard a Zedd.

10

La pícara sonrisa de Zedd se hizo más amplia y tendió a Richard el tahalí. La piel estaba exquisitamente trabajada y era antigua y suave. La hebilla de oro y plata hacía juego con la vaina. Le iba un poco justo, pues la última persona que lo había llevado era más baja que Richard, por lo que Zedd lo ayudó a ajustárselo, para que el joven se lo pusiera sobre el hombro derecho y envainara laEspada de la Verdad.

El mago los condujo entonces hasta el borde de la hierba, entre las largas sombras que proyectaban los árboles más próximos, hacia un lugar donde crecían dos pequeños arces de azúcar. El tronco de uno de ellos era tan grueso como la muñeca de Richard y el otro tan delgado como la de Kahlan.

—Desenvaina la espada —ordenó al joven. La espada salió de su vaina con aquel sonido metálico único, que vibró en el aire del atardecer. Zedd se acercó un poco más—. Ahora te enseñaré lo más importante acerca de la espada, pero para ello tienes que abdicar temporalmente de tu puesto como Buscador y permitir que nombre a Kahlan en tu lugar.

—Yo no quiero ser el Buscador —protestó la mujer, lanzando al mago una mirada recelosa.

—Es sólo para hacer una demostración, querida. —Entonces indicó con un ademán a Richard que entregara la espada a la mujer. Ésta dudó antes de cogerla con ambas manos. El peso del arma le resultaba incómodo, y fue bajando la punta hasta que quedó apoyada en la hierba. Zedd ejecutó un elegante movimiento con las manos sobre la cabeza y anunció—: Kahlan Amnell, te nombro Buscadora. —La mujer seguía mirándolo con recelo. El mago le puso un dedo bajo el mentón y la obligó a levantar la cabeza. Los ojos de Zedd reflejaban una temible fuerza. Entonces acercó su rostro al de ella y dijo en tono muy bajo:

—Cuando me marché de la Tierra Central con esta espada, Rahl el Oscuro usó su magia para colocar aquí el mayor de estos dos árboles, para marcarme y poder venir a por mí cuando deseara. Y entonces matarme. El mismo Rahl el Oscuro responsable de la muerte de Dennee. —El semblante de Kahlan se ensombreció—. El mismo Rahl el Oscuro que te persigue para matarte como mató a tu hermana. —En los ojos de la mujer llameó el odio. Apretaba los dientes, de modo que los músculos de su poderosa mandíbula sobresalieron. LaEspada de la Verdadse elevó del suelo. Zedd se colocó a su espalda—. Este árbol es él. Debes detenerlo.

La espada centelleó en el aire otoñal con una velocidad y un poder que Richard apenas pudo creer. El arco que trazó atravesó el árbol de mayor tamaño con un fuerte chasquido, como si se rompieran un millar de ramas al mismo tiempo. Las astillas volaron en todas direcciones. El arce pareció quedarse suspendido en el aire un momento y cayó junto al irregular tocón antes de desplomarse ruidosamente. Richard sabía que le habría costado al menos diez buenos hachazos derribar ese árbol.

Zedd recogió la espada de manos de Kahlan mientras ésta caía de rodillas y se balanceaba sobre los talones, tras lo cual se cubrió la cara con las manos y soltó un gemido. Instantáneamente Richard se agachó a su lado y la sujetó.

—¿Kahlan, qué te ocurre?

—Estoy bien. —La mujer apoyó una mano en el hombro del joven y éste la ayudó a ponerse de pie. Su rostro estaba pálido, pero forzó una leve sonrisa—. Dimito como Buscadora.

—¿Zedd, qué ha sido esta farsa? —espetó Richard al mago, volviéndose bruscamente hacia él—. Rahl el Oscuro no puso ese árbol ahí. He visto cómo los regabas y cuidabas. Si me pusieras un cuchillo en la garganta diría que los plantaste tú mismo en recuerdo de tu esposa y tu hija.

—Muy bien, Richard —repuso Zedd con una ligera sonrisa—. Aquí tienes tu espada. Vuelves a ser el Buscador. Y ahora, hijo mío, corta el otro árbol y te lo explicaré.

Enojado, el joven asió el arma con ambas manos y sintió que la cólera lo invadía. Acto seguido la descargó con toda su fuerza contra el árbol aún en pie. La punta de la hoja silbó al hendir el aire. Pero justo antes de tocar el tronco se detuvo, como si el aire que la rodeaba se hubiera vuelto demasiado denso y no la dejara pasar.

Richard retrocedió, sorprendido, miró la espada y volvió a probarlo. Lo mismo. La espada no llegaba al árbol. Entonces clavó una iracunda mirada en Zedd, el cual permanecía con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia en la cara.

—Muy bien, ¿qué está pasando aquí? —inquirió Richard, deslizando de nuevo la espada dentro de su funda.

Zedd enarcó las cejas fingiendo inocencia.

—¿No viste con qué facilidad Kahlan cortó el árbol grande? —Richard frunció el entrecejo. Zedd sonrió—. Hubiera podido ser hierro, y la espada lo habría atravesado. Pero tú eres más fuerte que ella y, sin embargo, no has podido causar ni un arañazo al árbol pequeño.

—Sí, Zedd, me he dado cuenta.

La frente del mago se frunció con falsa perplejidad.

—¿Y por qué crees que es?

La irritación de Richard se desvaneció. Éste era el modo en el que Zedd solía enseñarle; incitándolo a que él mismo encontrara las respuestas.

—Yo diría que tiene algo que ver con la intención. Ella creía que el árbol era algo maligno, y yo no.

—¡Excelente, Richard, excelente! —lo alabó Zedd, levantando un huesudo dedo.

—Zedd —intervino Kahlan, que se retorcía los dedos—, no lo entiende. Yo destruí el árbol, pero no era nada maligno. Era inocente.

—Eso, querida, es justamente lo que quería demostrar. La realidad no es relevante, y la percepción lo es todo. Si crees que el árbol es el enemigo puedes destruirlo, sea o no verdad. La magia únicamente interpreta tu percepción. No permitiría que hicieras daño a alguien a quien creyeras inocente, pero destruye a quienquiera que tomes por tu enemigo, dentro de unos límites. El factor determinante es lo que crees y no si es verdad o mentira.

Richard estaba abrumado.

—Pero eso no deja lugar al error. ¿Y qué pasa si no estás seguro?

—Será mejor que lo estés, hijo —repuso Zedd alzando una ceja—, o te meterás en muchos líos. La magia puede leer pensamientos de los que ni siquiera eres consciente. Podría suceder tanto una cosa como otra: que mataras a un amigo o que no pudieras matar a un enemigo.

Richard tamborileó con los dedos en la empuñadura de la espada, pensativo. Hacia el oeste contempló los pequeños destellos dorados del sol poniente que atravesaban los árboles. Sobre su cabeza la nube con forma de serpiente había adquirido un tono rojizo en un lado, mientras que en el otro mostraba un púrpura oscuro. En realidad, no importaba, decidió. Sabía a quién perseguía y en su mente no había duda que era el enemigo. Ninguna duda.

—Hay una cosa más; lo más importante —añadió el mago—. Cuando uses la espada contra un enemigo debes pagar un precio. ¿No es cierto, querida? —preguntó a la mujer. Kahlan asintió y clavó los ojos en el suelo—. Cuanto más poderoso es el enemigo, mayor es el precio que se paga. Siento haberte tenido que hacer eso, Kahlan, pero es la lección más importante que Richard debe aprender. —La mujer le sonrió levemente para decirle que lo entendía. Entonces el mago se volvió hacia Richard.

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